“Desde aquellos tiempos [siglo XVI] hasta hoy, el poder de la acumulación por el interés compuesto, que parece haber estado durmiendo durante muchas generaciones, renació con fuerza renovada. Y el poder del interés compuesto durante doscientos años es tan enorme que supera todo lo imaginable” (John Maynard Keynes, 1930, Las posibilidades económicas de nuestros nietos, en Ensayos de Persuasión, 2009, Editorial SÍNTESIS, S. A., España, p. 329).

La lectora y el lector, que me honran con su atención a esta columna, deben encontrarse sorprendidos porque en esta entrega no abordo el tema de la agresión trumpiana a Venezuela. Debo decir que, sin ser simpatizante de Nicolás Maduro, condeno, rechazo, impugno y me rebelo contra esa criminal acción imperialista; aunque me hago cargo que, por lo pronto, mi malestar no tiene ningún efecto perceptible sobre el curso de estos acontecimientos, además que me resisto a dedicar parte de este trabajo a las acciones del subnormal que deben abordarse por algún loquero o alguna loquera. Vale.

En el mes de octubre de 2018, David Graeber publicó su brillante y polémico libro, Trabajos de mierda, obra sólidamente documentada sobre el amplio espectro de empleos socialmente inútiles que, con independencia de su remuneración, han crecido exponencialmente como expresión del sin sentido capitalista que, al amparo del avance técnico, debieran reducir -al ritmo del propio crecimiento tecnológico- el tiempo de trabajo humano, en favor de la automatización creciente. La variable explicativa de lo que Keynes llamó, en ese mismo texto, Paro Tecnológico: la tecnología avanza mucho más rápidamente que la capacidad del sistema económico para absorber a la fuerza de trabajo que, así, resulta desempleada.

La cita de Graeber dice: “En el año de 1930, John Maynard Keynes predijo que a finales del siglo XX la tecnología habría avanzado lo suficiente como para que países como el Reino Unido o Estados Unidos pudiesen tener jornadas laborales de 15 horas a la semana. Hay muchas razones para creer que tenía razón” (Trabajos de mierda. Una teoría, Ariel, Barcelona, p. 13). Hay una imprecisión y una ausencia: La primera es sobre el año para el que Keynes elabora su predicción: “¿Qué nivel de nuestra vida económica podemos esperar razonablemente para dentro de cien años? ¿Cuáles son las posibilidades económicas de nuestros nietos? […] Turnos de tres horas o semanas de quince horas pueden eliminar el problema durante mucho tiempo. Porque tres horas al día es suficiente para satisfacer al viejo Adán que hay dentro de nosotros” (John Maynard Keynes, op. cit., pp. 328 y 333; la referencia es al Adán expulsado del Edén, condenado a vivir del sudor de su frente). Presentado en Madrid, en 1930, se refiere a 2030 y no a <<finales del siglo XX>>. La ausencia en el libro de Graeber es la que se echa en falta en la bibliografía, que no incluye ningún trabajo de Keynes.

El tema, además de ser de enorme actualidad, hace pocos años zanjó un <<debate>> entre Paul Krugman y el muy sobrestimado historiador británico Niall Ferguson, acerca de Keynes. En una muestra de llamativa ignorancia, Ferguson sostuvo que el origen de la más citada frase de Keynes, En el largo plazo estamos todos muertos, era expresión de su homosexualidad reñida con cualquier proyecto de familia. The New Yorker Books Review, publicando Las posibilidades económicas de nuestros nietos, puso en su sitio a este ignorante y belicoso “intelectual”.

El propio Keynes, ante la inminencia de la Segunda Guerra Mundial, explica el sentido de sus cortos plazos: “Nuestro deber es prolongar la paz hora a hora, día a día, tanto como podamos. He dicho, en otro contexto, que la desventaja del largo plazo es que a largo plazo todos hemos muerto. Pero también podría haber dicho que la gran ventaja del corto plazo es que a corto plazo estamos aún vivos. La vida y la historia están hechas de plazos cortos. Si tenemos paz a corto plazo, ya es algo. Lo mejor que podemos hacer es retrasar el desastre aunque sólo sea con la esperanza, no necesariamente remota, que acabe sucediendo algo” (The New Stateman and Nation, julio de 1937).

El candente tema del interés compuesto, inspiración y motor de la pavorosa financiarización del presente, fue previsto por Keynes, también, en el capítulo 12 de la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero y recientemente, 2018, ha sido retomado con brillantez por Michael Hudson en su Matar al huésped (la traducción correcta es Matar al anfitrión). Cómo la deuda y los parásitos financieros destruyen la economía global, Capitán Swing, Madrid, 653 pp.

En la historia novelada de la tortura y muerte de Nicolai Bujarin, El cero y el infinito (Penguin Random House, Grupo Editorial, Colombia), Arthur Koestler explica las preocupaciones de N. S. Rubachof, quien representa sintéticamente a varias de las víctimas del llamado Proceso de Moscú (destacadamente a Bujarin), sobre las posibilidades de la democracia soviética, utopía que no se convertirá en realidad mientras la clase trabajadora no domine con superioridad al avance tecnológico, mientras no <<madure>>; el permanente rezago proletario, una brecha anchísima en un país de campesinos que experimenta una exitosa revolución obrera, arroja el inquietante resultado de la dictadura que así se justifica: No del proletariado sino sobre él.

El tema del aparente, y solo aparente, desacoplamiento del avance tecnológico respecto de la madurez de las masas (en realidad, solo se desacopla lo que en algún momento estuvo acoplado, y no es el caso), es un asunto de enorme actualidad por la inescapable y no tan emergente Inteligencia Artificial que se muestra capaz de sustituir capacidades humanas cognitivas y de decisión y no solo físicas, como en el pasado lo hacía el avance tecnológico; para un experto en la desigualdad de los ingresos, como Branko Milanovic, el gasto en inteligencia artificial engrosa la cuenta de capital a costa del adelgazamiento de la de trabajo, con lo que la nonata madurez de las masas tiene, además de las políticas, consecuencias socioeconómicas. Un asunto sobre el que, también, se dispone de muy relevantes aportaciones keynesianas.

Hay tanto que narrar sobre la actualidad de Keynes en los ochenta años de su muerte y los noventa de su obra magna que no se puede desaprovechar la oportunidad obsequiada por este 2026, especialmente a la vista de la economía basura que dominantemente se enseña en facultades que, más que de economía, parecen de <<negocios>> (Tony Judt dixit). Salud.

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