“Cuando para un grupo de comunistas no hay ley escrita, cuando un comunista puede… <<arreglar las cosas>>, cuando nadie puede arrestarlo o procesarlo si comete un crimen, cuando aún puede escapar a la legalidad revolucionaria a través de varios canales, nos hallamos ante una de las bases más grandes de posibilidad de nuestra degeneración” (Nicolai Bujarin, 1925, VII Congreso de las Juventudes Comunistas Leninistas de la Unión Soviética; Pravda, 4 de febrero, p. 5).

La inquietante evocación de la proizvol, la burocracia zarista que oprimía a la Rusia campesina, sirvió a Bujarin como recuerdo y, más grave aún, como presentimiento del <<burocratismo malo>> que acabaría conformando la élite opresora soviética, no como la “solución” de Preobrazhenski de crear más industria para absorber a la población campesina que migraba a la ciudad, sino como una auténtica tiranía sobre todo el pueblo soviético. En ese elitismo se apoya el señalamiento del fracaso socialista, antier en la URSS, ayer en Cuba, en Vietnam, en Norcorea y quizá, aunque muy poco probable, algún día, en China que, con su muy pragmático socialismo con características chinas, se encamina a la cúspide de la hegemonía planetaria.

Emular lo peor del legado soviético, el estalinismo, ha impedido contemplar las alternativas al monopolio de un sedicente marxismo, del todo autoritario y burocrático, tanto en la economía -la <<estructura>>, en la supuesta comprensión del modo de producción- representada por Preobrazhenski, cuanto en la literatura, como fue el caso de la Asociación Panrusa de Escritores Proletarios (VAPP, por sus siglas en ruso): “Bujarin no era partidario en absoluto de <<recurrir al cañón>> o de suprimir a las tendencias rivales[…] en todas partes debía hacer posible la competencia. Igual que con los campesinos reacios, los bolcheviques debían procurarse la amistad de los escritores no proletarios y no <<aporrearlos hasta dejarlos sin sentido o sujetarlos a un torno>>” (Stephen F. Cohen, 2017, Bujarin y la revolución bolchevique. Biografía política 1888-1938, Siglo XXI España, p. 289).

Una prueba de su posición es el haber prologado -siendo director de Pravda- el libro de Ilya Ehrenburg, 1922, Julio Jurenito: “… una sátira filosófica y mordaz de la civilización europea. Su protagonista es un mexicano nacido de las charlas con el fabuloso pintor Rivera. Jurenito recorre la Europa de 1910 a 1920 en compañía de una troupe de discípulos en los que están representados diferentes estereotipos, desde el capitalista Mr. Cool hasta un africano idólatra, pasando por un vagabundo italiano y el mismo judío ruso Ehrenburg” (op. cit., 4ª de forros).

Escribe Bujarin en el prólogo: “No es difícil comprender que el autor no es comunista, ni tiene gran fe en el orden futuro de las cosas, ni lo desea con pasión especial. Todo esto sería muy cierto y honrado; pero, con todo, este libro no deja de ser una muy sugestiva sátira”. En occidente, un contemporáneo de Bujarin, John Maynard Keynes, mostraba la misma emoción por la persuasión.

En 1938, la triunfante burocracia soviética acalla, en definitiva, la afición persuasiva de Bujarin, en la Rusia estalinista; durante los años setenta del siglo XX, el principal biógrafo de Keynes afirma, debatiendo con Hayek: “El keynesianismo como política no condujo a la servidumbre, pero sí condujo a la inflación” (Robert Skidelsky, 2018, Money and Goverment. The Past and Future of Economics, Penguin Books Ltd., London, p. 176). Y a la ruina temporal de la propia política. La Gran Recesión la ha traído de regreso, y sin la estorbosa (y nada keynesiana) adherencia del modelo IS-LM, ofrece -de nueva cuenta- una muy plausible alternativa a la sabiduría económica convencional. Bujarin, en la necesaria lucha por un socialismo liberal, puede retornar al debate de nuestros días. Parte de la clave es que, al calor del nuevo orden fundado en la muy intolerante razón de la fuerza, no desaparezca el apego por la persuasión, como la mejor fórmula para la llegada de la fuerza de la razón. Oj Alá.

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