Para nadie es un misterio que Morena está pasando por el momento más débil de su historia. A pesar de que su poder se ha magnificado, sus cuadros están debilitados a fuerza de las pugnas internas que el líder de Palenque ya parece no poder controlar. Mientras ello sucede, la oposición —PRI, PAN y MC— se mantienen en modo catatónico y, si aparecen, es para dejar pasar y hasta justificar los deleznables actos del partido en el poder.
¿Es acaso coincidencia que las trapacerías de Adán Augusto López se vayan desvaneciendo progresivamente? ¿Alguien ha escuchado en fecha reciente a un líder opositor levantar la voz y armar un escándalo ante la obvia protección gubernamental al «hermano» del prócer macuspano?
De buena fuente me llegó la información de que, en una reunión reciente de senadores del PAN, tanto Marko Cortés como Ricardo Anaya solicitaron a sus pares que dejaran que el tema del capo de La Barredora se desvaneciera en el olvido, porque su poder ya estaba prácticamente desahuciado. Si esto es cierto, la opinión pública entenderá por qué el partido azul se ha vuelto una fuerza política irrelevante, incapaz de levantar la voz ante los atropellos del poder. Jorge Romero, actual dirigente del blanquiazul, es a Anaya lo que Sheinbaum es a López Obrador. Ni más ni menos.
Desde que el queretano Anaya se posicionó como presidente del partido, procuró exitosamente que, a través del control burdo de afiliaciones, el poder quedara en manos de su camarilla por tiempo indefinido. ¿No es eso, acaso, lo mismo que está haciendo Morena con el gobierno de México? No se puede alabar a un partido que presumía 1.8 millones de afiliados y adherentes antes de 2013, que cayó a poco más de 368 mil tras la famosa depuración y hoy, entre 12 y14 años después, presume entre 277,000 y 323,000.
¿Qué dirían los Gómez Morín, los González Luna y los ideólogos que iniciaron la lucha, con todo en contra, ante el Acción Nacional de hoy? ¿Qué pensarían Vicencio, Madero, Álvarez, Castillo, Maquío y Ruffo —entre tantos otros—, quienes trabajaron afanosamente para que el PAN accediera eventualmente al poder, del estado que hoy guarda este organismo desvencijado y débil, que prefiere negociar con el poder para proteger la cola que les cuelga? O, acaso, ¿podría haber una razón más poderosa para que protejan bajo su capa al exsecretario de Gobernación y gran amigo de Anaya?
¿Qué decir del PRI, el viejo PRI, del zombi renco, tuerto y pestilente que deambula por la cámara buscando entre la basura del Congreso las sobras que requiere para subsistir? Ese PRI que ha elegido ser dirigido ad aeternum por el bully campechano, el madreador de Noroña (difícil quejarse por eso), el emperador de Buenavista, la némesis de la colorada que hoy ocupa la silla en la que él se sentó y con quien juega guerritas para ver quién termina llevándose más al término de sus respectivos sexenios.
Ese PRI que contaba con 21 gubernaturas al inicio del siglo y hoy ruega por mantener las dos que le quedan; el monstruo hegemónico que en el 2000 tenía entre 10 y 11 millones de militantes y ahora apenas alcanza una quinta parte; el que tuvo entonces 209 diputados y 60 senadores y en la actualidad cuenta 36 y 13. Pero ni un paso atrás, con el gran Alito I, ¡hasta la victoria, siempre!
La tercera vía: Movimiento Ciudadano. El partido nacido como Convergencia tiene por fundador a Dante Delgado Ranauro, quien estuvo en prisión por peculado y abuso de autoridad y salió para crear su partido.
Ajedrecista de la política, Dante ha actuado prácticamente igual que los del Verde Ecologista —vendiéndose siempre al mejor postor—, pero, a diferencia de los otros, la estrategia de MC lo ha mantenido alejado del lodazal en que habitan los herederos de González Torres.
En 2000 fue a las presidenciales con el PRD y en 2006 con ellos y el PT; en 2012 apoyó a López Obrador y, en el 2018 rompe con él para unirse al PAN y al PRD en favor de Anaya (¿error estratégico?). En las pasadas elecciones fue solo con su candidato Máynez, pero no es aventurado pensar que tomó esa decisión en connivencia con Morena para romper a la oposición, lo que logró con creces.
Sus mediáticos gobernadores, Enrique Alfaro (ex) y Pablo Lemus (Jalisco) y Samuel García (Nuevo León), presentan resultados mixtos, con respetables logros en lo administrativo, y sonados fracasos en temas de seguridad, aunados a rumores que sugieren acuerdos con el crimen organizado.
En el ideario no escrito de los partidos de oposición mencionados, hay una coincidencia irrebatible; si bien, aspiran al poder, ello no está entre sus principales objetivos; en cambio, sí lo está que los tres buscan que sus dirigencias se eternicen, que conserven algunas ubres para continuar mamando de la gran vaca presupuestal y seguir coqueteando con el poder para mantenerse en la palestra por tiempo indefinido.
Hoy, 21 de febrero de 2026, se constituye SomosMx como una nueva fuerza política. Sus cuadros principales son políticos de viejo cuño —¿dónde no?— que buscan —¿quién no?— sacar a Morena del poder y reinstaurar la democracia. A pesar de haber cumplido sobradamente con los requisitos para la aprobación del INE, con 246 asambleas legales —46 arriba del mínimo— y poco más de 300 mil afiliados —superando el requisito de 256 mil—, el INE, con una clara mayoría morenista, hará todo lo posible por negarles la prerrogativa de convertirse en partido. Ya sus líderes se preparan para la probable batalla.
¿Qué me gusta de su ideario? Básicamente, tres cosas: una, que ninguno de sus directivos puede aspirar a competir en elecciones; dos, que la tercera parte de sus candidatos serán de 35 años o menores, y la tercera, que solo irían en coalición si se realiza una elección primaria.
Como los otros tres no tienen remedio, les otorgo a estos el beneficio de la duda y les deseo lo mejor.
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