Apreciable presidenta:
Te escribo sin esperar una respuesta. He preparado párrafos y párrafos sobre las muy cuestionables decisiones de tu gobierno, pero es imposible enumerarlas. He buscado una pregunta maestra que englobe todos los temas, pero solo se me ocurre esta:
¿Claudia, qué te propones?
No es una pregunta retórica. Es simplemente que no puedo entender cómo estás desperdiciando la oportunidad de tu vida para pasar a la historia como la primera presidenta de México y sentar un precedente para futuras generaciones.
Bajo cualquier punto de vista —ya sea social, político, económico, financiero, etc.— tu administración está demoliendo al país. Los números, en general, son lamentables: el nulo crecimiento económico del país, el inútil y grosero endeudamiento, el aumento desmedido en el costo de víveres, servicios y educación, el desplome de las actividades empresariales, la forma en la que estás encubriendo el crimen organizado y a los miembros de tu movimiento que participan en él y, como cereza del pastel, la inmensa corrupción que pretendes ignorar, pero la tienes tatuada en la frente. Son solo algunas de las razones para afirmar que estás fracasando estrepitosamente como primera mandataria del país.
En tus mañaneras pareces estar totalmente sola y hechos como la desaparición (no dije muerte, que conste) del Mencho lo confirman. En cualquier circunstancia, un jefe de Estado enterado de los actos de sus fuerzas armadas y de seguridad, habría aprovechado las circunstancias para informar al mundo entero sobre la operación que se deshizo del más grande narcotraficante del planeta. Pero no fue así y dejaste la impresión de que ignorabas el operativo, lo que, en términos de seguridad nacional, es una señal ominosa que sugiere una preocupante falta de confianza de los Estados Unidos. Fue tu limitada capacidad histriónica la que nos dejó ver que desconocías lo que sucedía en Jalisco.
En la mezcla de economía y Estado de derecho —pilares del sostenimiento de un país— eres un mar de contradicciones. Por una parte, sabías perfectamente que la reforma al Poder Judicial acabaría con cualquier proyecto de inversión, tanto nacional como extranjera. Aun así, la promoviste y celebraste su promulgación. ¿Con qué cara invitas un día sí y otro también a los empresarios a invertir en México si sabes que solo aquellos dos o tres que están multiplicando su fortuna a costa de asignaciones sin concurso, te seguirán apoyando? Los inversionistas saben que no ha habido ninguna resolución de la nueva SCJN contraria a los intereses del gobierno. Como consecuencia de lo anterior, la inversión —el verdadero termómetro del futuro económico— se contrajo 6.36% en 2025, la inversión pública cayó 18.87%, mientras la privada retrocedió 4.01%. Es decir, ni el Estado —tu Estado— ni el sector privado están apostando por el país. En términos concretos, entre la desconfianza y sus efectos colaterales, México dejó de recibir del orden de 23,500 millones de dólares de inversión.
Así las cosas, podrás seguir invitándolos a Palacio Nacional y prometerles las perlas de la Virgen, pero el dinero no reconoce ni amigos ni lealtades; ¡vaya! hasta parece militante morenista.
¿Qué decir de la educación en México, qué decir de la salud, qué de la seguridad en poblaciones y carreteras, qué de la extorsión y del derecho de piso, qué de los homicidios, qué de las desapariciones que intentas desaparecer? Ciertamente, no resolverás estos problemas pavimentándolos con miles de mentiras o coartando la libertad de expresión mediante amenazas o castigos.
Todos sabemos de tu inquebrantable lealtad al señor de Palenque y al partido que ha cobijado tu carrera política. Ojalá que tanto tu tutor como los miembros de Morena te correspondieran con la misma devoción que les brindas. Si las apariencias no engañan —y rara vez lo hacen en política—, está claro que ya no eres la favorita de Andrés Manuel y, en consecuencia, tampoco de los líderes del Congreso, de tu grupo político y, ni siquiera, de la mitad de tu gabinete.
Claudia, la historia ofrece advertencias claras para quien quiera leerlas. ¿Aspiras a que tu presidencia te coloque como Emilio Portes Gil en el maximato de Plutarco Elías Calles? ¿Quieres competir contra la represión de Gustavo Díaz Ordaz, el populismo fiscal de Luis Echeverría, el endeudamiento de José López Portillo, la fragilidad institucional de Carlos Salinas de Gortari, la estrategia de seguridad que derivó en violencia bajo Felipe Calderón, los escándalos de corrupción del sexenio de Enrique Peña Nieto, amplificados exponencialmente durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, quien además concentró poder y debilitó contrapesos institucionales?
Claudia, aún estás a tiempo.
Mi humilde consejo: rompe con Morena y con los cordones umbilicales que unen al partido con su fundador.
Ya poco importa que sigas intentando consolidar lealtades cuando está claro que, para los duros, fuiste un error de tu antecesor.
Ya no te desgastes con sueños guajiros como la Reforma Electoral y dedícate a reformar tu gobierno; eso es lo que necesitamos los mexicanos.
Si decides lanzarte, podrás perder las pocas migajas que te quedan en el movimiento, pero ganarás el respeto y apoyo de una sociedad civil que, por sí sola, tiene muchos más adeptos que tu partido —adeptos que, vale aclarar, no lo son por dádivas.
Eso, te lo aseguro, se vería reflejado en la revocación de mandato.
Claudia, estás a tiempo.
A tiempo de decidir si quieres ser recordada como una presidenta que fue la interpósita persona de un poder ajeno, o como una que lo ejerció a plenitud; a tiempo de romper con inercias, de demostrar que la lealtad más importante no es hacia un hombre o un partido, sino hacia el país que te comprometiste a gobernar.
Porque el juicio del tiempo se construye con decisiones y, las que has tomado hasta ahora, no apuntan a la transformación de México, sino a su demolición.
La historia, Claudia, no suele ser generosa con quienes traicionaron los ideales que juraron defender.
Atentamente, fdebuen@hotmail.com
X y Substack: @ferdebuen

