Hay fechas que por sus características cuentan con un significado emotivo. Gracias a ellas, las personas somos capaces de replantear códigos de valor, creencias, analizamos desde perspectivas diferentes ciertos acontecimientos y les damos nuevas interpretaciones.

El día y el motivo pueden variar en unos individuos respecto a otros, pero el momento de reflexión es el común denominador en cada uno de ellos. Sin embargo, a pesar de lo subjetiva que pueda resultar la elección de la fecha, existe una de ellas que invariablemente es reconocida por la mayoría de la sociedad: la conmemoración de una rotación completa de nuestro planeta alrededor del Sol.

Siempre que se aproxima un nuevo año abrigamos la esperanza de que este sea prometedor y traiga consigo mayores beneficios de diversas naturalezas, ya sean motivos económicos, profesionales, políticos e incluso románticos, la constante es, precisamente, la ilusión de lo incierto.

Hace unos días, veíamos con esa misma ilusión la llegada de un año que prometía mejoría, adelanto y, sobre todo, paz personal y social. Desafortunadamente, estos primeros días han planteado un panorama poco esperanzador, luego de la presentación simultánea de una serie de hechos angustiantes.

La decisión de un megalómano irresponsable que ha contravenido todas las normas del derecho internacional y que invade un país soberano a sangre y fuego para capturar al que, al menos formalmente, figuraba como el jefe de Estado del mismo.

El sujeto es secuestrado y llevado fuera de las fronteras de su país; este, merecedor de todos los adjetivos peyorativos existentes, ya había provocado una emigración masiva de un sector considerable de la sociedad de su país.

La comunidad internacional destacó por su pasividad, atemorizada e incapaz de reaccionar, con pronunciamientos simbólicos sin trascendencia alguna.

Por último, nuestro país que al menos hasta el año 2000 había tenido una trayectoria internacional ejemplar por su clara postura ideológica y moral dentro de los foros internacionales, hoy no es más que un eco inaudible a cargo de una cancillería pusilánime.

El panorama no podría ser más desolador.

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