Una nueva economía más incluyente y con empresas más responsables

Enrique de la Madrid

La desigualdad es uno de los mayores retos que enfrentamos los mexicanos, y esto ha quedado evidenciado una vez más por la crisis del coronavirus, en la que millones de personas que viven al día y sin apoyo, tienen que salir a la calle para poder llevar alimentos a sus mesas, poniéndose en riesgo ellos mismos y a  sus familias.

Desafortunadamente, no todos han tomado conciencia de  que vivimos en una época en la cual nos conviene que a todos nos vaya bien. Mientras más gente salga adelante, por ejemplo, habrá más personas descubriendo la cura de enfermedades que afectarán a nuestras familias en los próximos años. Mientras más progrese  nuestro país, sus instituciones, sus universidades y sus empresas, más personas estaremos trabajando en solucionar los problemas que nos aquejan a todos.

En cambio, si más gente continúa quedándose rezagada,  habrá más amenazas a la seguridad, a la salud y a la estabilidad de todos. Por eso, hoy más que nunca es necesario actuar; necesitamos aprovechar esta crisis para transformar a México. Hacerlo es determinante para nuestro futuro.

Si queremos incrementar el bienestar de los mexicanos,  crear crecimiento sostenible en el tiempo, y que México sea un país más seguro y próspero, forzosamente tenemos que crear una nueva economía; una más incluyente y que permita emparejar la igualdad de oportunidades.

Esta nueva economía debe aprovechar que la aceleración  del progreso científico y tecnológico ha generado niveles de riqueza nunca antes vistos, ayudándonos a solucionar varios de nuestros retos y problemas. Sin embargo, el desarrollo no ha sido parejo, pues muchas personas se continúan quedando atrás y esta situación  cada vez es menos tolerable.

De los 50 millones de mexicanos que viven en condiciones  de pobreza, desafortunadamente, 7 de cada 10 morirán pobres. Y también, como ya lo he expuesto, hay estudios que señalan que a una familia le puede tomar hasta tres generaciones para salir de la pobreza.

Por otra parte, la desigualdad se ha acentuado. El ingreso  promedio del decil más bajo es 18 veces menor al del decil más alto, es decir 1,800% más bajo.

De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina  y el Caribe, la CEPAL, el 1% más rico de la población mexicana posee una tercera parte de la riqueza nacional; y si únicamente consideramos el dinero en cuentas bancarias y activos financieros, el 80% de la riqueza nacional está en manos del 10% más rico de  México.

En muchos países, siendo el nuestro uno de ellos, el  lugar de donde vienes puede condicionar tu destino, sin importar cuánto te esfuerces. Por ejemplo, en un reciente artículo de El Economista se menciona que los mexicanos que nacen pobres en el norte del país, tienen casi tres veces más posibilidades de salir  de la pobreza que los que nacen en el sureste y en esa condición. A esto hay que agregarle una consideración determinante: mientras que en el norte sólo el 23% de los que nacieron pobres se quedan pobres, en el sur 67% de ellos permanecerán así toda su vida.

Ahora bien, no solo hablamos de una desigualdad salarial.  La desigualdad más preocupante de todas es la de oportunidades que da origen a todas las demás desigualdades. En la parte norte del país, 5 de cada 10 personas tienen acceso a instituciones de salud públicas o privadas, mientras que en la Ciudad de México  son 4 de cada 10, en otras entidades del centro son 3 de cada 10, y en el sur únicamente son 2 de cada 10 personas las que tienen este acceso. 

En materia de educación, los habitantes de la Ciudad  de México estudian 11 años en promedio, el equivalente a estudiar hasta la preparatoria sin acabarla; mientras que los habitantes de Chiapas estudian en promedio 7.4 años, menos de los requeridos para acabar la secundaria. 

Esta es buena parte de la explicación del encono y de  la frustración acumulada por millones de mexicanos. Tenemos que cambiar esta realidad y debemos combatir la desigualdad de oportunidades y atender las necesidades básicas de todos, porque es injusto y porque está alimentando una excesiva polarización y enojo,  lo cual pone en riesgo la viabilidad de nuestro país y de muchas de las sociedades a nivel mundial.

A medida en que el coronavirus revela o aumenta la conciencia  de las fracturas sociales, las empresas, así como todos los miembros de la sociedad, debemos tomar una nueva actitud con respecto a nuestra responsabilidad ante en desarrollo de la sociedad y qué hacer para tener un desarrollo vigoroso pero sobre todo más  incluyente. En esta ocasión reflexiono sobre el papel de la empresa. 

Tradicionalmente las empresas han tenido como objetivo  principal maximizar las utilidades y los beneficios de sus accionistas e inversionistas. Sin embargo, cada vez más empresas buscan algo diferente, tratando de alcanzar lo mejor para los consumidores, sus proveedores sus empleados, su comunidad y para el planeta,  al mismo tiempo que siguen creando valor para sus accionistas.

Tal es el caso del Business Roundtable, una asociación  de directores ejecutivos de las principales empresas de Estados Unidos que se toman muy en serio la responsabilidad de crear empleos de calidad, con buenos salarios. El año pasado, en una rueda de prensa declararon que el valor para los accionistas ya no es  su objetivo principal, sino que ahora es el de invertir en los empleados, entregar valor a los clientes, tratar éticamente a los proveedores y apoyar a las comunidades. Además, hicieron mención a que el propósito de toda empresa debe ser contribuir a una economía  que permita a cada persona llevar una vida de sentido y dignidad, teniendo éxito a través del trabajo duro y de la creatividad.

Estos directores han lanzado el llamado a que otras empresas  e inversionistas prioricen el cuidado de las personas y dejen al final las utilidades; a que creen valor a largo plazo, invirtiendo en sus empleados y comunidades.

Frecuentemente el trabajo duro no se ve recompensado  y no se está haciendo lo suficiente para que los trabajadores se ajusten al ritmo acelerado del cambio en la economía. Si las empresas no reconocen que el éxito de nuestro sistema depende del crecimiento inclusivo y a largo plazo, muchas personas se seguirán  rezagando cada vez más. Los consumidores se inclinan progresivamente hacia empresas con mayor  responsabilidad social.

El coronavirus podría ser el mayor desafío global desde  la Segunda Guerra Mundial. A raíz de ese conflicto surgió la pregunta: "¿Qué hiciste durante la guerra?". Esa pregunta  se hará con fuerza, tanto a los gobiernos como a las empresas, una vez que se haya ganado la batalla contra el COVID-19. Los líderes empresariales deben preguntarse a sí mismos en este momento,  ¿qué estoy haciendo para ayudar a mi comunidad a salir adelante frente a esta crisis?, ¿qué estoy haciendo para ayudarlos a cerrar la brecha de la desigualdad?

En tiempos revolucionarios, el presidente constitucionalista Venustiano Carranza, señaló que es en la búsqueda del bien colectivo donde se encuentra el bien individual. Necesitamos transitar hacia un modelo más inclusivo que iguale las oportunidades de todos y que permita a todos alcanzar sus metas profesionales y detonar  todo su potencial, especialmente ahora que la economía depende cada vez más de la cooperación y de la creatividad colectiva.

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