“Los principales inconvenientes de la sociedad económica en que vivimos son su incapacidad para procurar la ocupación plena y su arbitraria y desigual distribución de la riqueza y los ingresos” (John Maynard Keynes, 1958, Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, FCE, México, p. 357).
Si existe una pregunta relevante, a lo largo del muy longevo pensamiento económico, es -sin duda- la relativa a aquello que produce la riqueza de las naciones. El asunto, a mi entender y grosso modo, comienza con la proeza fisiocrática, la de <<los economistas>>, y toma forma con el enorme obsequio de François Quesnay, conocido como la Tableau Économique, de cuya operación emerge el trascendental excedente económico; la inversión productiva y la división del trabajo son el par de extremidades con el que Adam Smith echó a andar su respuesta; la abstinencia o la posposición del consumo de los ricos, convertida en acumulación, en la que la remuneración de subsistencia al trabajo es inferior al valor del trabajo mismo, es el corazón del complemento ricardiano, profundizado como explotación por Carlos Marx.
La atención preferente a su Ensayo sobre población (1798) sobre sus Principios de economía política (1820), condujo a Thomas Robert Malthus al ostracismo (entre los economistas, porque Darwin le estudia con especial interés) y, en juicios más extremos, como los de Marx, a la total descalificación, por no hablar del efecto que la lectura de aquella amenaza demográfica tuvo en Thomas Carlyle, quien por ese texto consideró a la economía como <<la ciencia lúgubre>>.
Keynes hubo de percibir en la vigorosa intuición malthusiana, la de la demanda efectiva, una caudalosa fuente de inspiración, sobrestimada según Joseph Schumpeter (1953) en su Historia del análisis económico, y comenzó la reivindicación del clérigo anglicano británico y primer economista de Cambridge: “… partiendo de su condición de oruga de los estudios de la moral y de crisálida de historiador, pudo finalmente extender las alas de su pensamiento y estudiar el mundo como un economista”(John Maynard Keynes, 1933, Discurso en el centenario de la muerte de Thomas R. Malthus, en Ensayos biográficos, Londres, p. 117).
Esa enorme intuición, hoy conocida como demanda agregada, es la madre de las tres variables independiente del <<método keynesiano>>: propensión marginal a consumir; eficacia marginal del capital y tasa de interés, que habrán de determinar a un par de variables dependientes: nivel de ingreso y volumen de ocupación. Dinero y trabajo son los elementos centrales de la elaboración de ese gran economista.
Aquí, lo relevante es que, atrás de las decisiones de consumo, más allá del umbral de subsistencia, de las de inversión y de las de preferencia por la liquidez, adoptadas en un ambiente de densa incertidumbre, priman importantísimos condicionamientos subjetivos, <<psicológicos>> les llamaría Keynes, con los que se construye una respuesta asimétrica, por débil, definida como un cuerpo de previsiones, tomadas por las familias (consumo), por las empresas (inversión guiada por los notables Animal Spirits) y por el Estado (regulación monetaria, recaudación y gasto público que incentiva al consumo y a la inversión). La relevancia de la aportación se hace visible en la composición del actual PIB = C + I + GP + X – M; consumo, más inversión, más gasto público, más exportaciones, menos importaciones.
Además de destacar la profundidad y omnipresencia de la incertidumbre en Keynes, a los efectos de su aparato teórico y a los efectos, también, de sus políticas ajustadas al carácter cíclico del sistema económico, es este un espacio adecuado para rescatar al Keynes enemistado con la desigualdad: Solo una distribución democrática de ingresos y riqueza fortalecerá a la propensión marginal a consumir, con lo que se multiplican los incentivos para la inversión, apaciguando a las tentaciones especulativas con una política monetaria expansiva que habrá de producir la eutanasia de rentista.
El tema del combate a la desigualdad ocupa un sitio relevante en el capítulo 24 de la Teoría general y es fundamental en Liberalismo y laborismo, 1926, en los Ensayos de Persuasión. Es el caso que, en un texto reciente (2024), Branko Milanovic estudia las Miradas sobre la desigualdad. De la Revolución francesa al final de la Guerra fría, en que son sujetos de estudio Quesnay, Smith, Ricardo, Marx, ¡Pareto!, Kuznets, mientras Keynes es excluido con un argumento débil, en el mejor de los casos o, en el peor, hijo de la ignorancia: “Keynes no estableció de forma explícita relación alguna entre los cambios en la distribución de la renta y los cambios en la propensión agregada al consumo” (Milanovic, op. cit., p. 293). Esta es una afirmación totalmente falsa; hay que leer a Keynes:
“… las medidas tendientes a redistribuir los ingresos de una forma que tenga probabilidades de elevar la propensión a consumir pueden ser positivamente favorables al crecimiento del capital” (John Maynard Keynes, 1958, Teoría general… op. cit., p. 358) Así, o más claro.

