Para entender por qué hoy México vive guerras por puertos y laboratorios, vale la pena ver la cadena completa, sin misterio y sin “teorías raras”. De todo esto platiqué con Renato Sales en el episodio 87 de En Blanco y Negro youtu.be/tri1D6jjl2M?si=1fhDfCm9H1GtpZgY
La historia comienza en Estados Unidos. A finales de los 90 y principios de los 2000 en EUA se recetaban opioides como si fueran chicles para el dolor. OxyContin no sólo se vendió: se empujó con un marketing feroz. Un estudio clásico documenta que, tras lanzarlo en 1996, sus ventas crecieron de 48 millones de dólares a casi 1.1 mil millones para el año 2000. ¿En qué se traduce esto? En que mucha gente se acostumbró a “apagar” el dolor con pastillas; sin embargo, el cuerpo siempre se encarga de cobrar factura de ello.
Después vino el apretón. No fue un “apagón total”, pero sí se cerró la llave. En 2014, la DEA movió combinaciones de hidrocodona a un control más estricto (Schedule II). Y en 2016 el CDC (Centers for Disease Control and Prevention) publicó su guía para recetar opioides en dolor crónico, empujando una prescripción más cuidadosa. De esta manera, comenzó a haber menos pastillas circulando de manera “legal”; sin embargo, ya era mucha la gente enganchada que comenzó a buscar sustitutos.
Es precisamente en este punto, donde entra la regla de oro del mercado negro: si la demanda sigue viva, la oferta se acomoda. El sustituto perfecto para el crimen fue el fentanilo: un opioide sintético potente, barato de producir y fácil de mover. En datos duros, las muertes por sobredosis que involucraron fentanilo en Estados Unidos se dispararon de 1,919 en 2013 a 18,335 en 2016; asimismo, el fentanilo junto con otros opioides sintéticos, fueron responsables de más de 48,000 muertes por sobredosis en 2024. Eso no es “moda”: es un cambio de era.
La historia se transporta a México. Si el nuevo oro es químico, necesitas químicos. Y si necesitas químicos, necesitas puertas de entrada; esto recordando que una importante cantidad de químicos y precursores para hacer este tipo de drogas proviene de Asia. Ahí es donde el puerto se vuelve caja registradora. Manzanillo, por ejemplo, movió en 2025 casi 4 millones de TEUs (3,893,357 contenedores). Piénsalo así: en un mar de contenedores, esconder “ingredientes” es más fácil que esconder plantíos.
En este escenario, dice Sales, el CJNG “se sacó la lotería”: se colocó temprano en un negocio multimillonario, y con ese dinero pudo expandirse como franquicia—comprando voluntades, abriendo rutas, peleando plazas. Esto sucedió no porque fuesen magos, sino porque el producto cambió: de una economía criminal “lenta” (cultivo, cosecha, traslado) a una economía criminal “rápida” (laboratorio, pastilla, envío).
Cuando el negocio cambia, también cambia la violencia. No es que “de pronto a todos se les ocurrió pelear”: es que apareció una mina nueva y nadie quiere soltarla. Colima lo muestra con crudeza: en 2024 tuvo la tasa bruta de homicidios más alta del país, 123 por cada 100 mil habitantes. Y a nivel nacional, ese mismo año la tasa fue 25.6 por cada 100 mil. Un estado pequeño, con un puerto gigante: compleja combinación cuando hay cárteles disputando control.
El problema no se queda en 2016. Para dimensionar el tamaño actual del monstruo, el CDC reporta que en 2024 hubo 47,735 muertes por sobredosis que involucraron “opioides sintéticos distintos de metadona” (la categoría donde cae el fentanilo y sus primos). Y aunque 2025 sigue moviéndose con cifras provisionales, el punto ya está clarísimo: esto no es un pleito local, es una cadena internacional de demanda, oferta y dinero.
Lo verdaderamente triste es que, mientras discutimos si el problema “nació aquí o allá”, la realidad avanza: más adicción en Estados Unidos, más químicos cruzando océanos, más presión sobre puertos y más jóvenes mexicanos creciendo con la idea de que la violencia “es normal”. No lo es. Y no podemos resignarnos.
Si algo deja esta historia es una tarea sencilla de decir y difícil de cumplir: cortar la cadena completa. Es necesario dejar de entender la adicción como una elección, en su lugar hay que tratarla como el problema de salud que es; igualmente se necesita menos impunidad en puertos y aduanas, y menos dinero sucio comprando política. Porque si seguimos tapando el sol con un dedo, el fentanilo no será el último monstruo: sólo será el que nos tocó ver de frente.
Muchos se preguntan qué pasará después de la detención del Mencho, haciendo énfasis en si hay sucesión o no. Sin embargo, si la sucesión es clara, puede bajar el caos… pero no baja el crimen. Para dar fin a esta historia tenemos que comprender que este problema va más allá de una persona. La estrategia entonces debe centrarse en solucionar el problema de raíz, de manera coordinada y eficiente. No podemos permitir que esta historia se convierta en la historia de nuestro país; los mexicanos nos merecemos un presente y futuro prósperos, libres, en paz y con seguridad. La detención es un paso importante sí, pero no es el único paso, si no se desmantela la cadena continuaremos reproduciendo esta historia que dista profundamente de representar lo que México es y se merece.

