La ingeniería genética, un gran aliado contra el Covid-19 y muchos otros retos de la humanidad

Enrique de la Madrid

En días recientes, Reino Unido y Estados Unidos han iniciado sus campañas y protocolos de vacunación para contener el COVID-19, lo que ha sido muy sorprendente porque las vacunas suelen tardar mucho tiempo en desarrollarse y en estar listas para poder aplicarse entre la población.

Algunos ejemplos son la vacuna del papiloma humano, que tardó 15 años en desarrollarse, y la vacuna de la poliomielitis que tardó 20 años en estar lista; o bien para el VIH/SIDA, que tras varios años de estarse investigando una vacuna, ya se cuenta con un prospecto en fase final del proceso de aprobación. En el caso del SARS-CoV-2 se aprobaron, por lo menos, dos vacunas a menos de un año de iniciarse su búsqueda.

Son muchas las razones que permitieron este hito histórico. Para empezar, nunca hubo tantos científicos, laboratorios y toda clase de recursos financieros y humanos trabajando en combatir una enfermedad al mismo tiempo. Los mecanismos de colaboración financiera y científica se han fortalecido, lo que ha acelerado la obtención de resultados en la producción de la vacuna. Por ejemplo, muchos laboratorios sin capacidad para crear una vacuna por su cuenta se han aliado y han recibido inversiones de diversas fuentes. 

La inversión en la vacuna ha sido tan grande, que se han construido edificaciones enteras para producir determinadas vacunas contra el COVID-19 antes de que hubiera la certeza de que dichas vacunas fueran a ser efectivas y aprobadas. Es decir, hubo una gran disposición para arriesgar miles de millones de dólares en el desarrollo de una vacuna que no se sabía si serviría y si sería aprobada; un fuerte y arriesgado gasto, con tal de simplemente mejorar las probabilidades de contener al COVID-19 lo antes posible.

También es cierto que la exigencia de las pruebas a las vacunas se relajaron, no obstante, la mayoría de éstas son muy confiables porque las revisiones se han mantenido estrictas.

Hay otro elemento que aceleró la producción de las vacunas de Pfizer y de Moderna: la ingeniería genética, que es la manipulación directa de los genes de los organismos; del ADN o del ARN. Esta misma tecnología se usa, por ejemplo, para tener plantas más resistentes a las sequías, a las plagas, o para que se vuelvan más nutritivas y productivas.

Las vacunas suelen introducir a nuestro cuerpo una especie de virus desactivado o sólo una parte del virus, con el fin de que nuestro sistema inmunológico genere anticuerpos para defenderse de un virus si éste llegara a nuestro organismo. Sin embargo, en estas nuevas vacunas en contra del COVID-19, la novedosa tecnología del “ARN mensajero” o “MRNA” introduce directamente en nuestro cuerpo las instrucciones para crear los anticuerpos que nos protegerán del virus.

Gracias a este avance, se pueden crear vacunas mucho más rápido y con un porcentaje de efectividad más alto, es decir, que sean mucho más altas las probabilidades de que la vacuna efectivamente haga inmune a la persona en contra del virus.

La efectividad de las vacunas de Moderna y Pfizer es superior al 90 por ciento, lo cual es bastante mayor a la efectividad de varias vacunas contra la influenza (de alrededor del 60 por ciento) y también al del resto de las vacunas contra el COVID-19 que no fueron desarrolladas con la técnica del ARN mensajero.

Recientemente platiqué de la importancia de la ingeniería genética para combatir el COVID-19 y otras enfermedades con la Dra. Beatriz Xoconostle, experta en biotecnología. También platicamos de cómo la ingeniería genética es importante en otros sectores, por ejemplo en la producción de alimentos.

Los humanos llevamos miles de años interviniendo en los genes de los animales y las plantas. Antes lo hacíamos seleccionando y reproduciendo los especímenes que más nos convenían, mientras que ahora lo hacemos en el laboratorio, de forma mucho más rápida y precisa. En el caso del maíz, por ejemplo, pasamos de un pasto con pocos granos a las mazorcas con que contamos en la actualidad, que son considerablemente más grandes y con muchos granos. Esto lo logramos escogiendo las semillas de las plantas con más granos.

La modificación genética de los comestibles nos puede ayudar a alcanzar una alimentación más saludable y una agricultura más sustentable. 

Con los alimentos transgénicos podemos reducir el uso de pesticidas, fertilizantes y el consumo del agua, además de producir comestibles más nutritivos, algo fundamental en algunas zonas de África, Asia y Latinoamérica, donde enfrentamos retos de desnutrición. 

La Dra. Xoconostle me habló sobre cómo los científicos mexicanos desarrollan nuestras propias tecnologías de modificación genética, sin pretender simplemente importar lo que otros países hacen, sino dando soluciones específicas para nuestro tipo de suelo y nuestra realidad.

En México ya consumimos alimentos genéticamente modificados, aunque existe el rechazo a su producción. Por esta razón es que hemos tenido que importarlos, siendo una situación que deberíamos cambiar pronto. 

Nuestro país dio origen a muchas especies y variedades de alimentos que debemos conservar como patrimonio, por lo que expertos como Beatriz Xoconostle proponen cultivar alimentos transgénicos únicamente en algunas zonas del país; mientras que en otras proponen mantener los alimentos originarios.

El mayor peligro de los alimentos modificados, como el de muchas otras tecnologías, es que su acceso y beneficios quede en pocas manos. Sería indeseable que los agricultores terminen dependiendo de una empresa con prácticas monopólicas que sea la única que les pueda proveer de las semillas o sustancias que necesiten. Por eso debemos de trabajar en diversificar y democratizar el acceso a esta tecnología, y conducirla con ética y responsabilidad social. Ya ha demostrado su gran potencial para combatir nuestros grandes retos como país y como humanidad.

Debemos ser congruentes con la ingeniería genética: si reconocemos sus beneficios para crear vacunas contra el COVID-19, también debemos reconocer y entender sus beneficios en cuanto a los alimentos transgénicos, y abandonar los rechazos no fundados contra el uso de esta tecnología en los alimentos, siempre procurando que se utilice con ética y responsabilidad social.

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