Daño profundo

Fernando Herrera Ávila

Cuando el sexenio acabe, la documentación científica y la vida misma permitirán evaluar los daños profundos del populismo. Los estudios a fondo confirmarán lo que hoy adelantan los datos gruesos: estamos viviendo el peor gobierno de la historia.

No podrá ser de otro modo. En solo dos años y medio, la pobreza y la desigualdad han aumentado en tal magnitud que disminuirán la esperanza de vida y la movilidad social, aumentarán en cambio las enfermedades, la pobreza y el hambre. El medio millón de niños que no recibió vacunas en 2020 sufrirá las consecuencias toda su vida.

Muchos analistas ya han documentado extensamente los daños provocados a la economía, a las instituciones y a la democracia, por un régimen empeñado en construir una dictadura. Afortunadamente, las elecciones de junio pasado nos dan esperanza de que el gobierno no destruya los organismos constitucionalmente autónomos, como había anunciado.

Sabemos que el gobierno y la obediencia ciega han degenerado en un desastre nacional y que la pandemia está fuera de control. Nos faltan diagnósticos sobre los daños profundos: esperanza de vida, enfermedades y aprovechamiento escolar, entre otros.

En la comunidad científica existe consenso en que la pobreza tiene efectos negativos sobre el rendimiento escolar. “La letra no entra cuando se tiene hambre”, resume la canción popular. ¿Qué pasará con todos esos niños cuyas familias pasaron a la pobreza extrema?

De 9.3 millones de mexicanos en pobreza extrema pasamos, en dos años, a 18.3 millones, de acuerdo con el Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad (Equide) de la Universidad Iberoamericana.

Un menor rendimiento escolar los mantiene en la pobreza, porque la principal herramienta de movilidad social es la educación. Además, el gobierno, al entregar la educación básica a sus aliados políticos en los sindicatos, le cierra a los niños la posibilidad de acceder a una educación pública de calidad.

En los hechos, el gobierno que dice defender a los más necesitados, favorece a los ricos y privatiza la educación. El propio presidente, quien dice que el ejemplo es la mejor forma de gobernar, envía a su hijo a una escuela privada.

Lo peor de todo es que el Presidente empobrece a la población conscientemente y con objetivos políticos claros. A él no le gusta la movilidad social, entendida como la capacidad de una persona de progresar social y económicamente. No le gusta que los pobres dejen de serlo, menos aún, que tengan aspiraciones. Hay decenas de pronunciamientos suyos en contra del “aspiracionismo”. Pero nadie ha expresado tan bien esa posición como Yeidckol Polevnsky, cuando era presidenta de Morena: “cuando sacas a la gente de la pobreza y llegan a clase media, se les olvida de dónde vienen y quién los sacó”. Lo declaró en televisión nacional y en Facebook se pueden encontrar el video para confirmarlo.

Junto con la pobreza extrema también se duplicó el hambre. Hoy 9 millones de mexicanos padecen hambre y, en consecuencia, los niños sufren desnutrición, especialmente en las zonas indígenas. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la desnutrición tiene graves consecuencias en los niños: reducción de la atención, falta de concentración a la hora de realizar tareas, dificultades para aprender, comunicarse o socializar con otros niños; enfermedades que afectan al crecimiento y retraso en el crecimiento físico y motor.

En cuanto a los objetivos políticos, mientras más pobres son los estados más votos tiene Morena. Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Veracruz y Puebla se han convertido en los nuevos bastiones de Morena. Ello se debe, principalmente, al fortalecimiento de los cacicazgos locales, los programas clientelares  y al hecho de que los más pobres son más susceptibles a los discursos basados en el resentimiento, el odio y la sed de venganza.

No obstante, el problema para el Presidente es que muchos de los nuevos pobres están conscientes de que su nueva condición se la deben a sus políticas y omisiones. 

 

Vocero del PAN.
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