Hace unos días se congregaron en Cuba más de medio millar de personas en el que fue llamado “Our America Convoy”, con objeto de llevar algunas toneladas de ayuda y respaldo político a la dictadura más vieja del continente. Varios de sus detractores señalaron que la mayor parte de los concurrentes provenían de más de treinta países a los que regresarían después del tour a vivir confortablemente o, por lo menos, sin las privaciones que padece la población de la isla.
En los hechos, la caravana se dio una buena paseada. Hospedados por la dictadura pasearon, hicieron fiestas y recorridos fotográficos (en los que el objetivo era no pocas veces la gente viéndolos pasar) y se hospedaron en los mejores hoteles. Entre los ilustres y no tan ilustres visitantes estaban Greta Thunberg, Jeremy Corbyn y Pablo Iglesias. Este último aprovechó para ser filmado visitando las calles desiertas de lugares simbólicos como el Malecón, la Habana Vieja y la Plaza de la Revolución.
El relato favorito difundido profusamente por la dictadura se centró en atribuir el origen de la crisis humanitaria que padece la sociedad cubana al embargo económico de Estados Unidos, al que algunos todavía llaman bloqueo. Las principales declaraciones se hicieron alrededor de sendas reuniones de apoyo al régimen que los visitantes sostuvieron con algunos funcionarios del gobierno, incluido Miguel Díaz-Canel y otros de la plana mayor.
No se tiene noticia de que estas delegaciones sostuvieran reuniones con los grupos y dirigentes de la oposición dentro de la isla. Por el contrario, se limitaron a expresar solidaridad “con el pueblo cubano” y a respaldar a la dictadura. Grupos de ciudadanos cubanos han manifestado su agradecimiento por la ayuda, pero también han manifestado en las redes sociales (único medio por el que pueden expresarse, si acaso lo hacen) críticas demoledoras al “turismo ideológico” y el “circo político”. Figuras de la oposición democrática denunciaron la complicidad de la caravana con el régimen dictatorial para explicar la crisis como resultado del “bloqueo” (que es un embargo) y hacerse de la vista gorda con la gestión interna que ha sido fallida desde que se agotaron las capacidades de la “revolución” y se impusieron los intereses de la nomenclatura. Por si fuera poco, la oposición denunció la complicidad y validación de la represión y el encarcelamiento de los más de mil presos políticos, de los cuales el 65 por ciento fueron arrestados por las protestas del 11 de julio de 2021.
Esta corte de los milagros, bien representada en la caravana, pulula por el universo de la victimización haciendo caso omiso de una lección histórica esencial: el fracaso del socialismo. En todas sus versiones, a excepción parcial de la socialdemócrata, falló por dentro y debido a los errores científicos, políticos e ideológicos con que fue fundado y no solo por las fuerzas adversas del “imperialismo,” la “burguesía internacional” y demás etiquetas que pegotean cuando sus anticuerpos encuentran algún agente nocivo. Su resistencia a la crítica (millones de páginas no me dejan mentir) raya en la irracionalidad y termina en el fanatismo. De aquellos errores no quedan más que los prejuicios que sus portadores intentan salvar a toda costa buscando las formas más inverosímiles de prolongar su fantasía.
Como en el París medieval, esta corte de los milagros sale de día fingiéndose enfermos y víctimas para curarse de noche con un confortable baño de capitalismo mientras esperan convertirse en la nomenclatura de nuevas autocracias fallidas.
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