Atravesar los sentimientos de frustración por la impunidad y de inseguridad por la violencia, son un mandato de la modernidad. En realidad, vivimos en la incertidumbre. Detectar qué aspectos del mundo nos toca afectar, qué podemos cambiar y qué debemos aceptar son la clave cotidiana para vivir en el siglo XXI. Es cierto que la democracia falló a mucha gente en sus expectativas y que la Globalización, marginalizó a los que menos capacidad de adaptación tenían. Sin embargo, los intentos recientes por ensayar nuevas soluciones y trascender viejas limitaciones, hoy acusan un talante autoritario que amenaza a la pluralidad.

Hay quien decide refugiar su vulnerabilidad mediante la adopción de estereotipos. Regionalismos y nacionalismos se levantan para oponerse al extranjero que es ese otro que nos amenaza. En términos democráticos vivimos el reino de las minorías dominantes. Para mantener el poder y sobrerrepresentar sus alcances, basta con una tercera parte del electorado. La otra parte de la tarea es dividir para prevalecer. Este escenario es esencialmente perverso porque se basa sobre la agregación a partir del miedo al otro. Es “Chairo” el que no es “Fifi” y el “Fifi” es insensible frente a la sensibilidad del “Chairo”. Evitar que se comuniquen y se sensibilicen entre ellos da oportunidad a la ganancia política. Este fenómeno cada vez se mundializa más. Los populismos de derecha se multiplican en razón de la estigmatización de los migrantes. Estos son los candidatos idóneos para provocar miedo y rechazo. Ya no importa la evidencia. Vivimos la era de los prejuicios y la normalización de la exclusión.

Como humanidad, ya hemos vivido estos procesos. En el periodo de entre guerras se gestó el exterminio. La necesidad de superar el error cae en la trampa del olvido y con ello, en la oportunidad del mafioso. Todo este cuadro que puede ser lúgubre, es derrotado en muchísimas ciudades. La resistencia pasa por respetar y promover la diversidad. Recuperar la pluralidad y defenderla de los prejuicios. Abrir el espacio social a la convivencia de lo múltiple nos llena los ojos de posibilidades. Simple y llanamente la urbe es llamada a reconocer la multiplicidad. Los estereotipos son insuficientes frente a la exigencia clara de ser respetado y reconocido. La ciudad es el espacio del diálogo. Los monólogos absurdos van aburriendo a sus parlantes hasta condenarlos a la estupefacción. Dialogar con el otro, de manera inmediata e inevitable es parte del GPS ciudadano.

Así las cosas, la semana pasada la ciudad se vistió de fiesta. Por unos días, el lazo social se abarcó en espacios dedicados al arte. Múltiples expresiones encontraron escenarios diversos siendo los más importantes: Zona MACO, Feria ACME, Feria Material, Feria BADA y Feria Territorio. Cuando el esfuerzo se centra en la pluralidad y el lenguaje utilizado es el de la belleza, la ciudad va perdiendo su tono lúgubre y la calle se llena de parlantes vivos y emocionados. La algarabía es estrategia inequívoca e inaplazable para recuperar la esperanza. La necedad de sostenerse como uno mismo frente a los demás se corresponde con la “multiversidad” de abrir los ojos a lo otro. La multiplicación de espacios para todo tipo de oferta estética cayó al ruido de las armas y de las amenazas. Las denigraciones y denostaciones que imperan en la política se quedaron sin eco por unos días. La pintura, la escultura, la música etc. se tornan remedios para conjurar males y pesares. Esta lección no es mala. Tal vez el amor a la belleza sea el último espacio subversivo para la conciencia ciudadana.

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