Varias plumas simpatizantes de la 4T difunden una falacia: que la polarización política es resultado de la polarización socioeconómica preexistente. Es una verdad de Perogrullo que México es el segundo país más desigual en América Latina, la región más desigual del mundo. Pero es falso que la polarización política del tipo que fomenta la cúspide de la 4T conduzca a que la primera polarización —la desigualdad socioeconómica— cambie para bien.

Como muchos han señalado, la política de este gobierno se asemeja grandemente a la política neoliberal a la que abomina y de la que dice apartarse. Con la austeridad más radical que la que impusieron los gobiernos “conservadores”, la inversión pública y privada cayó y con ambas el crecimiento económico. La política fiscal que no se atreve a cobrar mayores impuestos a los más ricos y mantiene a México entre los países con los niveles con más bajos ingresos impositivos, disminuye las capacidades del Estado para producir bienestar en lugar de aumentarlas —lo que niega la intención declarada del gobierno—. Con una política económica que, con los números a la vista, desprecia el mundo productivo y una política social ineficaz para detener la producción de pobres, el retroceso nacional ha sido neto en los tres últimos años, especialmente en los dos de pandemia mal gestionada, con respecto a los 20 años anteriores.

La sumatoria de estas políticas de la 4T es, si somos optimistas, peor que la de gobiernos previos, pero más barata. Si nos ponemos pesimistas, lo que puede observarse a simple vista es que la desigualdad disminuye, pero reduciendo los niveles de ingreso real de la mayoría de la población, a excepción de los que tienen el poder de incrementar su renta neta. Estos últimos son los más ricos del país, a los que se pretendía separar del poder político y que, como he dicho aquí, son aliados activos o pasivos del líder supremo de la 4T.

Además, podemos ponernos “sospechosistas” —hábito universal de la 4T que ve “complós” a diestra y siniestra para curarse en salud—. Así pues, ya entrados en gastos podríamos mal pensar que lo que quiere la 4T al polarizar la política no es canalizar la desigualdad preexistente usando y aumentando las capacidades del Estado para producir igualdad y bienestar, misión esencial de un Estado en la democracia. Por el contrario, es “agudizar las contradicciones”, lema de batalla casi olvidado de las antiguas izquierdas más pueriles (Lenin mismo le llamaba la “enfermedad infantil del izquierdismo”). “Mientras peor, mejor” es la receta revolucionaria de esa especie de laboratorio de juguete que se regalaba a los infantes y con el que podían “producir” mágicos cambios de colores mezclando sustancias misteriosas que no pasaban de anilinas. Juegos de niños, pues, pero peligrosísimos en manos de energúmenos, como es el caso.

Lo más probable es que esas intenciones sean abrigadas por unos cuantos alucinados y que la política del gobierno sea más bien resultado de ignorancia combinada con buenas intenciones. Pero y que tal si no; que tal si AMLO ya se decidió por verter pólvora en el erial social que ha creado en México. El misterio más profundo permanece sin respuesta: ¿por qué la 4T, que se dice de izquierda, es ciega ante el hecho definitorio de “su” gobierno, a saber, que a pesar de tener holgada mayoría no sabe ni puede gobernar bien, cosa que un gobierno socialdemócrata aprovecharía al máximo para sacar a México de la desigualdad y la pobreza? Quizás la respuesta está en que prefieren la polarización imaginaria de sus telarañas mentales y contagiar a todo el que se deje. Además de encubrir la incompetencia, la polarización expropia a la democracia de la capacidad de procesar el conflicto, para trasladarlo al espacio autocrático del populismo típico del “socialismo del siglo XXI”, que no es sino una versión degradada del estalinismo —que a su vez era la degradación del marxismo llevada por Lenin al extremo.

Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM. @pacovaldesu

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