México se está convirtiendo, tristemente, en una cárcel gigantesca y con los valores invertidos. Aquellos que deberían y merecerían estar en la cárcel con la única finalidad de que dejen de hacerle daño al prójimo, cada vez acorralan más a los que debemos y merecemos estar en libertad, trabajando, acudiendo a una reunión, produciendo, haciendo deporte, comerciando o simplemente viajando con tranquilidad por los caminos de un país que todos podíamos disfrutar y que el crimen nos ha arrebatado. Los criminales, los grandes y los chiquitos, poco a poco nos han ido encajonando, ordenándonos a dónde podemos ir, a qué hora podemos salir de casa, qué negocio podemos abrir, obligándonos a pensar qué ruta resulta menos riesgosa, qué atuendo utilizar, qué documentos llevar en la cartera.

El oficio de ser criminal en México es comprensiblemente muy atractivo para crecientes segmentos de nuestra sociedad. Es una actividad prácticamente exenta de castigo dados los altísimos índices de impunidad, la ineficacia patente de nuestros cuerpos policiacos, la carencia de una estrategia de Estado para hacerle frente y la falta de voluntad política para combatirlo. Los mexicanos nos hemos convertido en grandes expertos en jugar a la ruleta rusa. A cualquier hora y en cualquier lugar puede tocarnos el asalto, el secuestro, el robo o la tradicional balacera. Estamos sujetos a la suerte, esperando simple y llanamente que no sea a nosotros a quienes nos toque la desgracia. Todos los días salimos a la calle con —como suele decirse— con el Jesús en la boca, cruzando los dedos para que no seamos parte de las frías e inexactas estadísticas de los homicidios y de los robos.

A juzgar por el marcador nacional, los ciudadanos de a pie estamos perdiendo el partido por patiza. Cada mes que pasa el país registra un nuevo récord de homicidios, de noticias sangrientas. México está enfermo de inseguridad. En realidad no tenemos en quién confiar más que en nosotros mismos y en una buena dosis de suerte. Ya no es posible fingir ni maquillar las cifras. El discurso de que gozamos de estabilidad y que podemos llevar una vida normal es cada día más cruel y desapegado de la realidad. Tan es así que uno de los signos más claros del éxito en nuestra sociedad se mide por el espesor de los cristales blindados de los automóviles y la altura de las bardas de las residencias más opulentas.

Es cierto, bien cierto, que la crisis de inseguridad que vivimos no comenzó con la 4T. Pero de poco nos sirve reconocerlo. Tampoco nos sirve de mucho identificar a los culpables. Aunque metieran a la cárcel a Calderón o a Peña Nieto, la calle seguiría igual de infestada de criminales y ladrones. Y nosotros seguiríamos igual de indefensos. Para quienes tienen muy presente su legado histórico, cambiar esta dinámica sí que sería un triunfo perdurable para el pueblo de México.


Internacionalista

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