Distópico significa indeseable y opresivo. Viene de la raíz griega dys -mal o difícil y topos- lugar; describe un escenario donde todo está terriblemente mal.
Obras literarias como 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldoux Huxley, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y The Handmaid´s tale (El cuento de la criada) de Margaret Atwood son obras distópicas.
En cambio, utopía significa lo deseable del bien humano, como la isla en La Utopía de Tomás Moro publicada en 1516.
La distopia o anti-utopía fue el término usado por John Stuart Mill (siglo XIX) como antónimo de utopía. Son por lo tanto dos conceptos contrapuestos o antitéticos.
Entonces ¿Cómo puede haber un futbol utópico con un Mundial distópico? Un Mundial con un futbol deseable en un contexto indeseable es ¡una contradicción!
La decisión de celebrar el Mundial 2026 se tomó el 13 de junio del 2018 durante el 68 Congreso de la FIFA en Moscú. La propuesta de la candidatura conjunta de México, EEUU y Canadá denominada United 2026, derrotó por 134 votos contra 65, a la de Marruecos que no pudo competir con la infraestructura de estadios, hotelera, transporte y experiencia previa de los otros.
Pero la formulación de la propuesta conjunta de Norteamérica no estuvo del todo ajena a los objetivos del tratado comercial (fortalecimiento comercial geopolítico) existente entre los 3 países que tantos beneficios les ha traído en cadenas productivas, empleos y competitividad, frente a otros bloques comerciales como el europeo o el asiático.
Tan es así, que mientras las negociaciones y decisión final de la FIFA se llevaban a cabo a mediados del 2018, también ocurría las correspondientes con las del T-MEC suscrito en noviembre del mismo año, tan sólo 5 meses después del fallo FIFA. Esto quiere decir que una integración geopolítica para el mayor certamen deportivo mundial, fue calculado como deseable y beneficioso para la región de los signatarios del acuerdo comercial. Adicionalmente las relaciones entre Trudeau, Trump y Peña Nieto ni remotamente tenían el grado de rispidez que adquirieron después con el estadounidense, Carney y Sheinbaum. El horizonte internacional en el 2018 lucía en términos generales más o menos tranquilo, sobre todo entre los 3 países sede del certamen deportivo. Prevalecía la utopía de un Mundial maravilloso. Entonces nadie podía imaginar, como al zarpar el Titanic, lo que vendría después.
Para 2022 Rusia invade a Ucrania y el escenario internacional empieza a complicarse y transformarse. Con el conflicto de Israel con sus vecinos y el horror de la franja de Gaza, la metamorfosis se pone en marcha. En 2025 regresa Trump a la Casa Blanca blandiendo una espada de doble filo: los aranceles que descomponen al orden comercial internacional y sus pretensiones de extraterritorialidad (Groenlandia, Canal de Panamá, Golfo de México y Venezuela) que tensan aún más las relaciones internacionales, sobre todo cuando decide apoyar a Israel atacando a Irán, al grado de generar una guerra en Oriente Medio.
En el umbral del Mundial, aquella utopía del 2018 se transforma en distopía para el 2026, tan sólo ocho años después. Dos países con equipos contendientes en el certamen deportivo, EEUU e Irán, están en guerra. Rusia mantiene invadida y golpeada a Ucrania, Trump captura a Maduro en Venezuela y amenaza con intervenir Cuba y México (otro competidor de la justa deportiva).
En adición a ese marco internacional, en nuestro país, lugar sede para la inauguración de todo el torneo, el escenario no podía ser más distópico: conflicto de la CNTE con el gobierno de Sheinbaum, justificadas protestas de las madres buscadoras marchas de los pensionados de PEMEX y CFE, los estudiantes de Ayotzinapa, trabajadores del poder judicial y del sector salud, asfixian a una ciudad con obras para el evento sin concluir (sobre todo aeropuerto Benito Juárez y Metro), todo ello combinado con la voracidad de la FIFA que impidió a mexicanos de ingresos modestos acudir a su propio estadio, por el costo impagable de las entradas. Y para coronar esa gran distopía, una presidentA que no asume su papel y responsabilidad de jefa de Estado en la declaratoria inaugural, y deja un vacío que la FIFA llena con una actriz.
A pesar de todas esas calamidades internacionales y nacionales, la inauguración y el primer partido del Mundial capta 40 millones de espectadores en tv, y en un estadio repleto con 80 mil, el silbato del árbitro suena y la pelota rueda. La euforia con cada gol de la Selección Nacional y la alegría con el silbatazo final, estallan incontenibles como lava de un volcán en erupción. Entonces ¿cómo fue posible la combinación de un marco profundamente distópico con una expresión utópica del Mundial? ¿No que distopía y utopía eran contrapuestos y antitéticos?
No tengo otra respuesta que la magia del futbol (no en balde el pato que devino mascota viral se llama "Merlín") entendida como una suerte de "religión civil" que todos, sin importar, edad, sexo, preferencia sexual, nacionalidad, raza, religión, ideología, etc, todos practican.
Como en la Grecia antigua, donde las olimpiadas provocaban una tregua simbólica que momentáneamente suspendía las hostilidades para privilegiar al deporte, el futbol hace lo mismo al resaltar una profunda identidad colectiva que aniquila esa polarización social, típica del populismo gobernante, y unifica lo que estaba dividido, separado o de plano roto. Funde al joven con el maduro y el viejo, a la mujer con el hombre, al LGBTTTIQ+ con el hetero, al creyente con el agnóstico, al extranjero con el nacional, al fifí con el chairo, y así una lista interminable de contrarios.
En suma, la utopía futbolera, al menos por el tiempo que dure el torneo, detiene y revierte a la distopía política internacional y nacional. Sociedades fragmentadas como la nuestra, la estadounidense o la iraní, temporalmente restituyen las fracturas con el pegamento del futbol. Shakespeare lo describe magistralmente en El Rey Lear con una tormenta que sigue ahí, con toda su intensidad, con vientos huracanados, lluvia intensa, granizo y truenos, pero el público está metido y protegido en el escenario del juego, no le importa empaparse, y no voltea a ver al cielo. ¡BENDITO FUTBOL!
*Docente/investigador de la UNAM
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