Los que nacimos en los sesenta vivimos muy pocos años en la estabilidad. Del sesenta y ocho para acá, nuestra historia se va moviendo de crisis en crisis; cuando no es crisis económica, es crisis política y cuando no, lo es de seguridad. Hoy, vivimos en un mundo convulso en donde todos los días en la pantalla se asoma un espectáculo cada vez más frívolo que si no implicara miles de muertos, de desplazados, de infancias destrozadas; podría ser hasta divertido.
Yo ya me veo inmerso en estas inercias, busco las noticias en la mañana, al mediodía y en la noche, para ver qué se le ocurrió ahora a Trump, a Netanyahu, a Putin o a Sheinbaum. Las cadenas de televisión y las plataformas informativas segmentan la información bajo los membretes más ocurrentes. Se abre el archivo de la guerra en Irán, de la captura de Maduro o de las protestas por la violencia de las policías migratorias. La guerra de Ucrania que ha costado miles de vidas se ve desplazada por otros escándalos y nuestra humanidad peligra todos los días en esta normalización de lo absurdo.
Me pregunto cómo regresar de este extravío. Francamente creo que en la edad contemporánea se ha generado un sesgo cognitivo que nos infantiliza. Me preocupa mi propia desensibilización paulatina. Me escondo de mi pareja que aborrece, con razón, a toda esta locura y a hurtadillas me conecto a estos circuitos de la información.
Poco a poco la realidad ha ido perdiendo materialidad. Antes los billetes eran papeles y monedas, ahora el dinero es un asiento contable y lo que uno tiene y no tiene deriva de un estado de cuenta vinculado de alguna manera caprichosa a un titular. Esta virtualización del mundo nos lleva a pensar que la realidad no es otra cosa que una narrativa donde una versión domina por algún momento a otra y algo sucede que se cambia el orden del discurso cientos de veces al mes.
En todo este contexto el poder se trasmuta y pasa de circuito en circuito. A veces hecho guerra, a veces catástrofe, siempre crisis. La noción de conflicto ha venido perdiendo su peso específico. De solucionarlo ni hablemos. Cómo problematizar un mundo que no quiere ser estabilizado, que va haciendo de lo efímero su modus operandi.
Cuando se habla de esta nueva realidad que ya no funciona en base a reglas o en compromisos estables, yo me pregunto de qué estamos hablando. Por supuesto que yo no niego la complejidad de la vida, pero me parece terrible que se estén destruyendo los parámetros que la contienen. Aún la propia idea de un mundo líquido exige algún tipo de frontera o rivera que permita percibir al paisaje. El mundo se nos escapa entre los dedos y nosotros pensamos que este es un cauce que no tiene fin. Que siempre habrá agua y si no, cruzaremos ese puente cuando nos lo topemos.
Tal vez, este sea el sesgo cognitivo que me preocupa. Una confianza infantil de que el mundo es inagotable. Que los recursos nunca se acaban. Que la destrucción nunca es definitiva o peligrosa. Que la violencia es un juego y que la corrupción tan sólo un modo de hacer. Al final, pensar que la desgracia sólo sucede en otra parte, es alejar nuestra responsabilidad en el mundo.
Debemos recuperar la urgencia de la conexión y la necesidad de lo comunitario. Todos los días me asomo a la pantalla para saber si el mundo sobrevivió a la noche.

