¿Contra la corrupción o contra la oposición?

Francisco Valdés Ugalde

“El despotismo se basta a sí mismo. A su alrededor reina el vacío”. Montesquieu.

En las últimas semanas desde la tribuna de Palacio Nacional no se ha dado tregua a los ataques a la prensa crítica ni a quienes protestan, critican y se oponen legítimamente. Esta es otra oleada más de las que ha desatado el presente gobierno. Descalificaciones contra EL UNIVERSAL o Reforma (al que llamó “pasquín inmundo”), ataques a Letras Libres y Nexos por haber recibido publicidad oficial, inhabilitación de esta última revista para recibir contratos de gobierno por una supuesta “falta administrativa” (disputada en tribunales), se han sumado a la larga lista de golpeteo a la prensa crítica. Esta forma de “hacer política” no contribuye a procesar el conflicto sino a agudizarlo.

En Chihuahua hemos visto que en el conflicto por el agua de la Presa La Boquilla, el Presidente ha optado por descalificar a los agricultores que legítimamente se oponen a la apertura de las compuertas para cumplir el tratado con Estados Unidos, tomando el agua que les faltará en el siguiente ciclo agrícola y habiendo otras opciones viables. En lugar de diálogo sobre las opciones, el gobierno ha ordenado el congelamiento de cuentas bancarias de las asociaciones agrícolas y de particulares que han participado en las protestas. Para esto se ampara en una ley que autoriza a la UIF a intervenir cuentas bajo sospecha razonable de ser del crimen organizado. Al actuar así se homologa a los agricultores en protesta con criminales organizados.

Los dos hechos, aparentemente inconexos, tienen algo en común: la tergiversación deliberada usada como arma contra la libertad de expresión y las de petición y protesta.

En el caso de la prensa, el Presidente y el gobierno han exhibido como prueba de sus condenas los pagos de publicidad que el gobierno hizo para anunciarse o para adquirir ejemplares. Se trata de condenas morales y subjetivas del Presidente contra la supuesta “complicidad” de los moralmente indiciados. Hasta ahora nada, salvo la dudosa acusación contra Nexos, se ha esgrimido en los canales que corresponde utilizar para denunciar “corrupción”. Se trata de linchamientos morales, del uso del escarnio en sustitución de las vías y procedimientos legales. Esto solo tiene un nombre: cacería de brujas.

Que el gobierno se haya anunciado en el pasado y se anuncie hoy, como lo sigue haciendo, en los medios de comunicación; que escritores de todos los colores hayan defendido las causas neoliberales o las socialistas, o las comunitarias, indígenas, católicas o evangélicas no es un delito sino un derecho. Una práctica de cultura democrática. Que individuos o grupos participantes en los gobiernos que el presidente llama “neoliberales” hayan incurrido en delitos de corrupción u otros, no los hace más corruptos que cualquier funcionario de su gobierno que los cometa —como los miembros de su gabinete señalados por la prensa—. La corrupción bajo Alemán, Echeverría, Salinas, Calderón, Peña Nieto o López Obrador es corrupción y punto, perseguible y punible por igual. Nadie es corrupto por ser neoliberal o socialista, pero sí puede ser neoliberal, keynesiano o socialista y corrupto. La diferencia está en la ye.

Que los agricultores de Chihuahua disientan y se opongan a las decisiones del Presidente sobre el destino del agua no los hace conservadores, corruptos ni miembros del crimen organizado. Si alguno, además de ser agricultor, lava dinero o siembra cultivos ilegales es otra cosa y merece ser enjuiciado, pero no es admisible presentarlos ante el país como si fueran lo mismo.

Los epítetos de “corrupto” y “neoliberal” que el Presidente espeta a quienes se le atraviesen, conducen automáticamente (véanse las redes sociales) a la identificación gratuita del opositor con el criminal, mientras los criminales se mueren de la risa. Hoy se ve acompañado por sus seguidores, pero abona al vacío que a la postre acompaña al despotismo.

Académico de la UNAM. @pacovaldesu

 

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