Democracia sin discusión

Fernando Luna Rodríguez

En los países democráticos, la discusión pública de los temas de importancia nacional cumple con una función esencial para lograr el avance de la sociedad.

Resulta evidente pensar que mientras más se discuta un tema, mientras más acalorada sea la discusión, mientras más personas se involucren con puntos de vista distintos, tendremos una mayor riqueza de opiniones, y por tanto, alcanzaremos mejores conclusiones.

Pero, ¿Qué pasa cuando la discusión se polariza entre sólo dos puntos de vista? ¿Qué pasa cuando tanto políticos y opositores, como medios de comunicación se centran en una discusión en donde los méritos de los respectivos argumentos pasan a un segundo plano?

Pasa lo inevitable: se vuelve evidente la falta de voluntad para alcanzar conclusiones valiosas, y caemos en la confrontación.

En México estamos padeciendo precisamente de un clima de polarización que nos está llevando a un estancamiento de las ideas. Hay sólo dos puntos de vista, el de quienes están a favor del gobierno, y el de quienes están en contra, ambos actuando de manera incondicional y cada vez más cercana al fanatismo.

En el fútbol, por ejemplo, el equipo que mete más goles gana, y se le considera el mejor. Es sencillo de concluir pues son sólo participan dos equipos, y las reglas son muy claras.

En la discusión de los asuntos nacionales, generalmente se ha considerado “ganador” de una discusión a quien logra una mayor difusión de sus puntos de vista. Por ejemplo, más titulares en periódicos de alta circulación, o notas en emisiones informativas de alto rating, o en ésta época de redes sociales, a quien tiene más “likes”.

Sin embargo, los asuntos que tienen un trasfondo técnico, moral o legal no son “ganados” por quien grita más fuerte, sino por quien tiene la razón. Y en la actualidad, la discusión de la cosa pública está secuestrada por dos puntos de vista irreconciliables, que no sólo no buscan un acuerdo, sino que de manera automática dejan fuera a cualquier otro punto de vista.

Así, tenemos una situación en la cual el Gobierno no acepta la crítica, ataca a quienes cuestionan sus programas o su desempeño no con argumentos que demuelan la crítica, sino con argumentos que buscan destruir la credibilidad y la reputación del crítico.

Por ejemplo, para el Gobierno Federal, quien le critica queda descalificado si perteneció a un partido político distinto al que hoy gobierna. También se descalifica a quien fue parte de algún grupo que “colaboró” (en opinión del mismo Gobierno), con el “régimen anterior”. Se descalifica inclusive con falsos dilemas como el muy frecuente “¿por qué no criticaste así al PRIAN?”

Finalmente, en la carencia de un auténtico debate, se emiten epítetos como “neoliberal”, “fifí” o “conservador”, etiquetas que por ser emitidas desde lo más alto del Gobierno, son acusación, prueba y sentencia al mismo tiempo.

En contraparte, los ciudadanos y organizaciones que son atacados al ejercer su libertad de expresión de manera crítica, poco a poco dejan de hacerlo pues no hay quien les defienda o proteja sus derechos ante la descalificación del nuevo régimen, que además los convierte en “parias” ante buena parte de la opinión pública.

De esa manera, la opinión pública es sometida a los dictados de un “debate” que en ningún momento atravesó el proceso del razonamiento.

En efecto, el ciudadano que no “pertenece” a ningún bando, cae en el desánimo al ver una discusión estéril, de escasa utilidad, que no aborda los temas de verdadero interés, como el estancamiento de la economía o el aumento en la inseguridad.

Se ha llegado a tal extremo, que ni siquiera hemos visto un nutrido debate acerca del manejo de la pandemia. ¿La educación? No es parte de la Agenda. ¿Infraestructura? Menos. ¿Derechos humanos? ¿Sustentabilidad, calentamiento global? Temas olvidados, secundarios, sepultados por la confrontación diaria.

¿Es eso lo que queremos para México?

Al inicio de este análisis comentamos que “En los países democráticos, la discusión pública de los temas de importancia nacional cumple con una función esencial para lograr el avance de la sociedad”.

En los países en los cuales no hay discusión pública, no hay avance, ni democracia.

*El autor es empresario y actual presidente de la Asociación Nacional de Empresarios Independientes (ANEI).

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