Menos símbolos, más eficiencia

Emilio Lezama

Los mexicanos sabemos que los terremotos no son terreno para la politiquería. Ante ello, es difícil entender por qué el secretario de la Defensa y el secretario de Seguridad observaban con parsimonia al Presidente; en un protocolo de respuesta inmediato ambos secretarios tendrían que ejercer sus roles y coordinar flujos de información y de respuesta. El mismo Presidente tendría que estar operando una amplia red de información que le permitiera saber dónde han habido daños y qué tipo de respuesta

El 23 de junio, unos minutos después del temblor, el presidente de México subió un vídeo a sus redes sociales. En dicha pieza audiovisual, López Obrador pedía informes de lo sucedido por celular desde el patio de Palacio Nacional. A su lado, el secretario de la Defensa, el secretario de la Marina y el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana observaban inmóviles. La escena parecía la de un protocolo improvisado; más al servicio de la cámara que del país. En esos mismos momentos la jefa de gobierno de la CDMX se trasladaba al centro de mando del C5 con su gabinete. En un video que publicó en redes, la jefa de gobierno informaba a los ciudadanos mientras que su gabinete hacía llamadas y un grupo amplio de gente coordinaba la información. El contraste no pudo ser más evidente.

Los mexicanos sabemos que los terremotos no son terreno para la politiquería. Ante ello, es difícil entender por qué el secretario de la Defensa y el secretario de Seguridad observaban con parsimonia al Presidente; en un protocolo de respuesta inmediato ambos secretarios tendrían que ejercer sus roles y coordinar flujos de información y de respuesta. El mismo Presidente tendría que estar operando una amplia red de información que le permitiera saber dónde han habido daños y qué tipo de respuesta se requiere. Afortunadamente, el terremoto de junio pasado causó daño limitado, pero eso es algo que no podía saberlo el gabinete en esos momentos, sobretodo considerando la gran cantidad de comunidades aisladas y mal comunicadas que existen en Oaxaca y otras zonas afectadas del país. ¿Qué hubiera sucedido si el daño hubiera sido más extenso?

Ante las críticas que recibió López Obrador por su desafanada manera de enfrentar el problema, su base de apoyo señaló que lo que molestaba a los críticos era la destrucción de los símbolos del viejo presidencialismo. En realidad se trata del problema contrario: más allá de politiquería, lo más preocupante de la imagen, era el afán con el que el presidente decidía emitir un símbolo en un momento en el que se requería una acción. Lo sorprendente del video es que prioriza perpetuar una imagen de liviandad y despreocupación que pudiera hacer eco en sus bases, por encima de atender una situación posiblemente grave. Es cierto que el Presidente se esmeró en destruir un símbolo del presidencialismo que era falso e ineficiente, pero únicamente para reemplazarlo por otro visualmente distinto pero con la misma esencia.

Gobernar un país con la complejidad y los niveles de violencia de México es un trabajo que requiere de instituciones, institucionalidad y de profesionalismo. Ante situaciones graves no se puede gobernar a través de símbolos. Es deseable acabar con la vieja simbología del gobierno, aquella que plantea que la forma es fondo, pero si la solución a la destrucción de estos símbolos es meramente intercambiarla por otros, ese esfuerzo será en vano. Existen protocolos que deben ser establecidos para lidiar con la complejidad que significa gobernar un país; y aunque algunos son formalidades innecesarias, muchos, existen porque son la mejor manera para lidiar con algunos problemas. Un presidente no puede gobernar de la misma forma en la que hace campaña; el Poder Ejecutivo debe tomarse con toda seriedad, porque si no se hace, eventualmente la realidad se impone.

Existen razones lógicas por las que un presidente de un país de este tamaño y complejidad tenga protocolos de reacción a crisis y viaje en un avión privado. No solo es cuestión de seguridad sino justamente de poder trabajar durante los traslados. Hace unos meses, el desafortunado operativo en Culiacán coincidió con un viaje del Presidente en un avión comercial. Esa coincidencia provoca algunas preguntas interesantes sobre la eficiencia de querer acabar con todo protocolo. Planteo algunas:

Si se tienen que tomar decisiones de seguridad nacional desde el aire ¿cómo se trabaja en medio de un avión lleno de civiles? Si hay un terremoto en la Ciudad de México y el presidente acaba de salir en un vuelo comercial a Tijuana ¿se debe obligar a la aerolínea a retornar el vuelo a la CDMX para que el Presidente haga frente a la crisis? Si ocurre un desastre natural y se requiere acción inmediata para salvar vidas y salvaguardar instalaciones claves, ¿se puede solucionar con una sola llamada telefónica? Si hay grupos criminales que han abiertamente amenazado y complotado contra miembros del gabinete, ¿se debe poner en riesgo a civiles viajando con ellos?

El Presidente hace bien en querer acabar con los símbolos de la corrupción del pasado, pero ¿para qué reemplazarlos por nuevos símbolos y no mejor por procesos eficientes que verdaderamente sean funcionales? Está bien acabar con los símbolos de la desidia y la opulencia, pero lo mejor no es acabar con los símbolos, sino con los males en sí mismos. De nada sirve reemplazar un símbolo por otro, aunque sea su opuesto. Lo que México necesita es un gobierno honesto y eficaz. No basta con solo uno de esos dos atributos.

Analista político

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