En octubre pasado, presenciamos dos elecciones de gran impacto, en países tan distantes como China y Brasil y bajo dos modelos políticos, diferentes y antitéticos.

Del 16 al 22 de octubre se celebró en Beijing el XX Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh) en el que Xi Jinping, aseguró su tercer mandato, por unanimidad sin oposición alguna, como “el rol central” del partido y líder supremo de China. Toda la coreografía fue minuciosamente planeada y orquestada por Xi, desde la preparación del Congreso, la configuración del monumental presídium, la recomposición del nuevo Politburó (sin mujeres), las políticas nacional e internacional, las enmiendas a la Constitución aprobadas por unanimidad sin abstenciones o votos negativos, hasta la visible expulsión de Hu Jintao su antecesor en plena sesión de clausura.

En otro extremo geográfico y político, el 2 de octubre se celebraron elecciones en Brasil para presidente y otros cargos federales y locales en todas las unidades federativas. Sin mayoría en la 1a vuelta, el 30 de octubre tuvo lugar una 2a. El Tribunal Superior Electoral declaró a Lula da Silva ganador (63.7 millones de votos = 50,9%) sobre el presidente Jair Bolsonaro (61,4 millones de votos = 49.1%), por una diferencia de 1.8%, en 92,000 mesas de votación en todo el territorio y 160 en el extranjero, quien no aceptó expresamente (como Trump), su derrota.

Ambos países representan dos sistemas políticos que Samuel Finer (The History of Government. Oxford University Press) define como régimen de Palacio (China) y régimen de Foro (Brasil). El primero es un sistema cerrado donde las decisiones políticas supremas descansan en un individuo; son autocráticas y monocráticas. El segundo, antítesis del anterior, es un sistema abierto en el que las decisiones políticas fundamentales, incluyendo quien gobierna, se toman mediante debate y votación democráticas, pues la autoridad de los gobernantes es conferida desde abajo por los gobernados, ante quienes aquellos rinden cuentas, lo que implica renovación periódica del mandato.

Dos sistemas políticos opuestos, basados en dos visiones del mundo contrapuestas. El de China descansa en la idea del gran líder o timonel, (el superhombre de Nietzsche), el brasileño en la máxima de Lincoln del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

A partir de 1977 mediante 6 reformas constitucionales, México inició su transición democrática. Fue un arduo proceso que partió del movimiento del 68, cuando perdió legitimidad política el régimen de partido hegemónico, ante una juventud que salimos a la calle para reclamar la violación de la autonomía universitaria, pero sobretodo compartir y denunciar una profunda contradicción entre una Constitución que sostenía a la República democrática como forma de gobierno (art. 40), y un régimen en el que un sólo hombre, decidía no sólo a su sucesor, sino la colonización del Estado en sus tres poderes federales y el ejecutivo local.

Gracias a ese proceso democratizador, nos alejamos del modelo del Palacio y acercamos al del Foro, tanto que en los últimos 4 procesos electorales federales, la presidencia alternó del PRI, al PAN, de nuevo al PRI y a Morena, porque así lo decidió el pueblo en las urnas, y certeramente lo contabilizó el INE.

Ahora, con una “Una reforma regresiva e inviable” (mi artículo/octubre 27 en este espacio) el gobierno y su partido quieren restituir el modelo del Palacio, mediante el control electoral, y con ello del Estado (Tonatiuh Guillén/ Proceso /noviembre 6). Por eso es fundamental recordar la denodada lucha durante 30 años, de partidos políticos (incluyendo el PRD presidido por AMLO), organizaciones sociales, medios y academia, para construir el edificio democrático que hoy se pretende derruir, (como ya se hizo con la CNDH), pues como bien dijo Voltaire: “La política es el camino para que los hombres sin principios, puedan dirigir a los hombres sin memoria”.

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Docente/investigador de la UNAM

 

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