La reforma electoral que, en buena hora, no tuvo la votación necesaria para que prosperara una modificación constitucional, merece sin regateos el reconocimiento ciudadano a los diputados que no la aprobaron. En estas líneas pretendo expresar —ojalá lo logre— que la propuesta de la presidenta Sheinbaum presentada al Legislativo, es un atentado a nuestra historia democrática y a los deseos de que vivamos en un país en el que no solo exista un partido político, que independientemente de su nombre y su color, sea un partido de Estado.
Decía la doctora Sheinbaum que quienes votaron en contra lo hicieron para conservar privilegios. Sí, tiene razón, los privilegios de vivir en un país más democrático, con organismos imparciales que respeten y cuiden los votos, y otras conquistas electorales en el ámbito político logradas en muchos años.
Me cuesta trabajo entender el pensamiento de nuestra Presidenta, caracterizado cuando era joven universitaria por su lucha en busca de una participación plural de todas las ideas y concepciones útiles para gobernar a nuestra Universidad Nacional.
Sabemos bien que llegó a la honrosa responsabilidad que desempeña con una mayoría relativa de los ciudadanos que en las elecciones la apoyaron, lo que de manera alguna puede interpretarse con un apoyo popular abrumador. Consecuentemente entonces, como una verdadera estadista ha de buscar con sus acciones de gobierno conquistar más voluntades, pero no a través de una reforma legal que a los ciudadanos nos orille a la triste y realmente dramática realidad de que solo un partido nos gobierne.
El pueblo, Señora Presidenta, a través de sus representantes populares, estuvo en contra de su reforma electoral, que más creo inspirada en el torvo pensamiento de López Obrador, que en el suyo.
Por México, por nuestro gran país, pero también por su paso al futuro en donde, que como dijera Juárez, la historia la juzgará, no vaya a presentar su inconstitucional Plan B. Inconstitucional, porque se referirá a temas que pretenderá, espero que sin éxito, modificar las reglas y principios que ahora norman los procesos electorales, como la integración de las Cámaras, los recursos de los organismos electorales y los apoyos económicos a los partidos.
Que su gobierno no pase a la memoria nacional como la administración que continuó con la destrucción emprendida en el régimen anterior. Que el segundo piso que se ha dicho se pretende edificar de la cuarta destrucción, como con justicia le llamo, sea para demoler lo que nos ha traído muchas muertes físicas por los funestos abrazos y no balazos, por una epidemia criminalmente combatida por quien ahora en una ironía sangrienta está en la Organización Mundial de la Salud, y por tantas otras realizaciones en contra de México como los libros de texto, un aeropuerto lejano que más sirve para recibir cubanos que vienen a quitarle trabajo a los médicos mexicanos y a adoctrinar, que a prestar un servicio útil a la sociedad mexicana.
Señora Presidenta, piense en su Universidad, en la que usted y yo estudiamos, y en su inmortal frase, para que por nuestra raza, hable el espíritu democrático que merecemos. No presente su Plan B.

