A unos fascina, a otros aterra y a algunos les da lo mismo. El populismo es una fuente de espectáculo que alimenta la voracidad mediática y el morbo político. La lista de populistas de rigor va en aumento. India, Rusia, México, Argentina, Estados Unidos (con Trump antes y posiblemente después), El Salvador, Venezuela y Turquía y no son los únicos. Milei y AMLO han ofrecido una función reciente execrando uno del otro. Cada uno atribuye a los votantes del otro la culpa de elegirlo. Ya quitada la culpa, es un hecho que fueron electos por mayoría y por ello presumen ser democráticos. ¿De verdad lo son?

Primero hay que definir al populismo. A mi entender, su naturaleza consiste en el ejercicio del poder por un líder carismático que actúa en nombre de una mayoría que trata de suprimir a todos aquellos que no se le someten, violando el principio de igualdad política. Los seguidores, a su vez, se convierten en simple espectadores pasivos de los soliloquios, mentiras, promesas y fantasías del redentor. La diferencia esencial del populismo con la democracia es que, contra toda apariencia, el populismo aleja a los individuos y a las comunidades de la intervención autónoma en las decisiones políticas y la segunda facilita esta participación. De la misma forma que la oligarquía, el populismo es el gobierno de una minoría, pero a diferencia de aquella tiene un discurso legitimador que es aclamado masivamente, aunque también proteja (y se apoye en) oligarquías económicas. En contraste, si está construida adecuadamente, la democracia representativa acerca a los representantes con los representados a través de la deliberación continua de las decisiones públicas sobre leyes y políticas. De ese modo forman voluntades conjuntas entre ciudadanos y autoridades en marcos constitucionales. Pero si no hay candados adecuados, este vínculo se disuelve a causa de intereses particulares que se imponen a la ciudadanía, motivando a los electores a apoyar corrientes populistas.

En las democracias meramente electorales —como la nuestra en México— y no plenamente representativas hay suficiente evidencia para señalar a los partidos políticos y a los ciudadanos como la causa de la desconexión. Partidos que no tienen que mirar hacia “abajo” para tomar decisiones parlamentarias o ejecutivas propician la separación. Pero también la causan las ciudadanías desentendidas de lo público; ciudadanías de “baja intensidad”, como las llamó Guillermo O’Donnell. Esa es una combinación fatal y caldo de cultivo del populismo. La idea de que la democracia “normal” consiste en elegir representantes que se dediquen a “lo suyo” es completamente falsa. La separación de representantes y representados durante los tiempos no electorales facilita la oligarquía y el populismo. En ambos unos pocos atrapan para su beneficio a los gobernantes y dejan a un lado los intereses públicos. Se dirá que esta es una tendencia natural e inevitable, que es imposible o poco realista que los ciudadanos se mantengan informados y activos para definir la agenda, pero no es así. En la producción mediática de información pública predomina el interés privado, no el público. De este modo, es “natural” que los ciudadanos, más allá de ser apáticos, no tengan medios para mejor actuar en los asuntos públicos. La ausencia o el bloqueo de este eslabón fundamental para la opinión pública de calidad, aunado al aislacionismo de los partidos, se combina para facilitar la captura del Estado por los más fuertes. Sobra decir que las redes sociales no suplen esta falla de intermediación entre ciudadanos y gobernantes.

Los modelos democráticos de baja intensidad se basan en lealtades personales asociadas al intercambio más vil: el de la libertad política a cambio de paliar con migajas las necesidades ingentes de millones de personas postradas frente al patriarca que maneja los bienes públicos como su hacienda (“o votas por mí o no comes”). Si populismo y democracia son parientes es porque el populismo brota de las democracias fallidas para aniquilarlas; son antípodas porque la finalidad democrática es inmunizarse contra esa perversión política.

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