La debacle del debate

Enrique Berruga Filloy

Si bien no hay consenso respecto a quién ganó el debate presidencial, sí existe una opinión prácticamente unánime de que fue el peor de la historia, que en ningún momento se produjo alguna discusión sustantiva de ideas o estrategias y que, en última instancia, la gran perdedora fue la democracia de Estados Unidos.

Haciendo a un lado los insultos y la paja retórica que abundó en los intercambios entre Trump y Biden, destaca un gran foco rojo: la advertencia de Donald Trump de que no reconocerá los resultados electorales si una buena parte de la votación se realiza por correo. En las condiciones actuales de pandemia se anticipa que la emisión de votos por la vía postal sea mucho más elevada que en cualquier otra elección. A ese hecho, el todavía presidente de Estados Unidos lo comienza a calificar de fraude, seguramente como reacción a su caída en las preferencias electorales y en las encuestas. Se anticipa así a una derrota que desde ya comienza a calificar de ilegítima. Es lo único que le faltaba a los maltrechos Estados Unidos.

Los temas de suyo candentes que propuso el moderador, dan fe de un país fracturado en lo racial, en el manejo de la pandemia, en la forma de reabrir la economía y en la composición de la Suprema Corte de Justicia. A estos asuntos tan delicados habrá que sumarle ahora el del funcionamiento y la credibilidad de la democracia electoral. El escenario que se perfila es preocupante. Si Trump decide desconocer el resultado de las votaciones, Estados Unidos puede entrar en una etapa inédita de inestabilidad política, rompiendo con una larga tradición republicana en la que el derrotado reconoce al vencedor. Aun en las competidas y poco aseadas elecciones de 2000, donde se realizaron conteos a mano en Florida, Al Gore terminó dando por bueno el resultado a favor de George W. Bush. Ahora no existe la certeza de que vaya a suceder así. El único resultado aceptable para Trump es su victoria. Cualquier otro desenlace se convertirá en un llamado a sus bases para desconocer los comicios.

Esa postura explica por qué Trump se rehusó a condenar pública y abiertamente a los supremacistas blancos. Esas agrupaciones radicales le servirán como perros de presa para vulnerar sistemáticamente lo que sería una presidencia de Joe Biden. Las pugnas raciales, ya de por sí fuertes y persistentes en la actualidad, se agudizarán con el ingrediente político, con una porción importante de la población estadounidense rechazando la legitimidad de sus autoridades electas.

En realidad, la estrategia de Trump fue una suerte de ultimátum al pueblo norteamericano: o bien me reeligen o se desatará el caos y la ingobernabilidad. Así, aun en el escenario de una victoria aplastante de los demócratas, Donald Trump ya sembró la semilla de que la única forma de sacarlo de la Casa Blanca será poniendo en riesgo la democracia y la convivencia civilizada en EU.  

Internacionalista

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