No fue casualidad. Espontaneidad. Un caso aislado. Es parte de una actitud. La expresión de una cultura establecida de larga data. Recreada perversamente por AMLO como por ningún presidente. Es parte de su herencia.
Él puso a casi todos de rodillas. A sus pies. Hoy, Hugo Aguilar va más lejos y pone de hinojos. Públicamente, a sus empleados. Para que le limpien los zapatos. En un acto de abyección enfermiza de máxima degradación política.
Encarnación viva de los peores tiranuelos. De los más nefastos, López Obrador se acostumbró a ser el único foco de atención. Apeló a todos los medios para imponerse como la única persona importante. Quería brillar más que el Sol.
En cada día de su infame. Oprobioso desgobierno, se empeñó en dejar constancia. En el discurso. Con sus acciones, que él era el único que sabía. Quería. Podía mandar. Los demás solo existían para obedecerlo y aclamarlo.
Su investidura nunca le pareció suficiente para saber que durante los seis años que gobernaría, nadie más importante que él habría en este país. Tenía qué patentizarlo. Demostrarlo. Recalcarlo. Con despreciables actitudes autoritarias.
Esa tradición comenzó en el México prehispánico. El Tlatoani lo era todo. El valor. El lugar. La importancia que se le daba como divinidad, ha regido por siglos en la vida nacional. Trascendió. Se reafirmó en el Semidiós sexenal. En el presidente de la República.
Por historia. Tradición. Idiosincrasia. Usos. Costumbres, se le ha reconocido omnisapiencia. Omnipotencia. Omnipresencia. Su capacidad de dar y quitar. Premiar y castigar ha sido incuestionable. Aunque sólo dure seis años.
Sus facultades constitucionales y metaconstitucionales lo hicieron aún más poderoso. Con frecuencia, más insolente. Descarado. Arbitrario. Pero como a AMLO, desvergonzado. Depravado tirano, ninguno.
Por décadas, el presidencialismo exacerbado, de mando-obediencia-estridencia. Abuso-aceptación-silencio, ha sido una de las improntas de la relación entre gobernantes y gobernados.
Mas el “historiador” López llevó ese vínculo mucho más allá. Lo envileció en grado extremo. Lo desnaturalizó. Rebajó. Degradó. Sintiéndose el amo. Creyendo, Tratando, teniendo en la idea. En la práctica. En los hechos, como esclavos a los demás.
Ávido de reconocimiento. Megalómano, impuso su capricho contra las expresiones más claras del raciocinio. A todos hizo saber. Sentir. Creer, por distintos modos y medios, que su voluntad era única. La impuso contra viento y marea. Con la complacencia. El aplauso de sus esbirros. Cómplices. Epígonos.
Necesitado de dar demostraciones continuas de fuerza, sus decisiones tuvieron, desde antes de que envenenara más la magistratura, el sello del arrebato. La estupidez. La barbarie. El tiempo ha confirmado que en casos trascendentales no tenía. No tuvo la razón.
En esa línea. En una, en otra medida, actuaron todos los semidioses que han gobernado la República.
Pero el huachicolero de la política, como ninguno, decidió siempre contra ella. Destruyó sus instituciones. Demolió. Pisoteó su Constitución. Sepultó su democracia. La convirtió en una tiranía.
AMLO hizo de México un narcogobierno. Que no un narcoestado. Aquél está conformado por la podrida élite tombolera y acordeonera que tiene el poder en sus manos; este comprende a toda la sociedad. La inmensa mayoría de las personas nada tienen que ver con actividades criminales.
Para darle perdurabilidad a la forma de gobierno más pervertida: la tiranía, que “gobierna” con el puñal en el pecho del ciudadano, impuso una continuadora que va en el segundo piso. Que, empero, es de desnivel negativo. Y que, sin el menor rubor, está empeñada en profundizar cuanto le sea posible.
Entendida como una serie de creencias. Conocimientos. Leyes. Costumbres que definen a un grupo social. Transmitido todo ese bagaje de generación en generación, la cultura deriva del latín cultus, que significa cultivar. Primer se refirió a la tierra. Luego a la inteligencia. Al espíritu humano.
La cultura se forma a lo largo de mucho tiempo. La veneración. Reverencia a los gobernantes en México, viene de hace siglos. Desde el Tlatoani. Se ha mantenido durante el presidencialismo. Se acentuó en el servilismo que se ve en las expresiones de genuflexión y abyección.
La observancia de la abyección, sinónimo de ruin. Indigno, Arrastrado. Servil, remite a un estado de bajeza. Degradación. Desnaturalización. Deshonor. Desvaloración. Envilecimiento extremo.
La palabra abyección, que proviene del latín abiectio y de traduce como arrojado, genera desprecio. Repugnancia. Horror. Asco. Reprobación para las partes. Es absolutamente inadmisible. Supone el despojo de la identidad. Del yo del otro por parte de quien la induce. Obliga. Reclama. Tolera. Permite.
Eso es lo que han hecho por años los semidioses sexenales mexicanos. Es lo que hizo López Obrador permanentemente. En último grado. No escapó nadie. Sus complejos obligaron a opositores. Integrantes de otros Poderes. Amigos. Colaboradores. Inversionistas. Periodistas, a rendirle tributo.
La ex presidenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Norma Piña Hernández, es la única que tuvo la entereza. Determinación. Decoro, para romper esas absurdas reglas de comportamiento. Yugo. Cadenas, reflejo de sumisión. Obediencia. Sometimiento. La ex ministra se respetó a sí misma.
Empero, el caso más vergonzoso que nadie había visto. Supuesto. Imaginado, se produjo el pasado 5 de febrero en Querétaro, previo a la conmemoración del 109 Aniversario de la Constitución. (Asesinada por López y su gavilla).
A las puertas del Teatro de la República, la gente vio son asombro. Estupor. Indignación y rabia, cómo la directora de Relaciones Públicas de la SCJN, Amanda Pérez Bolaños y otra persona se tiraron al piso para limpiarle el calzado a presidente de esa institución, Hugo Aguilar Ortiz.
En unos segundos, la Historia fue superada en todos sus límites. Ese funcionario y su séquito escribieron uno de los capítulos más negros. Tristes. Reprobables. Canallescos y repugnantes que los perseguirán por el resto de sus días. La institución educativa donde “estudiaron”, debería retirarles todo reconocimiento académico. Por decoro, ellos tendrían que tomar esa iniciativa.
El ignominioso momento queda para los anales como una combinación de abyección y de genuflexión. Síntesis de la peor bajeza moral a la que López llevó a todo un país como su más ferviente practicante e impulsor.
La abyección y la genuflexión, por más que se proclamen cambios desde el poder, siguen presentes. Son parte de su ritual. La presidenta de la República los reedita cada día en sus conferencias.
Esas conductas son tan comunes, que pasan desapercibidas. Diariamente se repiten en la relación que ella guarda con sus gobernados. En su trato con lo influencers es más que ostensible. Excesivo. Miserable.
A los ojos de todos, esos “periodistas” pasan por abyectos. Genuflexos. Vendidos. Rastreros. Incondicionales. Entreguistas. A esa claque (del francés claquer, aplaudir), le resulta muy fácil navegar con un título que en su mayoría no posee, reduciendo su trabajo a elogiar todo cuanto salga de la boca de la titular del Poder Ejecutivo.
Todo mundo sabe que esos sujetos suplantan a los verdaderos comunicadores. Ocupan espacios y lugares que corresponden a los auténticos medios. Hacen preguntas a modo. Impuestas. Pagadas. Para no molestar a la señora. Para complacerla.
Ese hecho permite decir que los tiene arrodillados frente a ella. Los lleva de corifeos. En las suelas de sus zapatos. Genuflexos y abyectos, reptan en torno suyo. Listos. Dispuestos a corear todas las barbaridades que suelte. Para ella no hay temas vedados. Ellos no tienen reservas para elogiarla. Alabarla. Glorificarla.
De donde se sigue que, si la genuflexión y la abyección minusvaloraron. Desvalorizaron. Menospreciaron. Nulificaron. Desmoralizaron al mexicano durante un largo pasado, con López-Sheinbaum nada en eso ha cambiado. Ahí está Huguito, ordenando o permitiendo que sus subordinados le limpien los zapatos… para demostrarlo.
Línea de Fuego
“Nachito”, lo llaman por su pequeñez política. “Nacho el muñeco”, le dicen sus propios compañeros en el Senado. Lo consideran títere de Adán Augusto López. Es el que decide, aseguran. Reniegan. Por eso no le tienen el menor respeto. Con ese fardo, le auguran, nunca será gobernador de Puebla, como sueña. De nada le sirve que promueva su parentesco familiar con el gobernador Alejandro Armenta en octavo grado. Son primos en tercer grado. La ley presidencial antinepotismo se impide, incluso, el mínimo suspiro. ¿Se atreverá a correr los graves riesgos de llevarle las contras a quienes le han dado todo?... Antes que pedir un pacto de silencio para que los medios le bajen a la nota roja y de creer que será la sucesora de Claudia Sheinbaum, Clara Brugada debería bajar los índices de criminalidad, que aumentan día tras día en la Ciudad de México. El delito se multiplica y se rutiniza. La Jefatura de Gobierno parece acéfala... Luisa María Alcalde dice que en su partido no hay impunidad y Claudia Sehinbaum asegura que su partido no es paraguas de delincuentes. Creen que le hablan a una sociedad tonta, descerebrada, de retrasados mentales. Se equivocan. Las “hazañas” del ex alcalde de Tequila, Jalisco, Diego Rivera Navarro, y eventualmente las de su sucesora, Lorena Rodríguez, demuestran la descomposición a la que ha llegado su movimiento. Los que se tragan sus mentiras, lo hacen por la necesidad de comer, no por convicción… “Tenemos que ver sus necesidades”, dice la presidenta sobre Cuba y le envía toneladas de alimentos. ¿Y cuándo va a ver las necesidades de sus gobernados? ¿Acaso tiene más compromiso y obligaciones con los cubanos que con los mexicanos?... El diálogo entre “iguales” que desea y supone Miguel Díaz-Canel con Donald Trump, evidencia que no sabe dónde se encuentra parado. Debería recordar la fábula del león y las liebres. Estas le piden “democracia” al Rey de la Selva y como respuesta, simplemente les dice: “enséñenme sus garras”… El libro de Julio Scherer Ibarra, ex consejero jurídico del ex presidente huachicolero, involucra a muchos personajes importantes de la política. Sobre algunos hay señalamientos graves, dignos de una investigación. “Ni Venganza ni Perdón” arroja las inmundicias del poder. Pero es evidente que no pasará nada. Blindado contra todo, Jesús Ramérez Cuevas, por ejemplo, debe estar en la carcajada. El mismo autor lo sabe.

