Un nuevo modelo para México

Enrique de la Madrid

México necesita un nuevo modelo de desarrollo y de convivencia que se base en la colaboración, para así convertirse en un país próspero, justo, sustentable, incluyente y en paz. En este cierre de año que llama a reflexionar, quiero compartirles lo que he escuchado y platicado con otras personas sobre este tema.

La colaboración es la verdadera base del progreso de la humanidad. El hecho de que hayamos creado diferentes vacunas para enfrentar el COVID-19 en tiempo récord, ocurrió gracias a la cantidad sin precedentes de científicos, inversionistas, voluntarios, gobiernos y personas en general colaborando por un solo objetivo.

El internet, las computadoras, los automóviles, los cohetes espaciales, la escritura y los más grandes inventos y descubrimientos de la humanidad no han sido obra de un individuo, sino de pequeñas y abundantes aportaciones de grupos de personas que muchas veces quedaron sin el reconocimiento que merecían, pero que fueron mejorando poco a poco los proyectos hasta convertirse en esas maravillas que han transformado a la humanidad para siempre. 

Amazon es una mega compañía que no existiría sin el internet y quienes aportaron algo a la red global de comunicaciones. Todos necesitamos de todos, somos humanos y nuestras capacidades sólo nos permiten aportar hasta cierto límite, pero cuando estamos unidos y colaboramos, llegamos a donde no hubiéramos imaginado.

Esto se refleja en Airbnb, una empresa que no tiene hoteles y que se limitó a establecer una red de colaboración adecuada para que diferentes personas pudieran alojar a extraños en sus propias casas. Airbnb creció más rápido que cualquier cadena hotelera comandada por un consorcio o un grupo de empresarios.

Redes sociales como Facebook o YouTube crecieron mucho más rápido que cualquier televisora porque son los propios usuarios quienes crean los contenidos, no un puñado de camarógrafos, creativos y directores.  

Si queremos que los mexicanos tengamos mejores empleos, mayores salarios y un nivel de vida superior, tenemos que apostar a las redes de colaboración que permiten y detonan el crecimiento exponencial.

El problema es que en Latinoamérica, en general, vamos en la dirección contraria, buscando caudillos; individuos que aducen tener la solución a todos nuestros problemas.

La historia del mundo está plagada de caudillos que han entorpecido el florecimiento de la humanidad. Los monarcas, emperadores y los césares romanos se sentían en muchas veces semidioses, que lo sabían y lo merecían todo, pero terminaban en la mayoría de los casos oprimiendo a sus gobernados y favoreciendo a unos cuantos.

Caudillos más actuales como Stalin, Hitler o Hugo Chávez han encantado a buena parte de sus poblaciones con promesas falsas, creando fanatismo hacia su persona lo que hace que los ciudadanos no vean la destrucción de sus sociedades, su progreso y sus sistemas por más claro que debiera ser. 

Cómo dice Jesús Silva-Herzog en su libro La casa de la contradicción, se impone la simpleza de una soberbia moral: cuando uno es bueno, todo lo que se hace será bueno.

Esto es sumamente peligroso por dos razones. 

La primera es porque ningún humano tiene tanta capacidad: un panadero, por más honesto y bien intencionado que sea, por más delicioso que haga su pan, no es confiable para pedirle construir un puente. Al mismo tiempo, un arquitecto talentoso y buena persona no es confiable para hacer una operación a corazón abierto.

Los caudillos que llegan a concentrar demasiado poder sienten que tienen la razón en todo y por más erradas que sean sus ideas, se aplican hasta sus últimas consecuencias. Esto es grave en temas muy sensibles como seguridad nacional o el cuidado de la salud durante una pandemia.  

Por supuesto es igualmente peligroso si un pequeño grupo de tecnócratas se asumen como los dueños de la verdad de forma arrogante, como señala Silva-Herzog. 

El segundo peligro de quienes gobiernan de manera hiper personalista es que la concentración de tanto poder los incentiva a abusar de sus pueblos con la convicción de que lograrán salir impunes.

Por eso es una constante. Todos, como Muamar el Gadafi, Sadam Husein, Calígula y Enrique VIII, entre otros, buscaron eliminar de una u otra manera a sus opositores, a cualquiera que les hiciera un contrapeso, que los contradijera, o que pusiera en riesgo su poder. Y es que con tanto poder les era totalmente natural cometer abusos y errores por más bien intencionados que fueran.

Ningún gobernante tiene todas las capacidades que su población y su nación necesitan. Por el contrario, un buen líder debe luchar porque todos liberemos nuestro propio potencial y tomemos nuestras propias decisiones, y no buscar concentrar todo el poder y que todos le sirvan como súbditos. 

Platón empezó creyendo que la mejor forma de gobierno sería un rey filósofo, muy sabio y que viera por su pueblo, pero pronto se dio cuenta que esto no podría ser. Su discípulo, Aristóteles, lo entendió y luchó por un gobierno más descentralizado y equilibrado. 

Esto es aún más importante en México, uno de los países más heterogéneos del mundo, donde hasta la gastronomía es considerablemente diferente de una región a otra. Necesitamos un modelo de gobierno que impulse los liderazgos locales, que se fortalezca de las diferencias y de la pluralidad de sus ciudadanos, así como de la prosperidad que generan las redes de colaboración descentralizadas.

México necesita líderes humildes, que sepan que están haciendo una aportación a un futuro más próspero. México no necesita a un mesías que se equivoque constantemente por sobreestimar sus capacidades o que trate a los mexicanos como niños indefensos, que no saben qué hacer con sus propias vidas. 

En los países más prósperos del mundo, como Suiza, Noruega, Liechtenstein, Países Bajos o Nueva Zelanda, el poder político y económico está sumamente descentralizado, al grado de que en Suiza ni siquiera existe un presidente, sino que es un órgano colegiado de siete personas. 

Desafortunadamente, los latinoamericanos solemos obsesionarnos con nuestro pasado, del que sí hay que estar orgullosos, pero los países más desarrollados están obsesionados por construir un mejor futuro, y eso nos falta.

La democracia y el modelo mexicano de gobierno necesitan actualizarse. Nuestro modelo tuvo sus beneficios y problemas, y es momento de actualizarlo porque fue pensado para una época en la que no existía el internet, los celulares o el blockchain, que permiten organizarnos de formas totalmente diferentes a las antiguas y que justamente promueven las redes de colaboración distribuidas o descentralizadas como nunca antes en la historia de la humanidad. 

En un mundo donde la colaboración es la base del progreso, México ya no puede seguir apostando por los caudillos. Este cambio urge, porque urge ayudar a los más vulnerables y a los que se nos han quedado atrás. El cambio es para ayer, así que iniciemos con todo este 2022. 

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