Las mujeres hemos roto techos de cristal, alcanzando presidencias en decenas de naciones. Hemos demostrado que la capacidad de liderar no entiende de géneros. Sin embargo, ocupar el cargo no ha bastado para desterrar una cultura patriarcal que insiste en minimizar a las mujeres en el poder. El problema no es llegar; es que una vez ahí, el menosprecio se convierte en una sombra constante.

Presidentas y jefas de Estado han enfrentado sexismo y cuestionamientos a su capacidad por el hecho de ser mujeres, enfocándose en su apariencia, vida privada y “mocionalidad” en lugar de su quehacer como jefas del ejecutivo; ocupar el cargo no ha bastado para desterrar una cultura patriarcal que insiste en minimizar a las mujeres en el poder.

La expresidenta chilena Michelle Bachelet lo experimentó. Al inicio de su primer mandato, denunció lo que definió como “feminicidio político”: los viejos machos del poder no querían dejarla pasar. Cuando el presidente Ricardo Lagos la desafió a terminar con las filas en los consultorios médicos en 60 días, en ese desafío había algo de desprecio. Paradójicamente, eso la acercó al pueblo.

La primera ministra neozelandesa Jacinda Ardern enfrentó el escrutinio desde antes de asumir su cargo. Durante la campaña de 2017, fue cuestionada sobre la posibilidad de un embarazo. Su respuesta fue contundente: “Es totalmente inaceptable que en 2017 se diga a las mujeres que tienen que responder a esa pregunta en el lugar de trabajo”, además, enfrentó el cuestionamiento sobre su licencia de maternidad. Ya en el cargo, ocultó su embarazo 20 semanas por miedo a que pensaran que “la maternidad le restaría importancia a su trabajo”. Como reflexionó después: “Las mujeres sufrimos más odio. Y punto”.

La finlandesa Sanna Marin, a sus 36 años, vivió en 2022 la doble vara. Se filtraron videos donde bailaba con amigas en una fiesta privada. La presión fue tal que tuvo que hacerse una prueba de drogas para acallar críticas. Como señaló una analista: “Hay infinitos casos donde los hombres han estado en el ojo de la tormenta por cosas mucho peores, y el tratamiento fue muy distinto”.

Angela Merkel, la líder más poderosa de Europa durante 16 años, debió mostrar un ejercicio de poder masculinizado para ser respetada por su pueblo y otros líderes políticos, esto le mereció el apodo de “la Dama de Hierro”.

Recientemente, el presidente de Estados Unidos afirmó: “México es el epicentro de la violencia de los carteles” y al referirse a la presidenta Sheinbaum, dijo que es una “muy buena persona”, de “voz hermosa”, “una mujer hermosa”, reduciéndola a atributos estéticos que la despojan de su investidura. Es el mismo patrón: cuando las mujeres ejercen poder, rara vez se las juzga por sus capacidades ejecutivas.

Este fenómeno es un lastre que frena el desarrollo hacia un mundo mejor, más igualitario. La diversidad en el liderazgo no es concesión, es ventaja comparativa. Ha llegado la hora de aceptar que las mujeres llegan al poder por mérito y merecen respeto. La próxima vez que cualquier poderoso intente menospreciar a una mujer presidenta con menciones machistas y vacías, se debe alzar la voz, recordando que el respeto es la base sobre la que se construye un futuro compartido.

Fiscal general de la República

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