Con la ilegal y abusiva invasión estadounidense a Venezuela y el secuestro del Presidente Nicolás Maduro junto con su esposa en la madrugada del pasado sábado 3, hemos presenciado el más reciente capítulo de una doctrina que ha oprimido a Nuestra América por dos siglos. Este acto de fuerza brutal, justificado en narrativas falaces, contrasta diametralmente con el legado libertario de Simón Bolívar, cuyo pensamiento y textos fundacionales representan el antípoda exacto de la funesta Doctrina Monroe.

Simón Bolívar, en su Carta de Jamaica (1815) y el Discurso de Angostura (1819), concibió una América unida en soberanía, donde “la unidad de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres, sino inexorable decreto del destino”. Su visión de emancipación colectiva, de repúblicas hermanadas por principios de no intervención y autodeterminación, buscó en 1826 crear una confederación de estados libres que se protegieran mutuamente de ambiciones extranjeras, con un sistema de defensa colectiva basado en la igualdad entre naciones.

Frente a esta visión bolivariana, la Doctrina Monroe (1823), bajo el eslogan “América para los americanos”, emergió como su contraparte perversa; una política marcadamente belicista y agresiva con la que Washington ha ejercido dos siglos de intervencionismo.

Donde Bolívar veía hermanos, Monroe vio súbditos potenciales; donde el Libertador imaginó una confederación de iguales, los sucesivos gobiernos estadounidenses han impuesto un sistema de vasallaje económico y político con la lógica imperial que el Libertador combatió: invasiones militares unilaterales, desprecio a las soberanías nacionales y sustitución de gobiernos legítimos por títeres afines a sus intereses.

La Doctrina Monroe ha significado más de 50 intervenciones militares en Latinoamérica, respaldo a dictaduras sangrientas, saqueo sistemático de recursos naturales, y el mantenimiento de relaciones comerciales asimétricas que perpetúan el subdesarrollo. En el caso de Venezuela, la crisis política y humanitaria de larga data, ha sido propiciada en gran medida por el asedio económico impuesto por los Estados Unidos a esa nación, junto con la actuación subrepticia de su principal agencia de inteligencia, todo, en perjuicio de la democracia y la no intervención.

El secuestro del presidente Maduro y su esposa confirma la expresión nefasta de esta doctrina que considera a los líderes latinoamericanos, meros administradores removibles cuando desafían los dictados del Norte.

Ahora que las bombas estadounidenses han caído sobre suelo venezolano, debemos recordar lo que Bolívar advirtió sobre “la política de los Estados Unidos, que parece destinada a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”. Frente al monroísmo intervencionista, el bolivarianismo sigue proponiendo el sensato camino de la soberanía, la integración regional y la resistencia.

“La justicia es la reina de las virtudes republicanas y con ella se sostiene la igualdad y la libertad”, escribió el Libertador: Hoy, esa justicia exige condenar el nuevo capítulo de agresión imperial y reafirmar el derecho de los pueblos a decidir su destino democráticamente, sin tutelajes extranjeros vía grupos apátridas locales.

Fiscal General de la República

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