El español no es sólo la lengua de Cervantes

Enrique Márquez

El español y la cultura creada a partir de él han cobrado gran auge en las últimas décadas y hoy está siendo objeto de diversas iniciativas. Entre ellas, se encuentra la que estamos desarrollando en Estados Unidos y otras partes del mundo a partir de tres concepciones fundamentales de Diplomacia Cultural.

1ª El español no debe seguir siendo un instrumento de conquista o de expansión

Ante la necesidad de volver a unir al mundo para reinventarlo, México está hoy por el diálogo entre culturas para la construcción de una nueva solidaridad global.

Y nada más ajeno a este ideal, que la promoción de proyectos de superioridad o de influencia cultural basados en las lenguas, como el de la Anglósfera, que promueve las pretensiones hegemónicas de los países anglosajones y sus intereses.

México es el país con el mayor número de hablantes en español, incluidas las comunidades de migrantes en Estados Unidos, pero no ello debiéramos deambular por el mundo como una arrolladora o pretenciosa máquina cultural.

2ª. Es que ¿alguna vez existió La Mancha como el país único de quienes hablamos español?

Así como Shakespeare no representa por sí solo a la lengua inglesa o Molière a la francesa, el español no es sólo la lengua de Cervantes, por más admirable, reconocido y universal que sea el libro dedicado al ingenioso hidalgo.

El español nació en las jarchas, poemas mozárabes, mezclado con el árabe (un árabe muy diverso) y la lengua de los judíos de Andalucía.

El español es la lengua de esa fusión, de esa deriva del latín, y debe seguir siendo una lengua viva y abierta, que no conoce lo alto o lo bajo en la cultura.

Es la lengua del Cid, del Arcipreste, del Márquez de Santillana, del gran Manrique, sí, y también del mexicano Carlos Sigüenza y Góngora, y de Sor Juana, que rimó con el habla de negros e indios.

Es la lengua de Manuel José Othón, de López Velarde, de Jorge Cuesta, de Reyes, de Paz, Cortázar, Macedonio Fernández, José Martí, Efraín Huerta y Roberto Bolaño, tanto como la de los maravillosos sones, corridos, bolas y huapangos.

Es la deslumbrante lengua de los decimistas y valoneros del altiplano, que viene del s. XVIII, la de los tianguis y mercados, la de los pelados “mal hablados”, chicanos, latinos, pochos o pachucos que desfilan por El Laberinto de la Soledad.

3ª. El español es la diversidad y la dignidad

Percibido desde la cultura y la migración, de la cultura de la migración, el español no es una marca o un motivo de certificación. Es sobre todo un asunto de dignidad, de dignificación cultural.

¿Por qué es menos creador o sujeto de divulgación entre nosotros un poeta oaxaqueño, avecindado en Los Ángeles, que escribe simultáneamente en mixteco, inglés y español?

¿Por qué los mexicanos de este lado del río Bravo no hemos llegado a conocer la obra de Miguel Méndez (1930-2013), hijo de familia sonorense, obrero de la construcción en Arizona y autor de la novela Peregrinos de Aztlán, obra clave de la literatura chicana escrita en lengua yaqui y español?

Mucho qué hacer tenemos enfrente para rescatar y divulgar el valor y la importancia que en este momento tiene el patrimonio cultural que los mexicanos y sus descendientes han creado en Chicago, Los Ángeles y muchos otros lugares.

Porque desde hace dos décadas se vive en Estados Unidos, por ejemplo, un boom literario de escritura en español.

Se trata no sólo de los migrantes, con o sin papeles, sino de ciudadanos estadounidenses, como Miguel Méndez, de segunda y tercera generación, educados, que deciden escribir en español como un acto de resistencia, de posicionamiento cultural, de dignidad.

Seguiremos impulsando el español y su cultura, no como una empresa panhispánica, de influencia o de expansión internacional.

Sino como una de las acciones de diálogo cultural que los países y sus comunidades necesitan hoy para enfretar la fragmentación, la discriminación y el supremacismo.

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