Hay decisiones que parecen locura… hasta que el tiempo las convierte en profecía. Una familia de origen jalisciense, de Juchitlán, trabajando en el campo en Estados Unidos, juntó dólares como quien junta granos de maíz. Y aun así, un año en que ganaron apenas 13 mil dólares, invirtieron 3 mil de ellos en una computadora para su hijo, eran los años ochenta, cuando muchas familias de mayores recursos no las poseían, pero la madre tenía muy claro que “las computadoras van a cambiar todo” y quería darle mejores oportunidades a su hijo por mucho que les costara.

Esta arriesgada inversión rindió maravillosos frutos, como me contó el hijo de esa familia Bismarck Lepe en mi última plática En Blanco y Negro que pueden ver en ; esta es una lección para cualquier comunidad que no quiera quedarse atrás con la inteligencia artificial.

Porque la educación no es un discurso: es una inversión segura. Y se nota más cuando la inversión duele. El papá de Bismarck ni siquiera terminó la primaria (llegó a sexto), pero traía una idea terca, casi romántica: “yo me caso con una universitaria”, tenía clara la importancia de la educación. Su mamá estudió en la UDG, y aunque venía de un entorno más cómodo, acabó en el campo con su esposo. ¿Por qué? Porque vio algo que hoy seguimos discutiendo como si fuera novedad: el futuro se construye aprendiendo y estableciendo bien las prioridades, no adivinando ni esperando sentados. Ella pensó “los novios de mis amigas toman, fuman, son mujeriegos”; él, en cambio, “dio todo por sus hermanos”.

El origen de esa familia explica el tamaño de la lección. En 1964 murió el abuelo, el papá era el mayor de ocho hermanos y le tocó dejar la escuela y ponerse al frente. Migró al campo desde muy joven, brincando de cosecha en cosecha. Aun con esa vida, cinco de esos ocho hermanos terminaron la universidad gracias a sus esfuerzos. Más que una historia de superación, es otro ejemplo de cómo funciona la movilidad social: cuando una familia se convence de que aprender es prioridad, la realidad empieza a moverse.

Luego vino el choque con el mundo moderno. Bismarck llegó a Stanford en 1998, cuando explotaba la burbuja de las empresas “punto-com”, y vio a chavos de 22 o 23 años con carrazos. Él pensaba estudiar medicina, pero cambia el camino. Y aquí hay otra lección que vale para todos: no se trata de casarte con una carrera, sino con la capacidad de cambiar. En la entrevista lo explica con una imagen muy clara: si viene un iceberg, no hay gloria en hundirte con el barco por terco. Hay que virar. En la vida, en el trabajo, en el país.

Bismarck ajustó su rumbo para aprovechar una ola que empezaba a crecer y llegaría a ser más alta que un tsunami: las empresas tecnológicas, que impulsaron su carrera hasta crear empresas multimillonarias.

Ahora, pongámoslo en el tema que hoy nos da nervios: la inteligencia artificial. Mucha gente escucha “IA” y piensa “despidos”, “ya valió”, “las máquinas lo harán todo”. Sí, algunas tareas se van a automatizar. Pero la pregunta no es si habrá o no empleos; la pregunta es quién va a quedarse con los empleos que sí habrá y que serán mejor pagados. La respuesta es incómoda por lo simple: los que no dejan de aprender cosas útiles. Los que se vuelven más rápidos, más claros, más valiosos. Los que usan herramientas nuevas en lugar de pelearse con ellas.

Y aquí entra el consejo más práctico de la plática de Bismarck: si tienes internet, ya tienes puerta. Hoy puedes pedirle a una herramienta como Chat GPT o Gemini que te arme un plan de estudio a tu medida: “soy contador”, “tengo un negocio”, “apenas sé lo básico”, “enséñame a usar IA para vender más, ordenar mi contabilidad, atender mejor a clientes”. Eso antes era un tutor privado. Hoy es una decisión diaria. La nueva alfabetización no es solo leer y escribir: es saber aprender y crear, rápido y con estrategia.

La educación también es estrategia económica, no solo asunto de escuela. Bismarck suelta una frase que cambia la perspectiva: “el país hispano más fuerte del mundo es Estados Unidos”. En esa conversación afirma que allá viven 70 a 80 millones de hispanos, que entre 60 y 65% son de origen mexicano, y que en la siguiente década 80% de los nuevos integrantes de la fuerza laboral serán hispanos, la mayoría con raíces mexicanas. Si eso es así, no estamos hablando de “minorías”: estamos hablando del motor humano que viene.

Y como Estados Unidos es profundamente capitalista —dice él—, el mercado sigue a la gente. Por eso la cultura se mueve, por eso las marcas se acomodan, por eso la NFL voltea a ver al público hispano. Para México y Latinoamérica, esto no debería ser motivo de orgullo de sobremesa, sino de acción: es una oportunidad enorme para vender servicios, crear empresas, exportar talento, abrir caminos educativos, conectar negocios con una ventaja cultural que nadie más tiene. Es una oportunidad de oro para los emprendedores latinoamericanos.

Entonces, ¿con qué nos quedamos? Con una imagen muy simple: una computadora comprada con sacrificio. La educación es eso: poner dinero, tiempo y disciplina donde duele hoy para que rinda mañana. En tu casa, en tu empresa, en tu gobierno. Si quieres un cierre práctico: que cada familia se haga una promesa chiquita pero seria—una hora a la semana de aprender algo útil, aunque sea con el celular; que cada empresa tenga a alguien encargado de modernizar procesos; que cada escuela enseñe habilidades reales para esta época; y que como país dejemos de pensar que la competencia es “contra la IA”, cuando en realidad es contra nuestra propia flojera de actualizarse.

Te invito a escuchar la plática completa, no sólo para “inspirarte”, sino para cachar el mensaje escondido. A veces la diferencia entre quedarse atrás y abrir futuro cabe en una sola decisión valiente. Hoy no tiene que ser una computadora de 3 mil dólares. Puede ser algo más barato, pero igual de poderoso: el hábito de aprender. Y eso, si lo adoptamos en serio, sí puede cambiarlo todo.

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