Andre Agassi, en su biografía titulada Open, escribió: “El tenis es un deporte en el que hablas contigo mismo... Los bateadores, los golfistas o los porteros de futbol se murmuran cosas dentro de ellos mismos, pero los tenistas llegan a preguntar y a responderse”.
Y es que la individualidad del tenis obliga a resolver los problemas propios que surgen dentro de un partido y, peor aún, dentro de la cabeza del tenista. Quienes practican deportes en equipo tienen la posibilidad de compartir los conflictos con sus compañeros y resolverlos, aunque —al final— cada uno es responsable de su propia intervención en el juego.
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Hace mucho, mucho tiempo, que el tenis mexicano vivió sus mejores momentos: Final de Copa Davis 1962, triunfos consecutivos en el mismo torneo sobre Estados Unidos en 1975, Rafael Pelón Osuna en el tope del ranking mundial, Raúl Ramírez dentro de los 10 mejores y número 1 en dobles... Triunfos dramáticos de Leo Lavalle contra Alemania y estar entre los 50 mejores del mundo en singles y dobles... Ranking 35 de Francisco Maciel en 1986.
Desde entonces, muy poco se puede rescatar de la participación mexicana en el concierto internacional del tenis. Digamos que la organización de torneos Masters (1000, 500 y 250) en nuestro país ha estado muy por encima de la participación de tenistas mexicanos.
Soy un convencido de que un deporte individual es complementario de uno de conjunto y viceversa. Soy un convencido, también, de que detrás de la soledad y los problemas que deben solucionarse por uno mismo dentro de una cancha de tenis, existe un invaluable e infaltable apoyo familiar.
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Como pocos deportes, la diferencia entre el MUY BUEN número 200 y el GRAN número 100 del mundo, es de pocos centímetros; pero la diferencia entre ese GRAN número 100 y el EXTRAORDINARIO número 1 es de unos cuantos milímetros. La exigencia para reducir ese margen sólo pueden superarla unos cuantos y, a lo largo de la historia del tenis, algunos han sido mexicanos, aunque muy pocos.
Gracias a la iniciativa de Armando Baraldi, esta semana se llevó a cabo la ceremonia para dar ingreso a 18 nuevos integrantes del Salón de la Fama del Tenis Mexicano, en su tercera generación. Todos, con una vida dedicada a reducir metros, centímetros y milímetros en cada pelota golpeada dentro de la cancha. Todos, con el interés de ser o hacer mejores tenistas y todos, capaces de trasladar su disciplina y competitividad a la vida diaria, más allá de un partido. La emotividad y la nostalgia estuvieron presentes en cada mensaje de los ingresados.
En el mismo libro autobiográfico, Agassi dice: “La línea de meta al final de una carrera no es distinta a la línea de meta al final de un partido. El objetivo es llegar a esa línea y, cuando la ves a lo lejos, sientes que te jala, pero cuando te acercas más, experimentas otra fuerza igualmente poderosa que te aleja...”.
Nuestro tenis rebota entre estas dos fuerzas opuestas desde hace décadas. Felicidades a los presentes que han llegado a la línea de meta, esperemos que siguientes generaciones logren reducir los centímetros en milímetros, imponer la fuerza que acerca a esa línea final y que a cada una de esas preguntas en solitario que aparecen durante la competencia, exista también una respuesta acertada.
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