Un año de posverdad

Francisco Valdés Ugalde

Hace un año que somos gobernados en la posverdad. El Diccionario de la Lengua Española define posverdad como la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales.” El presidente de la República ha adoptado este canon en su conducta pública y en la comunicación cotidiana con la sociedad mexicana. La política en la era de la posverdad fue inventada por los medios de comunicación masiva como parte de una mutación del ciudadano en eso que Giovanni Sartori llamó homo videns. Una audiencia atrapada y expectante que habita en todas las clases sociales y que ha sustituido los argumentos y la lógica por imágenes y memes.

Más que informar acerca de los hechos y los problemas; en vez de comunicar análisis que esclarezcan los acontecimientos con argumentos para debatir con base en evidencias contrastables, la posverdad fabrica una burbuja narrativa que aglutina las angustias y ansiedades de una vasta masa de espectadores que consumen con satisfacción una narrativa que les permite desahogarse. El espectador pasa por alto la verificación del apego de los dichos a los hechos y se forma un juicio basado en las certezas que le ofrece la burbuja.

La posverdad tiene una regla general: a partir de hechos que están presentes en las fibras más vulnerables de la sensibilidad o en las preocupaciones principales de la opinión pública, se justifica una decisión cuya bondad intrínseca se presenta incuestionable y, por ello, quien la toma se exime de ofrecer prueba alguna que la valide más allá de su propio discurso. Todas las formas distintas de mirarla, cada una de las pruebas y argumentos que se pueden aducir para criticarla, cuestionarla o modificarla son descalificadas porque no forman parte de esa semántica del poder. Si se mira con detenimiento, esta operación de sentido es autocontenida y solamente puede admitir sumisión. La duda, la pregunta, y hasta la oferta amistosa de interlocución y diálogo le son ajenas. Los espectadores solamente pueden dividirse en dos: los creyentes que aceptan sin condiciones los dichos del poder, de un lado y todos los demás, del otro. Entre estos últimos se cuentan los que piden al gobernante que explique lo que dice, que ofrezca pruebas y razones, que exponga los datos con los que prueba el valor de lo que hace. Los que no se incluyen en el primer grupo son reprobables, adversarios, enemigos u opositores a los que es necesario combatir.

Es tan persistente este estilo de gobernar que ha saturado la percepción que el público se forma de la realidad a partir de la voz del gobernante. A cada decisión e iniciativa le acompaña una justificación que la legitimiza como extirpación definitiva de un mal y nacimiento de un bien indudable y fundacional. Ejemplos hay de sobra: cerrar un aeropuerto porque hay contratos (supuestamente) corruptos, declarar erradicada la corrupción porque han llegado funcionarios (supuestamente) honestos, avasallar instituciones de gobierno porque albergan a la (supuesta) “burocracia dorada,” cancelar compras de medicinas y hacer sufrir a miles de pacientes para (supuestamente) eliminar la corrupción, entregar apoyos sociales para mejorar (supuestamente) el combate a la pobreza. Nunca se ofrece la prueba del contrato corrupto, ni de la forma en que el funcionario “honesto” rendirá cuentas, ni en qué consiste lo “dorado” de tal o cual burocracia, ni de quienes abusaban de gasto en medicamentos, ni de la idoneidad del subsidio. Cada uno de estos actos apela a sentimientos arraigados en el agravio ocasionado por fallas de gobierno, pero deliberadamente evita dirigirse a las personas como ciudadanos capaces de formarse un juicio propio y ante los que se tiene el deber de explicar y rendir cuentas. El antídoto para el agravio está en el oficio (supuestamente) performativo de quien da sanación.

La gobernanza de la posverdad es impermeable al ciudadano consciente e informado, a la crítica y el escrutinio, a la rendición de cuentas, que no son (supuestamente) más que artimañas inventadas por los causantes del mal. La posverdad es el entierro de la política como interlocución y deliberación y no puede sino llevar a la corrupción más grave de todas: la del entendimiento común, a menos que las suposiciones se desvanezcan cuando quede a la vista el resultado.

Académico de la UNAM.
@ pacovaldesu

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