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Alcanzar el desarrollo en una generación, primera parte

27/10/2019
01:15
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Estoy convencido de que México puede alcanzar el desarrollo en tan sólo una generación. Desde hace ya algunos años he insistido en ello y, tras mi reciente visita a Singapur, quiero aprovechar este espacio para reflexionar al respecto.

Mientras más atrás en la historia lo analicemos, la vida era más estable y cambiaba menos. Por ejemplo, hace 12 mil años dominamos la agricultura y durante los siguientes 11 mil años la mayor parte de la humanidad se dedicó al campo, pasando mucho tiempo para que esto cambiara.

En aquellos tiempos, las formas de entretenerse, de viajar, de vestir, de comer y de trabajar casi no se transformaban durante el lapso de una vida humana; tampoco lo hacían quienes dominaban un territorio, ni los indicadores de bienestar, como la esperanza de vida y la mortalidad infantil. No habían muchas posibilidades de salir de la pobreza.

Conforme han avanzado los siglos, se ha acelerado el progreso en conocimiento y tecnología, lo que agiliza las oportunidades del avance económico y social de las sociedades. Antes del siglo pasado, para que un país alcanzara el desarrollo tenían que pasar muchas décadas.

Ahora, hay muchos ejemplos de economías que se desarrollan en una generación y sin el descubrimiento de cuantiosas materias primas de gran valor. En ésta y en mi siguiente entrega, expondré algunos casos del éxito que han tenido diferentes países para alcanzar el desarrollo, empezando por Singapur.

Cuando Singapur se separó de Malasia en 1965, era un país pobre, no tenía recursos naturales, no tenía agua dulce ni petróleo, contaba con muy poca tierra y no producía suficientes alimentos. Su PIB per cápita era de 500 dólares en 1965 y ahora es de más de 64 mil dólares, mientras que el de México es inferior a los 10 mil dólares.

Con únicamente el 4.8% de la población de México y 1.5 veces el tamaño de Cozumel, Singapur produce un equivalente a 21.4% de nuestro PIB y su productividad es mucho mayor.

Las condiciones los orillaron a emprender cambios radicales con sentido de urgencia para lograr tres objetivos principales: atraer inversión, crear empleos y mejorar la calidad de vida de la población.

La claves de su éxito fueron la planeación de largo plazo, la confianza, la educación, entender correctamente al mundo y la época en la que vivían, y apostar al ahorro y a sectores estratégicos. Hoy, por ejemplo, importan más del 90% de sus alimentos pero como sus exportaciones y su sistema financiero y de transporte los han hecho ricos, compran la comida que quieren, en diferentes partes del mundo.

En Singapur tienen una visión muy profunda de futuro. Ellos planean y ejecutan para los próximos 50 años, visualizan una meta y generan políticas públicas consistentes con ese objetivo.

Como ejemplo de su gran visión de futuro, desde 1975 pusieron tasas a la congestión vehicular, previniendo el tráfico que se podría generar en las siguientes décadas. En la actualidad, hay espacios reservados para las industrias que se desarrollarán en el futuro sin saber bien cuáles serán, por lo que guardan espacios flexibles para lo que necesiten.

Como no tenían recursos naturales y muy poco territorio, apostaron por desarrollar su talento a partir de uno de los sistemas educativos de mayor calidad en el mundo.

El gobierno entendió bien que el mundo cambia cada vez más rápido, que hay mucho valor en el progreso tecnológico y que es muy importante estar conectado con los demás países.

Se apalancaron de su puerto y de su aeropuerto para convertirse en un hub logístico, al tiempo en que fortalecieron sus exportaciones y su sistema financiero. Apoyaron a las empresas y a los trabajadores a adaptarse a los cambios y, por ello, el Estado tomó un papel fundamental en la economía para impulsar su competitividad sin pretender regular todo, sino más bien adquiriendo una noción de ciudad-empresa.

El gasto público fue sistemáticamente bajo, manteniendo un limitado número de burócratas pero muy bien compensados, tomando en cuenta los salarios del sector privado para atraer al gobierno al mejor talento disponible; se alejaron del asistencialismo; los impuestos al trabajo se mantuvieron muy reducidos y facilitaron el hacer negocios y la liberalización de su economía. Desarrollaron instituciones para garantizar la seguridad jurídica y una gestión eficiente de la ciudad; favorecieron e hicieron obligatorio el ahorro, con el que financiaron uno de los mejores y más eficientes sistemas de salud, educación, vivienda y de pensiones del mundo. Son además un gran ejemplo de cómo luchar contra la corrupción.

Entendieron la necesidad de atraer capitales y profesionales para poder crecer y desarrollarse. Los impuestos al comercio exterior fueron muy bajos e incluso buscaban en el extranjero a perfiles experimentados para ser ministros en Singapur. Lee Kuan Yew, primer ministro de 1959 a 1990, declaró que mientras la mayoría de los países denunciaba explotación de empresas multinacionales, en Singapur los invitaron para conseguir crecimiento y tecnología, y para aprender de ellas a cómo hacer mejor las cosas y aumentar la competitividad.

Es cierto que tienen limitadas libertades civiles y políticas, no obstante, pasaron de ser un país pobre a uno desarrollado en tan sólo tres décadas y siguieron creciendo hasta convertirse en uno de los países más ricos del mundo. Eso es lo que debemos de aprender del éxito de Singapur.

La siguiente semana expondré cómo Irlanda, Israel, Polonia, Dubai y Corea, entre otros países muy diferentes entre sí, han mostrado grandes capacidades para transformarse en pocas décadas y así alcanzar mayor desarrollo y bienestar entre sus habitantes.

Enrique de la Madrid Cordero es licenciado en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México, con una Maestría en Administración Pública de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la...