El narco ya no es una pandilla: es un poder paralelo con dinero, logística, tentáculos internacionales y capacidad para gobernar el miedo. Reducirlo a pistoleros y cargamentos es un error. Hoy hablamos de organizaciones que combinan violencia, negocios, lavado de dinero, mandos regionales, control territorial y una habilidad cada vez mayor para meterse en la vida cotidiana de la sociedad, sembrando terror.
Esto lo platiqué con Héctor de Mauleón en mi podcast En Blanco y Negro, que pueden ver en youtu.be/OdyrbkqnpfEsi=Ao_aHpvXjzYoZd5q Héctor nos plantea que ya no basta ver al narco como un capo aislado. Hoy estamos frente a un crimen organizado mucho más coordinado, con mayor alcance y con un grado de complejidad ciertamente muy elevado que hace 40 años simplemente no existía.
Al tratarse de un sistema tan elaborado, no basta con matar al jefe de un cártel para desmantelar la operación criminal que éste dirigía, sino que se necesita de una estrategia de desmantelamiento mucho más profunda y coordinada. La caída de un capo puede ser un golpe mediático, incluso una noticia que da la impresión de alivio; sin embargo, no necesariamente logra tocar el corazón de la estructura. El mejor ejemplo es el propio CJNG: la muerte de El Mencho no borró de un plumazo la red de mandos, operadores, células, negocios y circuitos financieros que lo hicieron uno de los grupos criminales más poderosos del continente. Cuando una organización ya repartió funciones, construyó autonomía regional y aprendió a operar con distintos niveles de mando, el jefe visible deja de ser toda la historia; se mantiene como una pieza importante, pero la maquinaria puede seguir funcionando sin él.
Igualmente, Héctor resaltó que, el narcotráfico, además de matar, también cobra, invierte, lava y reinvierte. Ese es uno de los cambios más profundos y más peligrosos. El dinero criminal ya no se esconde solamente debajo del colchón, ni viaja sólo en maletas. En expedientes y sanciones del Departamento del Tesoro de Estados Unidos aparecen redes muy complejas de empresas agrícolas, turísticas, administrativas, inmobiliarias y de servicios vinculadas a redes de lavado asociadas al CJNG y a Los Cuinis. Mientras esa maquinaria siga existiendo y creciendo sus utilidades como lo ha venido haciendo, siempre habrá reemplazos, operadores y nuevos aspirantes para ocupar el lugar del capo caído.
Otra señal preocupante de su poder, me comenta Héctor, está en la velocidad. La reacción violenta que siguió a la muerte de El Mencho mostró algo sumamente grave: una alta capacidad de coordinación. Bloqueos, incendios y ataques en distintos puntos del país no lucen como un simple arranque de furia, sino como la respuesta de una red con alcance amplio, disciplina y capacidad de mando. Se trata de un problema de administración del miedo. El asunto es que cuando el miedo se administra, también se expande el control social: se controla la calle, se controla la economía local, se controla el silencio de comunidades enteras y se controla la conducta de una sociedad que aprende a vivir bajo amenaza.
Ante esta realidad, se queda corta la vieja discusión sobre la soberanía entendida como rechazo automático a la cooperación internacional. Frente a organizaciones que, según la DEA, tienen presencia en más de 40 países y cuyos asociados y facilitadores operan en casi los 50 estados de los Estados Unidos, insistir en que cada país puede desmantelarlas por sí solo es una ficción. Ningún Estado puede desarticular por cuenta propia organizaciones criminales que ya son transnacionales, financieras, logísticas y empresariales al mismo tiempo. Sin cooperación internacional real —de inteligencia, financiera, tecnológica y judicial— simplemente no se puede. La cooperación regional no tendría que verse como rendición, sino como la única respuesta seria ante un problema que logró atravesar fronteras.
Ahora bien, algo que igualmente debe preocuparnos es el riesgo que el país corre de acostumbrarse. Ahí está una de las derrotas más peligrosas: cuando la sociedad se resigna y normaliza, ésta deja de indignarse y empieza a perder también la capacidad de defenderse.
El control del crimen organizado no crece únicamente cuando gana territorios. Crece cuando gana costumbre. Crece cuando millones de personas terminan pensando que nada puede cambiar, que no hay remedio; que el miedo ya forma parte del aire del país.
Por eso la escena del funeral importa tanto, reflexiona Héctor. Importa porque resume el problema: una organización criminal tan poderosa, tan compleja y con tantos tentáculos, que se puede permitir a sí misma despedir impunemente a su jefe como si estuviera enterrando a un monarca. Un maxi funeral así no retrata sólo la muerte de un capo; retrata el tamaño del poder que acumuló, el miedo que sembró y las partes de la sociedad que logró capturar.
Mientras no entendamos todo esto, vamos a seguir celebrando golpes aislados contra nombres famosos como si esos golpes fueran la solución completa; ignorando, entonces, que la inmensa maquinaria de fondo se recompone sola. México no debe seguir permitiendo esta realidad; se necesita una estrategia real que detenga a las cabezas, sí, pero que también se encargue de desmantelar las redes completas.
Los mexicanos merecemos vivir con seguridad y en paz; si no hay un cambio y coordinación en la estrategia, esa paz se seguirá percibiendo como un sueño lejano e imposible. Es momento de decir basta.
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