Una ley general del mínimo esfuerzo rige en la actividad tanto cognitiva como física. La ley establece que si hay varias formas de lograr el mismo objetivo, el individuo gravitará finalmente hacia la pauta de acción menos exigente […]La pereza está profundamente arraigada en nuestra naturaleza” (Daniel Kahneman, 2014, Pensar rápido, pensar despacio, Penguin Random House, México: p. 54).

En el año 2002, Daniel Kahneman fue el primer no economista en recibir el Premio Nobel de esta disciplina por sus notables aportaciones al proceso de toma de decisiones, con el componente central de lo que son, o debieran ser, las tareas del cerebro humano parcelado en dos sistemas: el 1 que es rápido, intuitivo y emocional (el de la cotidiana vida superficial), y el 2 que es más lento, deliberativo y lógico. El pasado 27 de marzo, este laureado autor falleció en un año en el que la necesidad de sus saberes se hace más evidente.

Al lado de un notable colega de la Universidad de Jerusalén, Amos Tversky (fallecido el de 2 junio de 1996), Kahneman realizó incontables experimentos sobre la asimetría que significa la dominancia del sistema intuitivo en nuestra existencia. En la medida en la que dejamos de emplear el sistema 2, por el empleo excesivo de un teléfono celular, por ejemplo, ponemos en marcha un mecanismo que atrofia nuestra capacidad reflexiva, analítica y lógica, con numerosos efectos colaterales.

Exaspera, un poco al menos, saber que interactuamos con miembros de nuestra especie que pueden vivir y morir, sin haber hecho uso del sistema 2 de su flamante cerebro. Los hay, y en proporciones significativas. En la coyuntura en curso, pueden estar frente (o dentro) de una boleta electoral.

Ya en la cercanía de su final, Tony Judt (2010) le advirtió a estudiantes estadounidenses, en Algo va mal, cómo el uso de signos aritméticos en el sitio que debieran ocupar preposiciones (más, menos, por, entre), no sólo empobrecía hasta la miseria un vocabulario estudiantil de suyo pobre; también tenía efectos cerebrales de inhibición del sistema 2. En ese texto (en realidad, una serie de conferencias póstumas), también lamentaba el florecimiento de escuelas de negocios que complementa al cotidiano marchitar de escuelas de economía, sin saber que -como hoy sucede- se oferta el contenido de las primeras en instituciones que llevan el nombre de las segundas.

El libro más reciente de Kahneman (2021, Ruido. Una falla en el juicio humano, Penguin Random House, México), elaborado en coautoría con Oliver Sibony y Cass R. Sustein, aborda el inquietante tema del efecto que pueden tener acontecimientos ajenos por completo a las prácticas profesionales sobre resultados de las mismas. Diagnósticos médicos o sentencias de jueces que se alteran por una experiencia, amarga o feliz, vivida previamente.

Se muestra ahí, por ejemplo, que un juez puede ser más indulgente en su sentencia, dictada un lunes, si su equipo favorito de algún deporte resultó vencedor el domingo anterior; la prescripción de un medicamente con muy probables efectos colaterales, opioides por ejemplo, es más probable que la proporcione un médico desvelado o mal alimentado (debe haber muchos, por la información disponible sobre los Estados Unidos). Como el subtítulo indica, las fallas en el juicio humano pueden originarse en muy diversas causas.

En este 2024, cuando alrededor de cuatro mil millones de habitantes del sufrido planeta podrán sufragar por algo más de la mitad del mundo, hay que hacer votos porque, al votar, pongan en marcha el sistema 2 cerebral y lo hagan adecuadamente satisfechos con lo vivido, dormido y bebido durante los días inmediatamente anteriores. Oj Alá.

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