El entusiasmo calorífico (o Feliz 2021)

FJ Koloffon

Se fue el año. Se fue a una velocidad inédita: lento a ratos, fugaz ciertos días. Eterno para unos, un pestañeo para otros. Nadie podría decir con certeza cómo se le pasó

Se fue el año. Se fue a una velocidad inédita: lento a ratos, fugaz ciertos días. Eterno para unos, un pestañeo para otros. Nadie podría decir con certeza cómo se le pasó. El 2020 para nadie fue el mismo. El dos mil veinte son muchos 2020’s.

Si me dijeran que los incendios de Australia sucedieron un enero de hace tres años, no lo dudaría, pero apenas van a cumplirse 12 meses. El mundo parecía arder en cámara lenta, aunque —a mi parecer— el principal problema de la humanidad era que los corazones ya casi no tenían fuego.

Andábamos apagados, oscuros, apáticos, convencidos de que podíamos seguir así, impávidos ante la amenaza de que nuestra frialdad acabara por extinguir esa chispa divina que no sólo nos mantiene vivos, sino impetuosos. Dar por sentada la vida es quizá el más grande peligro de muerte.

Yo comencé  2020 de vacaciones con mi familia en Mérida, con un cuadro que hoy sería alarmante: fiebre, tos, dolor en el pecho y agotamiento. Mi madre asegura que fue Covid, mi mujer insiste que en la familia somos muy exagerados (la eterna discusión) y que en ese entonces no había coronavirus en México y menos en Mérida. Tardé tres semanas en recuperarme, pero en el inter contagié a mi papá, quien de regreso a la CDMX acabó en el hospital con una neumonía atípica.

Todavía en febrero, en los entrenamientos de pista de 400 y 800 metros, me faltaba el oxígeno.

Debía dar bocanadas de aire para satisfacer mi respiración. Mi coach me dijo que probablemente traía algún virus, que en sus años en el atletismo había visto casos así.

El 2020 le quitó el aliento a muchos, a otros les robó la inspiración, la creatividad, los motivos, la alegría, la tranquilidad, el patrimonio, a seres amados. A la mayoría, también, nos llenó de miedo, un miedo detrás del cual —otra vez a mi parecer— se esconden nuestras ganas de seguir viviendo y de cumplir tantos sueños dormidos.

Les deseo que no se apague su flama y que se reavive ese entusiasmo calorífico dentro de cada uno. Porque no dependemos de dos mil veintiuno, sino de nosotros.

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