El Tratado de Libre Comercio con Norteamérica nos dejó una verdad incómoda: a unos mexicanos les cambió la vida… y a otros ni siquiera les tocó la puerta. Por eso hay quien lo defiende como “ancla” y hay quien lo mira con desconfianza, como si fuera una promesa que nunca llegó. De esto y de qué deberíamos hacer los mexicanos platiqué con el Dr. Pedro Noyola en el podcast En Blanco y Negro que pueden ver en: youtube.com/watch?v=pweBE_YqohE
El punto de arranque es simple: México se partió en dos velocidades. Por un lado, un México muy productivo, integrado a exportaciones, fábricas y cadenas globales; por el otro, un México de baja productividad que vive más en la informalidad que en la formalidad. Esa “dualidad” no se explica solo por el mapa (norte/sur), sino por reglas, incentivos y la realidad de trabajar con o sin seguridad social, con o sin contratos que se respeten. El Dr. Santiago Levy lo ha estudiado a fondo: la manera en que están armadas ciertas políticas e incentivos puede empujar a millones hacia la informalidad y frenar la productividad.
Ahora viene la parte que más pica: sí, exportamos muchísimo, pero no siempre “exportamos Hecho en México”. En 2025, las exportaciones acumuladas fueron de 664 mil millones de dólares. Pero el problema es cuánto de ese valor se queda aquí. Datos de la OCDE muestran que en México, mucho de lo que vendemos afuera lleva valor de otros países, en algunas industrias como las computadoras, nuestras exportaciones tienen dos terceras partes de insumos del extranjero. Es decir, si el pastel lo horneamos aquí, a veces la harina, el azúcar y hasta el molde vienen de fuera… y la ganancia grande también se nos va.
Y aquí entra un incentivo que el Dr. Noyola me dijo que es “como ponerle el tobogán engrasado a la importación”: en México existe un esquema (IMMEX) que permite importar temporalmente insumos para exportar sin pagar IVA y otros impuestos a la importación, bajo ciertas condiciones. Si tú eres empresa exportadora y puedes traer insumos sin ese costo, mientras que comprarle al proveedor mexicano sí te sale más caro o más lento, así se vuelve más fácil jalar hacia afuera que construir hacia adentro.
A eso hay que sumarle otra piedra en el zapato: el régimen fiscal para exportadores ha terminado creando una cancha dispareja, con reglas que benefician a unos más que a otros. Y cuando el piso está chueco, la “sustitución de importaciones” se queda en discurso bonito: si no cambias las reglas, no ocurre. De hecho, en México ya se ha discutido públicamente cómo algunos abusos o usos indebidos del esquema de importación temporal afectan a industrias nacionales, precisamente porque el incentivo existe.
Aumentar el contenido mexicano no se logra a fuerza de regaños o discursos patrioteros. Se logra con condiciones reales: infraestructura decente que tenga mantenimiento y carreteras seguras de transitar; energía suficiente y competitiva; reglas laborales que protejan sin ahorcar; y un sistema judicial que haga que los contratos valgan. Esa es la base para que más empresas mexicanas entren a las cadenas de valor globales, compitan y crezcan.
Ahora, el T-MEC también tiene otro problema hoy: ya no te da la certeza de antes. No porque el papel haya desaparecido, sino porque la política comercial de Estados Unidos se volvió capaz de dar volantazos. El propio Congreso de Estados Unidos documenta las herramientas legales que permiten al presidente imponer o ajustar aranceles bajo distintos supuestos (como la Sección 232, la 301 y otras). Y además hay pleitos legales recientes sobre el alcance de otras facultades (Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional IEEPA) para imponer tarifas, con tribunales y apelaciones cuestionando esa autoridad. Es decir, puedes firmar el lunes y amanecer el jueves con cambio abrupto.
Ahí es donde entra la propuesta del Dr. Noyola: una unión aduanera. La diferencia con un Tratado de Libre Comercio es clara: en una unión aduanera, los países miembros tienen el mismo arancel frente al resto del mundo. Y si eso sucede, ya no necesitas el laberinto de reglas para demostrar si el producto “sí es de aquí”: se eliminan (o se vuelven casi innecesarias) muchas reglas de origen, y se reduce el espacio para discrecionalidad y costos.
Además, una unión aduanera trabaja donde más impacta la vida diaria del comercio: la frontera. El Dr. Noyola me dijo que esos trámites fronterizos —agentes, dobles revisiones, cambios de transportista, descargas y recargas— pueden costarle a la economía una barbaridad, incluso en proporciones que él estima como puntos del PIB. Y aunque cada estudio mide distinto, sí hay evidencia de que las esperas y demoras en frontera generan costos económicos fuertes (tiempo, mermas, inventarios, logística). Una unión aduanera, bien hecha, recorta trámites redundantes y vuelve más fluido el cruce.
Eso sí: no es magia ni es sólo “comercio”. Una unión aduanera implica coordinar más cosas: política comercial, sí, pero también seguridad y movilidad. Y ahí está la apuesta grande: una integración más profunda de mano de obra, capital y recursos para que Norteamérica funcione como región, y para que México deje de ser el país donde unos corren en autopista y otros en terracería.
Si el tratado de libre comercio nos enseñó algo, es que abrir puertas sirve… pero no basta si la casa por dentro está partida. La pregunta no es si “seguimos” o “tiramos” el acuerdo: la pregunta es si nos animamos a dar el siguiente paso para que el beneficio deje de concentrarse en unos cuantos bolsillos y empiece a sentirse en más mesas. Porque México no necesita exportar más por presumir; necesita exportar mejor, con más contenido mexicano, con reglas parejas y con un país donde la formalidad sea opción real, no privilegio. Si no hacemos esa tarea, seguiremos celebrando récords mientras millones sienten que el futuro siempre pasa de largo.

