Mi último maratón (o la sensación de ya no poder)

FJ Koloffon

Se sufre de los pies, el impacto en el asfalto (cuando no vas a la montaña) te convierte en una extensión suya

Acerca de la sensación de ya no poder, se debe escribir en el preciso instante cuando la padeces, en ese momento justo donde sientes que ya no puedes. De lo contrario, se desvanece rápidamente, pierde sus efectos y resulta sumamente complicado describirla y guardarla como prueba fehaciente de una insensatez que entonces juras no cometerás de nuevo. Es una de esas sensaciones que se aleja y olvidas, y sólo vuelves a recordarla hasta que la experimentas otra vez.

Es como las embarazadas que —a medio parto— perjuran no volver a hacerlo, pero conforme cargan a su niño consiguen extraviar el dolor más desgarrador en alguna madriguera del subconsciente, donde las personas refugiamos las memorias que no nos conviene tener presentes, hasta que se encuentran nuevamente en la sala de expulsión.

“Este es mi último maratón”, me dije el sábado, a las dos horas y media de distancia, con 30 minutos todavía por recorrer. Durante el entrenamiento para un maratón —que por lo general abarca cuatro meses—, los sábados suelen ser de salidas largas. Al menos así los programa mi coach y una vez al mes toca completar tres horas. Ya lo había dicho varias veces antes, para mis adentros y también a los siete vientos: “Este es mi último maratón”. Pero aquí estoy una vez más en la disyuntiva.

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A mí me surgen los dolores y las dudas a partir de la segunda hora. Basta saber que la he cumplido para empezar a sufrir. “Esto no se trata de sufrir”, insiste mi entrenador, cuando se lo digo. “Se trata de asumir con sencillez que va a doler, pero que será glorioso”. Siempre que llego ahí, recuerdo sus palabras y por un rato me recompongo. Pero sí se sufre...

Se sufre de los pies, el impacto en el asfalto (cuando no vas a la montaña) te convierte en una extensión suya y se te ponen duros, los tobillos pierden flexibilidad, te haces rígido. Se sufre de las lesiones acumuladas, que kilómetro a kilómetro hacen mella, y —si no llegas bien preparado— se sufre incluso de la respiración.

Se sufre de lo que no tienes idea, pues en el camino se enfrentan dolores inesperados. Se sufre de sed, de ampollas y rozaduras, de la mente, los pensamientos y del reloj, porque ya quieres que termine. Se sufre de la resistencia, que conforme se agota te trasmina las ganas de llorar y simultáneamente permite que te salgan sentimientos hermosos, intenciones buenas, deseos de cambiar, de persistir, de remontar, de acabar con los brazos en alto.

Tiene su belleza el sentirse vulnerable y enfrentar esa sensación de ya no poder, especialmente cuando la vences y dudas: “¿Será mi último maratón?”

-@FJKoloffon

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