El sexenio se acabó. El Rayito de Esperanza fue efímero. Aspiraba a la gloria y terminará hundido en el pantano, con el plumaje manchado. A dos años de gobierno, existe un consenso entre los economistas serios: incluso si se cumplieran los optimistas pronósticos del presupuesto, en 2024 estaremos peor que en 2018. Pero no hay muchas razones para creerle al gobierno. En realidad, el ingreso per cápita del 2018, de acuerdo con Banamex, se recuperará hasta el 2030 o 2031.

El gobierno de López Obrador se derrumbó bajo el peso de sus propias medidas. Empezó a crujir incluso antes de tomar el poder: la cancelación del nuevo aeropuerto de Texcoco fue la señal que espantó las inversiones y extendió por el mundo la desconfianza en el régimen que estaba por empezar. Desde ahí, la economía entró en descenso y técnicamente cayó en recesión antes de que apareciera la pandemia. El Covid19 solamente agravó la debilitada salud económica del país.

Desde el principio, la nueva élite del poder hizo exactamente lo contrario de lo que requería el país: en lugar de fortalecer el Estado de Derecho, eligió la impunidad y la ilegalidad al otorgar una amnistía de facto al crimen organizado. Desde entonces, a pesar de un atentado contra el secretario de Seguridad de la Ciudad de México, se mantiene invariable la política de “abrazos, no balazos”. Para el resto del sexenio se pretende agregar el fortalecimiento de la delincuencia común mediante la desaparición del Fortaseg. Los municipios se quedarán sin el presupuesto de ese mecanismo para combatir la inseguridad. Resultado: si 2019 fue el año más violento desde que se tiene registro, el 2021 podría superarlo.

En lugar de buscar soluciones al boquete de las pensiones en el gasto público, las cuales costarán en 2021 más de un billón de pesos, el gobierno optó por echarle más leña al asador. “Por instrucciones presidenciales”, según dijo un boletín de la CFE, se devolvió a los trabajadores electricistas condiciones laborales que les permitirán pensionarse con 30 años de servicios. Es decir, una persona que entre a trabajar a la CFE a los 20 podrá pensionarse a los 50 años de edad. En el mundo, países como Dinamarca han elevado la edad de retiro hasta los 77 años.

En lugar de avanzar hacia las energías limpias como todo el mundo, el gobierno optó por un México muy parecido a los setentas: las compras de carbón (a un senador del Partido Morena), uso de combustóleo para producir energía porque Pemex no puede venderlo y está en desuso, una nueva refinería, inversión multimillonaria para recuperar el monopolio energético. En forma paralela, rechaza la tecnología –se negó a cambiar el equipo de cómputo y varias dependencias devolvieron las computadoras por austeridad- y promueve el trapiche y los tlacoyos como respuesta a la crisis económica sin precedentes.

En lugar de aligerar el gobierno, aumentó las cargas: una nueva empresa para distribuir medicinas, otra para extender la red de telecomunicaciones, un banco para cubrir el territorio nacional. Pero no sólo eso, emitió un decreto para suprimir diez subsecretarías del gobierno federal, pero sin despedir a nadie. Tiene ahora aviadores de lujo en la nómina. Eso sí, todos son de Morena, ya que se dispone a correr a quienes ya trabajaban en el gobierno, especialmente en la Comisión Nacional del Agua.

En lugar de buscar la eficiencia en los servicios públicos, consiente a los sindicatos con la esperanza de obtener votos de ellos. Pemex, por ejemplo, es la segunda petrolera del mundo con más personal (124 mil 700) y la última en rendimiento, entre las diez más grandes. El exceso de personal sindical es una carga para la empresa. Ese fenómeno se repite en todo el sector público, especialmente en Salud y Educación. En este último el problema es más grave, aunque menos analizado, pues ahí se concentran los aliados electorales activos y movilizados del presidente.

Hay muchos otros ejemplos del retroceso emprendido por el gobierno. De manera inevitable, el modelo colapsó. La situación puede empeorar. Por un lado, no habrá recursos económicos para sostenerlo, tanto por la caída en el consumo interno como por la caída en la recaudación de impuestos. Por el otro, el gobierno es impermeable a las críticas y, obviamente, el empecinamiento en sus ocurrencias agravará, día a día, el costo para los mexicanos.

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