Debemos elegir. Puede haber democracia o puede haber riqueza concentrada en las manos de unos cuantos, pero no puede haber ambas” (Louis Brandeis, Juez asociado de la Corte Suprema de los Estados Unidos, citado en Jane Mayer, 2018, Dinero oscuro. La historia oculta de los Multimillonarios escondidos detrás del auge de la extrema derecha norteamericana, Debate, Barcelona).

Tras una amenaza existencial a la histórica <<Civilización>> persa, formulada por el subnormal, que llevó a muchas y muchos a evocar la inquietante disponibilidad de armas nucleares, la guerra en el Medio Oriente ha sido puesta en modo de pausa por las dos siguientes semanas, contadas a partir del 7 de abril. La palabra civilización en labios de Trump parece, y es, una extravagancia; con anterioridad, el término ha resultado incómodo para ciertos apologistas de la supremacía estadounidense.

Durante la segunda mitad de los años noventa del siglo XX, década de innúmeras reformas neoliberales, algunos jóvenes de Occidente -que creían estar aprendiendo relaciones internacionales- fueron víctimas de la perniciosa influencia del afortunadamente ido Samuel Huntington, mediante su Choque de civilizaciones que, como toda su obra, coloca a la cultura estadounidense como superior al resto.

Es de sentido común el que algunas sociedades se desempeñen mejor que otras en términos económicos, educativos y culturales. Sin embargo, nada sugiere que las culturas <<occidentales>> estén siempre a la cabeza de la liga. Los neoconservadores estadounidenses que denostan la creencia actual de que todas las culturas son iguales lo hacen a partir de la inocente creencia de que su cultura es la mejor […] Dividen al mundo en dos: <<Occidente y el resto>>. <<Occidente>> es uno; <<el resto>> son muchos” (John Gray, 2000, Falso amanecer. Los engaños del capitalismo global, Paidós, Buenos Aires; p. 161).

Tariq Alí, en su Choque de fundamentalismos (2005), también le da un fuerte repaso al buen (¿?) don Samuel, justo por la misma tara que señaló Gray. La enorme movilidad y crecimiento de la cuenta de capital, a la que también deben cargarse los gastos en innovación tecnológica y -con mayor énfasis- en inteligencia artificial, mientras la del trabajo se mantiene arraigada y desfalcada por la primera, arroja un saldo de desigualdad sin precedente, de ignorancia, descalificación, desesperación y derrota de enormes contingentes de trabajadores blancos, manufactureros, desempleados y sin educación, que resultaron asombrosamente vulnerables a la demagogia del señor Trump, para ver traicionadas sus ingenuas esperanzas.

Enriquecer a su familia y a la mafia multimillonaria que le acompaña es el principal propósito de este rehén del cártel sionista, criminal de guerra y cómplice en jefe del genocida de Tel Aviv; ¿cuál superioridad cultural tiene ese <<occidente>> frente al resto del mundo?, ¿cuál autoridad moral se le puede reconocer a este miserable adicto a la mentira?

La puesta en pausa de una guerra inútil, con alucinantes costos económicos, despojada de propósitos y -si los tenía- claramente derrotada, y productora eficientísima de muerte y destrucción, no es más que el pretexto trumpiano para abandonar una aventura sin perspectiva de triunfo e hija legítima de su estupidez. Ni para su desmayada inteligencia, ni para la de sus valedores, suena verosímil su imaginada victoria. Pobre país, colocado en una de las peores manos de toda su historia. Quién les manda.

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