Hay que agradecer al primer ministro de Paquistán, Shehbaz Sharif , su mediación entre Irán y EE. UU. para el cese al fuego que permita encauzarles hacia un acuerdo de paz definitivo en Islamabad, mientras se abre el estrecho de Ormuz, y se relaja la crisis energética que mantiene al mundo en vilo. Paquistán (nación islámica de 250 millones de habitantes con 900 kms de frontera con Irán) demostró a los combatientes y al mundo, que en momentos críticos para preservar la dañada armonía internacional por la invasión rusa a Ucrania y los ataques en Israel, Gaza y territorios aledaños, la diplomacia y no el uso de las armas o las amenazas, es todavía una herramienta eficaz para la solución pacífica de las controversias internacionales.

Sharif evidenció que la oportuna intervención de una potencia media como Paquistán puede contener la furia de Trump quien con un amago apocalíptico a la República Islámica escribió: “Una civilización entera desaparecerá esta noche, para no volver jamás. No deseo que esto ocurra, pero es probable que suceda”. Este es el hombre que reclamó a Noruega el Premio Nobel de la Paz y ahora incita a la guerra.

Sharif sigue la misma línea del Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, cuando en Davos también acudió a las potencias medias para detener la ambición trumpista de engullirse a Groenlandia desafiando a Dinamarca y a la OTAN.

Otro efecto de gran calado del acuerdo es detener la jugada estratégica estadounidense en el tablero mundial para el “jaque-mate” en un ajedrez energético que se había caracterizado por múltiples alternativas, rutas y mercados. Ahora los EEUU dominan los principales corredores energéticos del mundo, mediante movimientos geopolíticos en Europa,/Ucrania, Siria, Venezuela, Irán-Qatar, para controlar los flujos de hidrocarburos y reforzar al dólar, sólo le falta la jugada maestra de doblegar a Irán (Martín Varsavsky, “La gran estrategia energética de Estados Unidos”, portal Infobae –26 marzo 2026)

—Julio Scherer– in memoriam

Hace dos días el 7 de abril se cumplieron 100 años del natalicio de Julio Scherer García en 1926, a quien tuve la oportunidad de tratar en 1998, cuando era el coordinador para la paz en Chiapas, y escuchar sus consejos sobre el conflicto con el EZLN. Recuerdo uno contundente y certero: “A toda costa hay que asegurar el silencio de las armas”.

“Nació para incomodar. Para pronunciarse cuando otros callaban… Scherer hizo de la libertad de expresión …una forma de ser” nos regala Ana Scherer, y Andrew Paxman lo dibuja de maravilla en una entrevista de Rodrigo Hernández, ambas en la reciente edición conmemorativa de Proceso: “La relación de Julio Scherer con el poder fue una especie de tango: un baile de seducción mutua e improvisación, pero nunca de conquista”. Scherer, como muy pocos periodistas, tuvo el gran talento de desnudar al poder.

Sólo a Scherer podría haberle confiado el general Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa en 1968, la verdad que definió la naturaleza de la masacre de Tlatelolco el 2 de octubre, clave para entender al movimiento: fue el general Luis Gutiérrez Oropeza J.E.M.P. quien apostó en varios edificios de la Plaza de las Tres Culturas a los francotiradores que rociaron de balas a estudiantes y al propio Ejército (Scherer y Monsiváis – “Parte de guerra, Tlatelolco 1968”, Nuevo Siglo Aguilar)

Así, el 68 quedó marcado por la violencia del Estado contra la población civil, en su mayoría, jóvenes inermes. Un crimen de Estado que, como bien señaló Octavio Paz en Posdata: “El 2 de octubre de 1968 terminó el movimiento estudiantil. También terminó una época de la historia de México”. La época del sistema de partido hegemónico y parteaguas de nuestra democracia.

Docente/investigador de la UNAM

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