“El imperio estadounidense se autodestruye, pero nadie pensó que ocurriría tan rápido” (Michael Hudson, 8/3/2026, Counterpunch.com, p. 1).

Pese a cargar con una historia tan belicosa, los Estados Unidos de América (EUA) han adquirido una comprensible aversión a las guerras prolongadas, por la sencilla razón consistente en que no las ganan o, como pasó en Vietnam, las pierden. El errado cálculo con el que se decidió acompañar al régimen teocrático israelí a intentar cambiar el régimen teocrático iraní ha obligado al subnormal de la Casa Blanca a alcanzar proporciones industriales en su aceitada maquinaria de producir mentiras, contradictorias, por añadidura, que van de una imaginada inflación descendente a la celebración del crecimiento alucinante de los precios internacionales de los hidrocarburos (<<vamos a ganar mucho dinero>>).

Desde la destrucción israelita de la Franja de Gaza, Trump olfateó oportunidades de negocio, ya para mandar a los palestinos fuera de su territorio, ya para una reconstrucción en verdad costosa. Los recortes de impuestos a los ricos, compensados con recortes en los gastos de atención alimentaria y sanitaria para los pobres, ahora se enfrentan al nuevo desequilibrio del enorme costo cotidiano de la guerra. Las opciones no son ni muchas ni prometedoras:

Asumir que no se pudo cambiar el régimen de los Ayatolas en Irán y dar por concluidas las hostilidades, en el ánimo de rebajar -tan pronto como sea posible- el precio del petróleo, o mantener un carísimo frente de guerra con

resultados inciertos, por cuanto la tarea del gobierno iraní solo consiste en resistir y en hacer muy riesgoso el tránsito por el Estrecho de Ormuz para quien sea considerado enemigo.

En opinión de los expertos, la disminución de la capacidad de fuego de Irán sobre el estrecho requiere realizar operaciones de peinado que implican el uso de militares estadounidenses en el terreno, con los riesgos existenciales que tal desembarco comporta. La cierta eventualidad de bajas, del lado estadounidense, colocaría en el espacio de la desgracia la muy dañada popularidad del gobernante gringo y comenzaría a incentivar movilizaciones pacifistas en su propio país, cuando él pensaba alborotar el gallinero musulmán.

El otro riesgo, que ya asomó la cabeza, es el de atentados terroristas en territorio de los EUA, en donde no son pocos los creyentes en El Profeta; en pocas palabras, Trump se metió en un lío del que no puede salir indemne, con grandes costos económicos, eventualmente mayores costos políticos y con el riesgo de perder supuestos aliados, de los que sí cuentan; no marionetas convocadas para construir un supuesto escudo contra el crimen organizado.

Hay una extraña dialéctica de intentar escapar del amenazante fantasma de Epstein, creando distractores más inquietantes y peligrosos. Tratándose de la bestia de la que se trata, siempre es posible que se busque mayores problemas. Si aspiraba a incrementar su limitada cultura geopolítica, ya aprendió que Irán no es Venezuela; merecido se lo tiene.

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