Un grupo con demasiadas discrepancias entre sus miembros no puede funcionar como una verdadera comunidad; el exceso de desigualdad socava la democracia al permitir que los ricos ejerzan una influencia política desproporcionada” (Ha-Joon Chang, 2015, Economía para el 99 % de la población, Debate, Argentina, p. 291 N. al P.).

La búsqueda de la igualdad o, más específicamente, de la reducción de la desigualdad sin duda pasa por el combate a la pobreza, pero no son lo mismo. El piso y medio de recorrido de la 4T ha puesto una fuerza considerable, aunque aún insuficiente, en el segundo, pero se conmueve poco (si algo) frente a la enorme, y creciente, desigualdad en ingresos y riqueza que se experimenta en México.

La información ofrecida por OXFAM México en febrero del presente año resulta conmovedora: Los señores Carlos Slim y Germán Larrea, juntos, tienen más dinero que el resto de los habitantes del país; la intermediación financiera tiene uno de los costos más altos del planeta; los milmillonarios han aumentado sin más mérito que el de tener a los progenitores que tienen, y la negativa a poner en ejercicio una profunda y progresiva reforma recaudatoria, despojada de cualquier argumento oficial, parece muy cercana a la fuerza política que ejercen los ricos por todo el mundo.

A diario se especula, especialmente en materia política, ¿a quién escucha la Presidenta? volteando -en busca de la respuesta- a aquello que Octavio Paz definió, en El Laberinto de la soledad, como un lugar vasto, lejano e inhóspito.

(La Chingada). Sin embargo, cabe hacer una pregunta más inquietante: ¿a quién escucha la Presidenta en materia económica?, ¿al pueblo?, ¿qué es eso? El hecho constatable es que sí se reúne, y mucho, con algunos de nuestros hiper ricos y el otro hecho, éste probable, es que comparta la narrativa neoclásica que recomienda no gravar a los ricos porque ellos son quienes generan empleo. No hay evidencia disponible sobre tal aserto.

Somos, cada vez más, las personas que, frente al mundo de necesidades sociales que padecemos, la que deriva de carecer de un sistema universal de salud, otro de cuidados, una educación de calidad, una verdadera seguridad pública y otra social, proponemos, exigimos una reforma fiscal radicalmente progresiva en la recaudación y eficaz en la distribución.

Es llegada la hora, justo cuando los astros parecen no alinearse, como sus aliados, a su favor, de recibir una argumentación seria sobre la negativa a voltear a posar la mirada sobre nuestra penuria fiscal. Si el slogan sobre la prioridad de los pobres sigue en pie, vale recordar que no se puede servir a dos amos, menos cuando los separa tanta distancia económica. ¡Abajo la desigualdad!

Académico de la UAM-X

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