La meta (parte 2: la misión)

FJ Koloffon

Las personas y sus metas cambian, y las de mucha gente y atletas han sido interrumpidas. Quienes se preparaban para un maratón, para llegar a los Juegos Olímpicos, para estrenar un trabajo, una película o un libro

Acabo de colgar el teléfono con mi amigo Jacques, fantástico pintor. Es mucho mayor que yo y está delicado de salud. No es Covid-19, sino el corazón, aunque —ante el panorama de enfrentar una cirugía a solas, dada la prohibición hospitalaria a los acompañantes— prefirió ir a casa y abrazarse a la vida.

“Es como si hubiéramos olvidado que un día nos íbamos a morir y este virus hubiera venido a recordárnoslo. A los 80 es normal, es casi misión cumplida. Lo duro es la gente joven que deja tantas cosas inconclusas. Está feo, van más de 43 mil muertos, un lleno en la Plaza México”, me comenta, e ilustra el dato.

Yo, de niño, quería ser torero. Tenía unos zapatos negros que parecían zapatillas para la arena y el traje de luces. Cerraba mi puerta y jugaba a abrir plaza.

Saludaba al juez, al público, a los otros matadores y nuestras cuadrillas, y me persignaba para el paseíllo en mi recámara. Juraba que esa era mi misión.

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Más adolescente iba a escondidas de mis padres a unas clases en Chapultepec con otro queridísimo amigo, Roberto. Su papá coleccionaba antigüedades, objetos muy finos, entre estos un célebre capote de Manuel Benítez El Cordobés.

Roberto se las ingenió para que su padre no notara la ausencia de tan deslumbrante capa, y —cada tarde de martes y jueves— la arrastrábamos infamemente sobre el adoquín de Chapultepec, a las indicaciones de nuestro maestro, Leonardo Vázquez, quien no daba crédito.

“Es hermoso, pinches escuincles, ¿de dónde lo sacaron”, y ambos reíamos. Un domingo, mi papá me llevó a la Plaza México. Cuál fue mi sorpresa cuando nos tocó en tercera fila, arribita de los toreros, y vi ahí a Leonardo, de subalterno del gran David Silveti.

Lo malo fue cuando él me reconoció a mí y me saludó frente a mis padres con la familiaridad de cada semana. Luego preferí escribir.

Empecé —otra vez— sin que mi papá se enterara, pues él llegó a coleccionar también ciertas creencias medio antiguas y pensaba que sus hijos debían dedicarse a los números, no a las letras. Pero, así como Roberto sustraía el capote sin que el suyo se diera cuenta, yo poco a poco le extraje esa idea.

Las personas y sus metas cambian, y las de mucha gente y atletas han sido interrumpidas. Quienes se preparaban para un maratón, para llegar a los Juegos Olímpicos, para estrenar un trabajo, una película o un libro.

Quienes ya descubrieron a qué vinieron, resistan. Los que no, averígüenlo. Que haya tiempo y suerte para todos.

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