I’m so sorry, guys (Lo siento muchísimo, chicos)

FJ Koloffon

La incapacidad de los seres humanos para pedir perdón mantiene territorios fraccionados, familias separadas, naciones divididas, grupos musicales disueltos

Pedir perdón es de las cosas más difíciles que existen sobre la faz de la Tierra. A veces, hasta más que dar un salto de dos metros de altura, o que vencer a un campeón del mundo de lo que sea. Es muy complicado, sobre todo para algunas personas. Para las que no lo sienten, por ejemplo, o para aquellos cuyo ego es tan inmenso que no son capaces de enfrentarlo.

La incapacidad de los seres humanos para pedir perdón mantiene territorios fraccionados, familias separadas, naciones divididas, grupos musicales disueltos. Cuántos discos más habría sacado Oasis, The Beatles, Mecano. Con tanta cosa, seguido pienso que lo que el mundo necesita es un nuevo disco de Pink Floyd.

El asunto es que el domingo me levanté temprano para votar y, de pronto, en la fila me encontré inmerso en la cuestión del perdón. Me da pena decirlo, pero desde la elección de Felipe Calderón no iba a las urnas. Acabé tan hastiado de los políticos que no quise cederles ni un ápice de mi energía, ni una partícula de mi poder, ni un pensamiento y, mucho menos, mi voz ni mi voto. ¿Por qué tendrían que representarme semejantes sinvergüenzas y granujas?

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Lamentablemente, luego es peor, y ni cómo quejarse. Así que ahí estaba, listo para hacer valer mi derecho a las 9:00 am, en plena bandera roja del Gran Premio de Azerbaiyán, con la carrera a punto de reiniciar en mi teléfono y Checo Pérez en la punta de la parrilla, a tres vueltas del triunfo. Apagaron los semáforos rojos y Lewis Hamilton —el siete veces campeón del mundo— pisó el acelerador a fondo. Sergio, a pesar de ir adelante, optó por cortarle el paso, aunque no lo logró.

Sin embargo, el británico bloqueó sus llantas y se siguió de frente en la primera curva. Por fortuna, Checo retomó el liderato y, conforme desaparecía de sus espejos, Lewis se disculpó por el radio con su escudería: “I’m so sorry, guys (Lo siento mucho, chicos)”. Me gustó el gesto, la disculpa, que no pude evitar trasladar a la fila. Todos los que estábamos ahí formados merecíamos una por parte de todos y cada uno de los políticos por los que votaríamos: Por la corrupción, por los engaños, los contubernios, los desfalcos, el enriquecimiento ilícito, los errores, el abuso, las porquerías de sus partidos.

Antes de continuar, cuánto bien nos haría que reconocieran el daño causado, pues —si bien ellos son el vehículo y los que conducen el rumbo— detrás estamos todos. No un equipo, ni una escudería, ni un partido político, sino todo un país que se llama México.

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