Las vueltas olímpicas a las glorietas, alrededor de la cama o sobre tu propio eje

FJ Koloffon

Son tiempos de dar nuestras propias vueltas olímpicas: a las glorietas, quienes conducen; a las plazas, los que corren; al patio, aquellos que les cuesta caminar

Cuando voy en mi coche y encuentro una glorieta, o cuando salgo a correr a la calle y paso junto a un kiosco en la plaza que sea, casi sin pensarlo le doy una vuelta. O dos o tres. Suelo hacerlo nada más si voy solo. Es un ritual muy personal que me saqué de la película “Once Around”, o “Mi querido intruso”, como tuvieron a mal traducirla.

La cinta, que se estrenó en 1991, es protagonizada por el magnífico Richard Dreyfuss, quien da vida a Sam Sharpe, un exitoso vendedor de tiempos compartidos que adquiere la extraña fascinación de dar vueltas a las glorietas en su limusina para celebrar los éxitos. A mis 15 años de edad, pensé que yo un día haría lo mismo. Y aquí estoy, confesándoselos a mis 45.

Desde muy chico, me volví algo supersticioso. A mi papá no le gustaba coger el salero de la mano de nadie, tampoco pasaba por debajo de las escaleras, tocaba madera si alguien contaba que le había ocurrido algo malo (para que a él no le sucediera) y confiaba en la benevolencia de los años nones.

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Sus manías no me sorprendían, crecí con éstas y —claro— yo salí también un poco obsesivo. Quizá por eso me hice a la idea de que, rotonda o kiosco que se cruzara en mi camino, yo le daría la vuelta para invocar el triunfo. Cada que salgo a correr por mi casa, invariablemente cruzo la plaza de Coyoacán, donde hay un kiosquito pintoresco, y lo rodeo unas tres veces. Si, ya de por sí, correr te hace sentir victorioso, levantar los brazos mientras le doy vueltas es como mi vuelta olímpica, mi pequeño instante de gloria matutina.

Según Wikipedia, la primera vuelta olímpica tuvo lugar en los Juegos Olímpicos de París en 1924. Uruguay participaba por vez primera en una competición intercontinental y, sorpresivamente, fue derrotando rivales, hasta que acabó por ganarse el corazón de los franceses. En la final contra Suiza, los apoyaron como si hubieran sido los locales. En agradecimiento, los sudamericanos dieron una vuelta a la cancha para mostrarle el trofeo a todo el público.

Son tiempos de dar nuestras propias vueltas olímpicas: a las glorietas, quienes conducen; a las plazas, los que corren; al patio, aquellos que les cuesta caminar y se cansan; alrededor de la cama o la silla, los convalecientes de alguna enfermedad, y sobre su propio eje, los que ya casi no tienen fuerza, pero desean sentirse —aunque sea una vez más— como bailarines. Da igual el sentido, da igual todo, aquí se viene a sentir.

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