México y el fin de la OEA

Enrique Berruga Filloy

México fue uno de los países fundadores de la Organización de Estados Americanos. Ahora, enojada como está con el Secretario General, la Cancillería se pronuncia por la desaparición del organismo continental. Si el planteamiento va en serio, estaremos en la antesala de una de las mayores aventuras diplomáticas en la historia de México.

De acuerdo con la Carta de la OEA, cualquier Estado miembro puede retirarse de la Organización cuando lo decida, con el único requerimiento de dar aviso con dos años de anticipación. Lo que no establece la Carta es un mecanismo para poner punto final a la Organización en su conjunto. Así las cosas, si México en verdad pretende lograr que desaparezca la OEA, tendrá que reformar la Carta o convencer a un número arrollador de países para que den por terminada su asociación con el organismo. Se requeriría un esfuerzo diplomático todavía más grande para convocar a una Asamblea General extraordinaria dedicada a redactar el acta de defunción.

Por supuesto que ninguna de estas cosas va a suceder: ni México va a salirse de la OEA (se influye más estando dentro que fuera), ni la mayoría de los países miembros de la OEA van a separarse del organismo porque México lo proponga. México tiene el derecho a retirarse unilateralmente y es probable que países como Nicaragua, Bolivia y Venezuela siguieran sus pasos, pero muy pocos más, con lo cual nuestro país caería en un desfavorable aislamiento continental.

Curiosamente, si hay algún país que ha entendido bien los alcances de la OEA y le ha sacado partido, ese es precisamente México. Históricamente hemos utilizado a la OEA como un espacio para modificar políticas y generar balances ante Estados Unidos. Ejemplos sobran. Uno de ellos fue eliminar la enfadosa certificación que practicaba Washington sobre el combate al narcotráfico. En la Corte Interamericana de Derechos Humanos, México ganó un litigio clave a Estados Unidos en el llamado Caso Avena que terminó favoreciendo nuestros argumentos en La Haya.

La animadversión de la Cancillería está más enfocada en Luis Almagro, su secretario general, que en la OEA como institución. El uruguayo suele equivocarse al pensar que puede hablar a nombre de toda América sin consultar a los países del hemisferio. A menudo, ni siquiera se toma la molestia de cabildear. Pero una cosa es que Almagro tenga sus bemoles y otra muy distinta que por ello deba extinguirse el principal organismo del sistema interamericano.

La OEA, al igual que otros organismos multilaterales, requiere reformarse y actualizarse para estar a la altura de los retos actuales del continente. El capital diplomático de México estaría mejor invertido en este objetivo que en el propósito de eliminarla sin visos de que exista un consenso regional.

 

Internacionalista

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