Durante décadas, la política exterior mexicana se sostuvo sobre un principio que fue virtud en su momento y hoy es lastre: la neutralidad como coartada, la Doctrina Estrada como refugio moral. Aquella prudencia —forjada en un siglo de golpes de Estado y diplomacias coloniales— hoy corre el riesgo de convertirse en parálisis. El mundo ya no es un tablero de bloques rígidos, sino una constelación de inestabilidad y de poderes en disputa. Surge en estos momentos un nuevo órden mundial y no podemos quedarnos fuera de esta reorganización del planeta. En este escenario, quedarse quieto no es neutralidad: es irrelevancia.
Salvador Camarena lo dijo con una imagen tan incómoda como precisa. En su columna “Escenarios para una presidenta de cabeza fría” advirtió que “la Presidenta ha de sacar a México del aislamiento global en que fue cayendo con una política del avestruz que el expresidente Andrés Manuel López Obrador instaló”. El avestruz, ese animal que esconde la cabeza para no mirar el peligro, resume bien nuestra diplomacia de la últimas décadas: una voluntad de no ver, de no tomar postura, de no incomodar a nadie… y de no importar a nadie. Esto no es de ahora, Fox se peleó con Cuba y con toda América Latina, Calderón se volvió el peón de Estados Unidos y sus intereses, y en uno de los momentos más vergonzosos de nuestra diplomacia, Videgaray no fue capaz de obtener el voto del Caribe para condenar al gobierno de Venezuela. México no importa a la región, no porque no importe sino porque no quiere ser importante.
Pero México no puede darse ese lujo. Por historia, por tamaño, por posición geográfica y por densidad cultural, está condenado a jugar un papel mayor en este momento crítico. La pregunta no es si México debe involucrarse más en el mundo, sino desde qué lugar quiere hacerlo.
Brasil ofrece una pista. Con una izquierda clara, con un liderazgo regional explícito, con una política exterior activa, Lula ha logrado algo fundamental: influir sin aislarse, tomar postura sin romper puentes, defender principios sin caer en dogmas. Brasil dialoga con todos, incluso con quienes le incomodan, porque entiende que el liderazgo no se ejerce desde la pureza ideológica, sino desde la capacidad de articular intereses.
México, en cambio, ha confundido demasiadas veces la lealtad ideológica con el silencio cómplice. Defender a gobiernos que se dicen de izquierda pero gobiernan con represión y autoritarismo —como Nicaragua o Cuba— no es coherencia progresista: es una renuncia ética. Ser autoritario no es ser de izquierda. Difícil entender porqué hay tanta simpatía por los dictadores si nuestra izquierda —la de AMLO y sobre todo la de Sheinbaum— son democráticas. Y mientras México siga solapando esos modelos, se debilita a sí mismo. La única posición sostenible para el país es la de una izquierda moderna, democrática, institucional, capaz de criticar a sus supuestos aliados cuando traicionan los valores que dicen defender. Esa es la verdadera legitimidad internacional.
Hay, además, una dimensión de poder que México no ha sabido utilizar plenamente: su red consular en Estados Unidos. Ningún otro país del mundo tiene lo que México tiene ahí: millones de ciudadanos y descendientes con derecho al voto, con capacidad de organización, con presencia económica, cultural y política. Fortalecer los consulados no es un asunto administrativo; es una estrategia geopolítica. Un México capaz de movilizar, articular y proteger a su diáspora en Estados Unidos es un México con un poder de influencia que ni China ni Rusia pueden replicar en territorio estadounidense.
A esto debe sumarse una política decidida de acercamiento con Europa. Francia, Alemania, la Unión Europea en su conjunto representan algo más que socios comerciales: son plataformas para construir discursos alternativos al eje dominante de Estados Unidos, China y Rusia. En ese mundo multipolar, existen también los poderes de segundo orden —Europa, India, Brasil, Turquía, México— cuya fuerza no está en la confrontación militar, sino en las cadenas de valor, en la legitimidad democrática, en la capacidad de tejer alianzas transversales. México debe estar en esa conversación, no como invitado ocasional, sino como interlocutor permanente.
Y Asia no puede seguir siendo para México un continente abstracto reducido a la relación incómoda con China. He insistido en que Filipinas representa una puerta natural: por historia compartida, por vínculos culturales, por afinidades sociales y por el potencial económico del sudeste asiático. Pensar una política hacia Asia desde Filipinas no es nostalgia del Galeón de Manila; es visión estratégica.
Todo esto exige algo elemental pero profundamente político: asumir que México debe jugar el juego de las naciones. Que debe tomar postura. Que debe construir alianzas. Que debe incomodar cuando sea necesario. Que debe abandonar la comodidad del avestruz y levantar la cabeza. Porque en el nuevo orden mundial, la neutralidad no protege: borra.
Analista político

