“En vez de morir picados por las víboras (de la región pedregosa de Tizapán), los aztecas les dieron muerte y las convirtieron en su alimento. Así comenzaba a manifestarse el carácter del pueblo azteca, que un siglo y medio más tarde iba a cambiar radicalmente los destinos del México central” (Miguel León Portilla, 1961, Los antiguos mexicanos, FCE, Colección popular # 88, México, p. 41).
La conquista de México-Tenochtitlan, en la versión de los colonialistas españoles, fue un acontecimiento del que los conquistados apenas tomaron nota. Esta afirmación, cargada de arrogancia e ignorancia, se convirtió en un fuerte incentivo para que, en 1959, Miguel León Portilla publicara La visión de los vencidos, un texto que revolucionó la historia y que, al lado de numerosas indagaciones -también publicadas-, hizo posible un acercamiento a la cultura, la poesía y la filosofía inspirada en Quetzalcóatl (la flor y el canto).
La conciencia de la desgracia que significó la conquista se hace apreciable en los numerosos testimonios investigados y traducidos de la dulce lengua náhuatl, por el propio León Portilla: “Llorad, amigos míos, tened entendido que con estos hechos hemos perdido la nación mexícatl. ¡El agua se ha acedado, se acedó la comida! Esto es lo que ha hecho el Dador de la Vida en Tlatelolco” (Miguel León Portilla, 1992, La visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista, UNAM, México, p. XIX).
El islote en que los aztecas edificaron México-Tenochtitlan se encontraba en los límites de Azcapotzalco, cuyos tepanecas exigieron numerosos y extraños tributos para impedir el engrandecimiento de los mexicas; al morir el señor de Azcapotzalco, Tezozómoc en 1426, su heredero Maxtlazin ordenó matar al rey azteca, Chimalpopoca; en medio de la crisis eligieron a Itzcóatl, cuya pusilanimidad le animaba a ir a rendirse ante Maxtlazin. En esos momentos aparece la trascendente figura de un <<hombre extraordinario>>, Tlacaélel, portador de una visión novedosa del mundo y de la grandeza de su pueblo, con apenas 29 años.
Exhortó a los indecisos a enfrentar a los tepanecas, en alianza con los texcocanos, con un victorioso resultado: “Vencieron a los Tepanecas de Azcapotzalco, a los de Coyoacán y Xochimilco y a la gente de Cuitláhuac. Fue Tlacaélel quien levantándose combatió primero, e hizo conquistas. Y así sólo vino a aparecer, porque nunca quiso ser gobernante supremo en la ciudad de México-Tenochtitlan, pero de hecho a ella vino a mandar, vivió en la abundancia y la felicidad” (Chimalpain, historiador indígena, citado en Miguel León Portilla, 1961, Los antiguos mexicanos, FCE, Colección popular # 88, México, p. 46).
Entre 1427 y 1521 brilló con fuerza el Imperio Azteca, gracias a la visión místico-militar de Tlacaélel, estableciendo <<los cien años del pueblo del sol>>. Un aliado fundamental en la lucha contra los tepanecas, Nezahualcóyotl, optó por la flor y el canto, heredados de Quetzalcoatl y radicalmente apartados de Huitzilopochtli y de los sacrificios humanos.
Durante su vida, Miguel León Portilla luchó por la defensa de las lenguas originarias y heredó de Manuel Gamio la rivalidad con las pretensiones vasconcelistas de castellanizar a indios y mestizos sin la menor consideración para esas lenguas. Unos fragmentos de un poema suyo al respecto, esclarecen bellamente su posición:
“Cuando muere una lengua las cosas divinas, estrellas, sol y luna; las cosas humanas, pensar y sentir, no se reflejan ya en ese espejo. Cuando muere una lengua todo lo que hay en el mundo, mares y ríos, animales y plantas, ni se piensan, ni pronuncian con atisbos y sonidos que no existen ya. Cuando muere una lengua entonces se cierra a todos los pueblos del mundo una ventana, una puerta, un asomarse de modo distinto a cuanto es ser y vida en la tierra” (Miguel León Portilla, 2004, Cuando muere una lengua.
El pasado 22 de febrero, este pequeño gigante de la intelectualidad mexicana habría cumplido 100 años. Murió a los 93 y, como termina su poema, la humanidad se empobreció. Desde este espacio, me permito invitar al homenaje que se le rendirá en la Velaria de la UAM Xochimilco, el próximo jueves 5, a las 12:00 horas. No falten.

