¿Es posible que el sigilo del poder se muestre a plena luz del día? Sí, eso sucede con la reforma electoral. Lo más notable de la disimulada iniciativa es que la mantienen escondida. Les da vergüenza mostrarla porque no quieren debate abierto y público; porque son portadores de un proyecto de sociedad cerrada. Juegan a las escondidas con sus aliados, con la oposición y con la ciudadanía. Ninguna alternativa es aceptable, solo el oportunismo del acomodo. Las voluntades de los partidos de la coalición gobernante, amenazados con la extinción, se alargan o se encogen como el chicle. Si se doblan desaparecen, y si se oponen a la iniciativa serán objeto de extorsión, como ya se empieza a sentir en las azoteas del Senado. Si no se alinean veremos multiplicarse a los Yunes que entreguen su voto a cambio de dejar expedientes en la reserva de closet.

Desconocemos la letra de la iniciativa porque la tienen oculta y, al parecer, no ha habido ninguna garganta profunda que la deslice al público (o al pueblo, que también la desconoce). Lo dicho: reducir el número de asientos plurinominales y el financiamiento a los partidos, y controlar a las autoridades electorales. En una palabra, reducir el espacio de la política legal al predominio del grupo gobernante pretendiendo que esa nueva legalidad adquiera legitimidad. Si esto es lo que a la postre se dé a conocer en la letra de la iniciativa, tendremos una reforma calcada sobre la que presentó AMLO en febrero del año pasado. La nueva iniciativa escondida bajo la manga difiere de la anterior únicamente en la elección de los magistrados electorales, medida ya consumada.

Las minorías de la coalición oficial se resisten a aceptar la disminución de las prerrogativas y los asientos plurinominales, porque son su sentencia de muerte. Sin embargo, también se han exhibido presuntos acuerdos en lo oscurito para sacar ventajas de la necesidad de aprobar esa reforma y vender su voto a cambio de gubernaturas y otras prebendas. Pero no hay que sentirse optimistas porque el PT y el Verde se resistan a ser diezmados. Si no llegan a acuerdos por las buenas, más temprano que tarde saldrán a relucir las amenazas y chantajes, la ventilación de “expedientes” que les tiene guardados el grupo dominante tanto a ellos como a los legisladores de oposición que no acepten entregar las armas si flaquea la coalición.

Sobre el efecto que tendría la reforma ya se ha hablado sin cesar desde hace un año. El más importante sería que una minoría (de acuerdo con los votos que los llevaron al Congreso), impuesta como mayoría, aseguraría su permanencia en el poder controlando los resultados electorales. La nueva legislación reduciría las capacidades y márgenes de acción de la oposición actual y futura, controlando el tamaño de los partidos, los registros y los recursos financieros de que disponga, mientras Morena se sirve de los recursos del Estado sin ningún obstáculo ni pudor. Ya lo vimos en las elecciones de 2024 y antes de ello en la ilegalidad con que AMLO y su grupo beneficiaron el crecimiento de su partido. Además, el gobierno cuenta ya con la herramienta para movilizar el voto inducido (programas sociales, servidores de la nación) y con el control de facto de las autoridades electorales. La oposición se volvería testimonial, pero no competitiva.

Para la ciudadanía la consecuencia será la conversión de ciudadanos en mera audiencia. Si se alinean con Morena tendrán participación subordinada a ese partido; si se mantienen libres e independientes o actúan en la oposición serán espectadores de un teatro que bajó el telón para que la obra se lleve a puerta cerrada. El panorama es sombrío. Con la reforma electoral escondida se cierra la pinza de la autocracia; una nueva “dictadura perfecta.” Lo que no sabemos es si será un motivo para la movilización ciudadana. La “ciudadanía de baja intensidad” sigue presente como razón social del nuevo autoritarismo.

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