En México puedes llegar tarde, pasarte el alto, estacionarte en doble fila o colarte en la fila… y probablemente nadie te dirá nada. Y no es sólo que no digan nada: ni siquiera lo consideran un problema grave. Aquí se vive con la idea de que si no le haces daño directo a otro —o si nadie te ve— se permite un mal comportamiento. Según las encuestas, México es el país más permisivo del mundo, y aunque ese dato puede sonar hasta simpático, tiene consecuencias brutales: normaliza la impunidad, dificulta el respeto a las leyes, erosiona la convivencia y perjudica nuestra calidad de vida en formas que no concientizamos.

La permisividad está tan integrada en nuestra cultura que pocas veces la notamos. Pero está en todas partes. En la política que roba y se justifica diciendo que “otros robaron más”. En el crimen que crece porque “pues ni modo, así es aquí y no se puede cambiar”. En la evasión fiscal, en los moches, en el abuso del poder político.

Y todo eso se permite porque vivimos pensando en lo que afecta nuestro pequeño mundo: nuestra familia, nuestro barrio, nuestro entorno inmediato. Fuera de eso, todo nos parece ajeno. Si alguien comete una injusticia en la calle, volteamos para otro lado. “No te metas”, “no es tu bronca”. Es una forma de vivir… pero también una forma de destruirnos.

Platiqué con el Dr. Macario Schettino de ello, y de las implicaciones que esto tiene en nuestra calidad de vida, en mi Podcast en Blanco y Negro, que pueden ver aquí y detallamos qué necesitamos los mexicanos para salir del bache actual y que todos podamos prosperar de forma inclusiva, en el contexto de su libro Conspiraciones.

Schettino nos contó que en el México prehispánico, la unidad básica de organización era el calpulli, que luego se convirtió en municipio. No era sólo un barrio, era un clan. Y así seguimos funcionando: como clanes dispersos, no como ciudadanos de una misma nación. Por eso, cuando México quiso independizarse, cada quien jaló por su lado. Y por eso hoy, cada quien hace lo que quiere, esperando que otro lo arregle.

Para Schettino, la ciudadanía moderna es una construcción que en México hasta la fecha no ha cuajado. Lo natural es cuidar a los tuyos, pero una nación no puede sostenerse solo en clanes. Para que el Estado funcione, para que haya justicia, para que tengamos derechos y desarrollo, se necesita que todos participemos en algo más grande que la familia: en un país donde las reglas se respeten porque todos ganamos cuando todos cumplimos. Pero mientras sigamos operando con lógica tribal, lo que uno gana lo pierde otro. Y en esa competencia entre grupos desconfiados no hay desarrollo posible.

Otro señalamiento grave de Schettino, es que durante siglos se nos enseñó una historia que no ayuda. Una visión de México maniquea de buenos contra malos. Así se nos ocultó que durante la colonia México fue una región riquísima, o que durante el Porfiriato hubo más crecimiento económico que en Japón. Se nos ocultó porque no cabía en la narrativa que justificaba a quienes estaban en el poder. Y esas mentiras hacen inconsistente la realidad con la idea que tenemos de nuestro país, y eso causa estragos. Hoy nos seguimos dividiendo con los mismos cuentos: que si eres de un bando o del otro. Nos motivan a pelear, no a construir.

Así, México se sostiene sobre mitos que no checan con la realidad. Esas contradicciones explican por qué florece el crimen organizado, la corrupción y el abuso del poder. Explican por qué la gente no confía en la ley ni en sus instituciones. Y explican también por qué tantos siguen buscando un caudillo, un padre que “los cuide”, en vez de exigir un país que los respete como adultos.

Por eso México necesita algo más que un nuevo gobierno. Necesita una nueva narrativa. Una que no se base en héroes perfectos contra villanos que absolutamente todo lo hicieron mal, ni en verdades a medias, ni en confrontarnos mexicanos contra mexicanos. Una historia que sí refleje lo que somos, con nuestras contradicciones y nuestras fortalezas. Una narrativa que tenga como objetivo mejorar la calidad de vida real de las personas, no justificar a los que quieren quedarse en el poder. Y que no divida: que incluya, que escuche, que tienda puentes, que construya consensos. Que ayude a que cada mexicano se vea no sólo como parte de una familia o de una comunidad, sino también como ciudadano de un país que merece más y que —si dejamos de permitir lo inaceptable— puede ser mucho más.

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